Capítulo 23

Confiar es una palabra muy grande. Resulta rotunda y contundente. Asusta nada más pronunciarla.

A veces las palabras me atolondran. Me inquieta no saber el aspecto que realmente tienen y me abruma no acabar de comprender del todo lo que son. Cuando esto me ocurre dejo de tener un discurso coherente sobre lo que estoy pensando y empiezo a plantearme como suena algo o porqué decimos exactamente lo que decimos.  Así, de golpe y porrazo me convierto en una mera espectadora de mi misma. Todo se vuelve ajeno a mí. Es muy extraño, lo sé, pero algunas veces me siento así, distante, suspendida y remota. Incapaz de desatar nudos y conceptos que pasan a través de mi piel. Por eso me bloqueo tanto. Por eso me atasco en cada semáforo y me quedo suspendida entre las miles de posibilidades de lo que puede ocurrir.

¿Estaría bien que la llamara? ¿Sería adecuado desnudarme del todo? ¿Es posible que alguien entienda mis bucles? ¿Qué pasa si me lanzo? No, de verdad, ¿qué va a ocurrir luego? ¿Acaso lograré llegar a un sitio mejor o estaré expuesta a recibir más cicatrices? ¿Quién estaría tan loco para saltar a una estanque sin saber nadar?

Admiro a las personas que saltan, corren, se desnudan, bailan bajo la luna, llaman, comen cosas inhóspitas, se llenan la boca de afirmaciones, negaciones y respuestas firmes. Sí, las envidio. La gente se lanza al infinito sin hacerse tantas preguntas. Las personas suelen atreverse y eso es parte de la gracia. Del camino definitivo de avanzar. Porque mientras yo me quedo helada, con mi bufanda azul al borde de mi puerta, los demás se casan, tienen hijos, se enamoran, se mudan, cambian de trabajo o adoptan a un perro. La gente vive mientras yo pienso en vivir.

Así me va. Me cuesta respirar bien en invierno. El frío agrieta mi piel y me recuerda que estoy aún en bucle. Uno infinito esta vez. Sobre cosas más que importantes, asuntos que me conciernen de una forma personal. Algo completamente incierto.

No se me da bien hablar cuando tengo tantas emociones dentro. No tengo esa capacidad. Yo en su lugar corro, pinto miniaturas y toco la guitarra. Lo hago sobre todo para sumergirme dentro de la música. Cuanto más grande es el nudo que tengo dentro, más difícil se me hace deshacerlo. Y cuanto más tardo en meter mis dedos en él, más grande se hace. Así que mi bucle, para ciertas cosas, está en constante movimiento. Mi estupidez se alimenta de mis faltas, de mis miedos e incapacidades. Las palabras que podrían sacarme de aquí. Las que conozco del todo. Las que he usado miles de veces con algunos pacientes o con amigos, ahora se vuelven en mi contra. No sé ni por donde empezar a enunciarlas.

No conozco la palabra confiar. No sé lo que significa literalmente. Yo bebo de otras palabras mucho más comunes y cotidianas en mi vida: miedo, peligro, corazón roto, evitación y caos. Cierro los ojos para no enfrentarme a las preguntas importantes. ¿Sabrá quererme con mis faltas? ¿Me dará la mano cuando no pensemos lo mismo?  ¿Me sostendrá cuando yo no pueda? ¿Podré acaso sostenerla a ella? ¿Nos lo contaremos todo? ¿Se lo diré? ¿A caso seré capaz de confesarle a Gabi que estoy enamorada de ella? ¿Me entregaré a un vacío en el que puedo no ser elegida? ¿Y qué haré entones?

No lo sé. No se lo que haré cuando no lo tenga pensado. Cuando la vida no sea algo que conozca. Algo que no tenga previsto. Porque después de todo ¿Qué pasa si ella no me quiere?, ¿o si en medio de un montón de desconfianza ella decide elegir otra cosa para si misma y nunca se entera que jamás ha habido alguien que la ha querido como yo?

El amor puede ser el sentimiento más ambiguo de todos. Por muy cierto que lo sientas puede evaporarse si no se cuida de la forma adecuada. Parece que solo se sostenga de entrega. ¿Cómo se puede entregar algo que no sabes si te pertenece? ¿Cómo te das sin cambiarte? ¿Cómo avanzas a la par sin estropear al otro? ¿Existe a caso una respuesta a todas estas preguntas? Yo creo que no. Sinceramente creo que lo único que sirve es la aceptación. Dar por hecho que donar algo tan importante de ti también conlleva arriesgar mucho. Lanzarse a un vacío eterno donde nadie está del todo a salvo. En cierta manera es horrible. No me sirve de nada. No me consuela. No me da cobijo cuando sufro por dentro. El amor me deja sola para que decida que es mejor para mí, para ella o para ambas. El amor es una pregunta constante que no sé hacerme. Y odio no saber, no conocer las respuestas. No me gusta sentirme obsoleta, desamparada y señalada en las manos de otro. Si no me cojo yo ¿Quién me va a coger?

Yo ya estuve en el inframundo. Ya salí de allí sin ser  yo misma. Ya me rasgaron, me cortaron, me zarandearon y me despojaron de mi esencia. ¿Por qué querría volver a arriesgarme a que ocurra algo así?

