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Capítulo 21.

A veces me tumbo en la cama intentando encontrar respuestas. Como si la almohada y las sábanas consiguieran devolverme a la realidad. Como si ellas pudieran decirme lo que estoy buscando. Es una especie de maldición en espiral.

Hay un pequeño reloj de mesa encima de mi escritorio. Veo como mueve sus manecillas sin descanso, mientras mis problemas siguen sin resolverse. Es mi tendencia dichosa a la melancolía, lo que me tiene crispada.

Cojo aire y me incorporo repentinamente. Estoy despeinada, hastiada y enfadada. Es sábado y en Madrid, a pesar del frío del invierno, hace un sol esclarecedor. Cualquier día estaría como loca por dar un paseo, por salir a correr o tomarme una cerveza. Hoy no. Hoy estoy cansada. Me siento agotada de mi misma.

A pesar de todo he quedado a comer con Gabi, en una hora. Se lo prometí, le dije que comería con ella.  Se lo dije porque me sentía increíblemente culpable, no porque tuviese ganas o me apeteciese pasar tiempo con ella. Pero se lo debo. Al fin y al cabo, entre nosotras todo sigue igual. No ha pasado nada en absoluto. Es más, todo lo que he recibido por su parte han sido atenciones y cariños. Está más atenta que de costumbre. Como si hubiera hecho algo reprochable y estuviera intentado remediarlo. Ella se inunda en atenciones a medida que yo me alejo más.

Tengo un nudo en la garganta que no se va. Una sensación palpitante en las manos que me tiene bloqueada. Ella no tiene la culpa. No se hace una idea del nivel de paranoia que he tenido estos días. Desde que Sofía dijo aquello en mi cocina no he hecho más que pensar, que puede que todo sea efímero. Es la incertidumbre, lo que me está matando.

Ver a Gabi esforzarse, diariamente, para tratar comprenderme me hace sentirme como una auténtica mal nacida. Pero no lo puedo evitar. Me siento demasiado confusa con todo lo que siento. Me siento desconcertada en la duda de no saber, por donde empezar  a hacerme preguntas. En parte por el miedo a conocer la verdad, y en parte por el miedo a romper el cascarón. Ese que desvela que debajo de la perfección existen los fantasmas. Las sombras que hemos idealizado, convirtiendo en inmortales a seres que sólo son humanos.

A veces, cuando las cosas van a estallar, en ese instante en el que sabes a ciencia cierta que todo se va a ir al carajo, me bloqueo de una forma estrepitosa. Me suspendo en mi incapacidad para buscar soluciones y me quedo completamente congelada. Esperando que, al cerrar los ojos, el viento lo arrastre todo. Y al abrir mis párpados todo esté otra vez en su sitio sin ningún tipo de esfuerzo. Para volver a mi cocina, a mis noches perfectas de intercambios de besos. A suspiros entrecortados debajo de las sábanas. A latidos que se escapan por la boca sin razonar, ajenos al mal que existe a fuera en el mundo.

Dicen que la consciencia nos hace libres. Que saber es poder. A mí, saber en este momento me tiene desquiciada. Al fin y al cabo, ¿qué se supone que quiero saber? ¿Qué para Gabi puedo ser una más de miles? ¿Qué no soy la única con la que intercambia besos además de palabras? ¿Qué todo esto tiene fecha de caducidad?

Yo no creo en las cosas que terminan antes de empezar. No soy una mujer de una fe cambiante. Raramente me embarco en algo. Pero si lo hago. Cuando lo hago. Lo hago sin retorno. Por eso estás preguntas resultan tan devastadoras. Porque mientas para ella todo esto puede ser un juego, una diversión o un pasatiempo. Para mí es todo lo contrario.

Soy incapaz de pensar que si abro la boca y pongo todas mis dudas encima de la mesa, y ella me dice que sí, que ninguna de mis impresiones son infundadas, tendré que morirme un poco mientras recojo mis cosas y me marcho. Sintiéndome rota además de estúpida.

Salgo de mi cuarto directa a la cocina. Me preparó una taza de café, sin ganas, ni fuerzas. Me concentro en las llamas de la cafetera, intentando encontrar respuestas a las preguntas que no me atrevo a formular.

– ¿Estás intentado acelerar el tiempo de ebullición del café?

– ¿Qué?

Me giro saliendo de mi trance, con un gesto indiferente. Alex está en el umbral de la puerta. Tiene el pelo mojado y huele a lavanda. Me despierta algo de ternura mirarla, pero no tengo ganas de hablar. Sólo quiero beberme una buena taza de café con leche.

– Ah…Hola Alex, no te había visto.

– ¿Aún sigues así?

– Sí, lo sé…llego tarde y estoy sin arreglar.

Apago el fuego al oír como el líquido empieza a hervir. Cojo una taza del mueble de la alacena y me sirvo más de la mitad de la taza de café.

– Lo siento, no te he ofrecido – digo cayendo en la cuenta -. ¿Quieres café?

– ¿Qué dices? – me pregunta Alex, perpleja.

– Qué si quieres café.

– No, Elena. Lo que quiero es que me expliques por qué llevas una semana arrastrándote por la casa, como si te hubiera pasado algo horrible.

Vuelvo a mi café con un resoplido cansado. Lo que menos me apetece ahora es oír un nuevo sermón.

– Yo no me arrastro por la casa.

– Ya…

Hago esfuerzos inhumanos para esquivar la mirada de Alex y disfrutar del poco tiempo que me queda a solas, sin ningún tipo de sobresalto emocional. Pero es inútil, antes de que pueda escabullirme, Alex me bloquea el paso para que no pueda salir de la cocina.

Pongo los ojos en blanco y dejo mi taza encima de la mesa, derramando unas gotas de café sobre el mantel. Me siento a regañadientes, aferrándome a mi cuchara con firmeza.

– Pensaba que el tema estaba resuelto – dice Alex, sentándose justo enfrente.

– Y lo está.

– Pues no lo parece. Desde el sábado pasado, te paseas por casa como un perrito abandonado.

Suelto la cuchara, de una forma más brusca de lo que pretendo, y miro a los ojos a Alex por primera vez. Estoy enfadada. Me lo noto. Mis manos están muy tensas. Mi mandíbula está apretada y tengo ganas de llorar y gritar en esta cocina. La odio. Odio este maldito espacio.

Giro la cabeza, abruptamente, concentrándome en la terraza de nuestra casa. Si sigo mirando así a Alex, me derrumbaré. Eso es lo último que necesito ahora.

– Elena, tu sabes que te quiero, ¿no?

La pregunta me coge desprevenida. Tanto por su contenido como por su entonación. El tono de Alex, es serio. Ella no suele utilizar ese tipo de modulaciones conmigo. Por lo menos no habitualmente.

– Pues claro que sí, Alex…¿A que viene tanto dramatismo?

– A que estoy preocupada por ti. A eso viene.

– Venga ya, Alex…Estoy bien. He tenido una semana muy estresante en el trabajo. Eso es todo.

– ¡Elena, déjate de mierdas!

El cambio de tono en su expresión, capta toda mi atención, dejándome sin respuestas.

– Eres una de las mejores personas que conozco – comienza a decirme -. Eres inteligente, buena, generosa y muy respetuosa. Sabes tratar a tus amigos con una naturalidad y una preocupación que desborda. Tienes un don para encandilar. No te das cuenta, porque tú no te ves. Pero yo sí, yo tengo el privilegio de observarte diariamente y lo veo. Veo como eres capaz de dar lo mejor y lo peor de ti misma, sin que ocurra nada a tu alrededor. Porque a veces no te hace falta. Tú sola permites que tu cabeza te lleve de una punta a otra. Como si fueras un péndulo. Cuanto más subes peor es la caída. Y tú te dejas llevar sin dudarlo, arrastrada por todas esas emociones que tienes dentro. Un mundo de emociones enorme que no compartes con nadie y que te consume por dentro.

Abro los ojos como platos, mientras contemplo a Alex. No parece ella. Está impertérrita, mirándome con preocupación.  Sin desviar mínimamente sus ojos de los míos.

– Te has pasado meses, viviendo lo que te está pasando con Gabi, como si te fuera la vida en ello. Como si no existiera nada más. No nos has contado casi nada. No has compartido más que detalles de lo que te estaba pasando. Y no importa. Bueno…he echado increíblemente de menos a mi mejor amiga, la verdad. Me encanta poder hablar contigo de cualquier cosa, y francamente, eso ha sido imposible.

Se me forma un nudo en la garganta escuchando las palabras de Alex. Jamás la había escuchado con esta seriedad en toda mi vida.

– Alex, yo…

– No, Elena, déjame acabar. Necesito decirte esto. Es importante.

Asiento con la cabeza y me subo la cremallera de mi sudadera para coger un poco más de calor. Necesito sentirme más segura, de alguna forma.

– A ninguna de nosotras nos ha importado verte así. Las tres lo entendimos. Hasta la estúpida de Sofi lo entendió en su día. Fue la primera que se alegró por ti, Elena. Ella nunca, debió decir lo que te dijo la semana pasada. Aquello estuvo completamente injustificado. No se que coño le pasa, pero se pasó.

– Pues sí – consigo decir como puedo, con la poca voz que me sale.

– Lo que quiero decir, es que aquello nos dio igual porque entendimos que tu estupidez inherente y tú falta de tacto, con todas nosotras, se debe a que te has enamorado por primera vez de alguien. Lo cual, perdóname que te diga Elena, es algo obvio para todo el mundo.

Meto las manos en los bolsillos y escondo la barbilla en el interior de mi sudadera para evitar oír lo que viene a continuación.

– Por lo menos es indudable, para todas las personas que te conocemos y te queremos desde hace años. Puede que no sea tan obvio para Gabi.

Alex se toma un momento antes de proseguir hablando.

– A veces es muy difícil entenderte. Te encierras dentro y es imposible entrar. A mí me suele dar igual porque eres mi persona. Mi amiga del alma. Yo estaré en tú trinchera siempre que lo necesites, hasta cuando no quieras hablar y solo podamos comunicarnos por señas. Pero ella…ella puede que un día se canse, Elena. Y no lo hará porque no te quiera o porque no crea en ti. Lo hará porque agota darse cabezazos constantes contra una pared. Si no la dejas entrar, ella nunca va a saber lo que sientes por ella.

Una lágrima salada me rueda por la cara mientras miro por la ventana. Las palabras de Alex, me tienen completamente expuesta.

– No me gustaría nada ver como mi mejor amiga pierde a alguien que le importa porque es incapaz de contar lo que le preocupa… No todo el mundo que te quiere se va, Elena… Yo estoy aquí.

Miro a Alex como si fuera un espectro. Jamás la había visto tan enorme. ¿De donde saca toda esa entereza? Siempre me asombrará lo inteligente que puede ser en mil aspectos distintos.

Alex puede serlo todo. La mayor de las sensibilidades. La más delicada ingenuidad. Un universo inalcanzable en conocimiento y emoción. Increíblemente niña. Competitiva. Valiente y aguda. Pero hoy, hoy concretamente, Alex es la voz que no he tenido durante días.

 

 

 

 

 

 

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