Entro en una cafetería de Río Rosas mientras resuelvo la única pregunta que se contestar.

– Porque la amo – digo con los ojos algo vidriosos.

– ¿Cómo? – me pregunta desconcertado el camarero.

Me pongo roja en el acto. Lo he dicho en alto. Me desanudo la bufanda y me quito mi abrigo marinero con seguridad.

– ¿Me puedes poner un café con leche, por favor?

– Claro, ¿alguna cosa más?

– No… bueno sí. ¿Tienes papel y bolígrafo?

El camarero me mira desconcertado pero se marcha decidido a prepararme un café mientras yo tomo asiento en una mesa ubicada al lado de una ventana gigante. Desde mi sitio puedo ver, a través del cristal,  como la gente pasa con sus vidas resueltas. Algunos van felices de la mano. Dueños seguramente de una vida no tan perfecta como a mí me lo parece desde aquí.

Siempre suelo imaginar que la vida de los demás es algo impoluta, prácticamente adimensional. Cuando observo a los demás, desde este prisma, me vuelvo una mujer de pensamiento simplista. Lo reduzco todo a estereotipos de felicidad. Así mis familias idealizadas de extraños pueden ser lo que yo quiero que sean y no tienen razón para sufrir ni porqué necesitar enfrentarse a nada que les moleste o duela. A veces necesito que en algún lugar del mundo pueda existir una imagen así. Algo como un matrimonio de abogados, pudientes, cariñosos, padres de tres hijos limpios y perfectos con sus pulcras camisas a juego.

No se porqué me hago esto, en verdad no existe nadie que solo sea una cosa. Ni si quiera tiene que existir una sola realidad. Podemos ser lo que queramos ser y hacer dentro de nuestras posibilidades. Siempre que tengamos la fortaleza para ser congruentes, valientes o un poco locos. Y es que…¿acaso hay un momento perfecto para que la vida se de?

– Aquí tienes tu café.

– Gracias.

– Lo siento, no he encontrado más que este folio en sucio. ¿Te sirve?

– Sí, es perfecto. Muchas gracias.

En el folio hay tres dibujos. Dos espirales y una mujer delineada al detalle. Debajo del esbozo hay un número de teléfono. Tal vez el camarero haya conocido a alguien en este bar. Por la manera en la que está dibujada la chica tiene que tratarse de alguien importante. Nadie retrata a otra persona de esta forma si no siente algo por ella.

Levanto la cabeza para observar al chico que me ha servido el café. Está limpiando la barra concentrado en su tarea. Me tomo un rato para percibirle y hacerme preguntas sobre los misterios que se esconden en este papel. Puede que no se atreva a llamarla y por eso haga dibujos y garabatos.

Sonrío pensando en la primera vez que llamé a Gabi. Estaba tan nerviosa que pensé que no tendría el valor para hablar con ella. Y sin embargo la invité a salir. Me atreví. Es posible que después de todo si que exista una parte de mi que sepa lanzarse cuando las cosas son algo inciertas. Aunque en cierto modo pienso que aquello no tuvo mucho mérito. Su tono de voz lo inundó todo. Un solo acorde y no tenía dudas. Fue así de simple. Como muchas otras veces. Cuando ella está delante solo quiero acercarme. Los inconvenientes no son tan grandes. Los saltos no son tan mortales, son más bien como cogerse de la mano y bailar en una pista de baile con las luces apagas. Sin conocer la música o entender el baile. Y aún así bailar con certeza e ilusión. De una forma fresca e intuitiva.

Ojalá pudiera apagarme a veces para bailar con ella. Tal vez así podría dejarme a mi misma conseguir todo lo que quiero hacer.

Me levanto de mi mesa con el folio en la mano. Dejo el papel sobre la barra con un par de euros sobre el.

– ¿No lo necesitas? – me pregunta el camarero señalando el papel.

– Ya no, gracias.

– De nada.

El camarero hace un gesto de absoluta perplejidad. Es obvio que no entiende nada de lo que acaba de pasar, pero yo sí. Esperaba encontrar tras un bolígrafo las respuestas que estaba buscando. Pensaba escribir hasta dar un poco de luz a mis dudas. Sin embargo ha sido un desconocido quien ha encendido todas las luces por mí.

Sumerjo mi mano en el interior de mi bolso marrón hasta encontrar mi teléfono móvil.

– Hola Gabi. ¡Buenos días!

Un voz adormecida se queja al otro del teléfono.

– ¿Elena? ¿Qué hora es?

Me río para mis adentros. Gabi detesta madrugar. Había olvidado la hora que era.

– Son las nueve de la mañana.

– ¿Qué haces levantada un sábado a las nueve de la mañana?

– Desayunar, ¿te apuntas?

– Me odias, ¿verdad?

– Eso depende…¿Quieres que te lleve churros a casa?

– ¿Los vas a traer tú?

– Sí.

El tono de Gabi cambia un ápice. Se perfectamente la cara que está poniendo al otro lado de teléfono.

– Preparé café.

– Te veo en media hora.

– Si te abro la puerta beoda no me hago responsable.

– No te preocupes. Correré el riesgo.

Es cierto. Lo haré. Me lanzaré al abismo una vez más aunque no sepa lo que pueda ocurrir mañana. Al fin y al cabo… ¿Quién lo sabe?

 

 

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