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Capítulo 20: primera parte

El timbre sonó una vez más. Me apresuré hacia la puerta. Llevaba la melena algo despeinada para mi gusto. A pesar de mis prisas, de haberme duchado, cambiado y acicalado con bastante esmero, mi pelo seguía mostrándose bastante rebelde. Lo acomodé con cuidado a medida que me fui acercando a la puerta. Abrí con decisión, tirando del pomo sin mirar por la mirilla, ni preguntar quien era. Sólo podía ser ella.

Con unos nervios desconocidos en el estómago, la visualicé en la entrada de la puerta. Gabi estaba de pie con unos pantalones negros de fiesta, una camisa blanca de seda, un colgante largo y una botella de vino en la mano.

Antes de acercarme a darle un beso, me quedé mirándola en el umbral de la entrada. A veces me ocurre esto. A pesar de llevar meses comiéndonos a besos por las esquinas, aún sigo mirándola así: con asombro y perplejidad. Siempre me sorprende lo guapa que es. Lo preciosa que se muestra en todas sus facetas. Como ahora, preocupada y expectante sin soltar su botella de vino.

Está nerviosa, lo noto. Hoy va a conocer a las personas más importantes de mí vida. Si yo fuera ella, estaría aterrorizada. Ella, a pesar de su entereza, de sus formas cercanas y su carácter extrovertido, parece estar alterada. Y eso que tiene un don. Sabe perfectamente como lidiar con todo el mundo. Lo hace cada día, lo he visto.

– ¿No vas a invitarme a entrar?

– Perdona… Claro – digo saliendo de mi ensimismamiento -. Pasa.

Me acerco a ella con una sonrisa en la cara. Le cojo la botella con una mano y la envuelvo con mis dos brazos, cerrando los ojos. Le doy un pequeño beso en los labios, sumergiéndome por completo dentro de su perfume. Respiro sus cítricos y diferentes jabones mientras siento el calor que emana su cuerpo. Sonrío por instinto. Siempre que estoy así con ella, me siento bien.

– Estás preciosa – le susurro al oído muy bajito -. No te preocupes, te van a adorar.

Cojo su mano derecha con decisión. Con una firmeza impropia de mí, pero del todo natural en esta desconocida situación. Su mano siempre debería estar aquí, justo donde mis dedos convergen con los suyos.

La arrastro sin soltarla hasta el salón, sintiéndome alegre, eufórica, segura y feliz. Sólo por estar así, caminando juntas de la mano. Dispuesta a introducir a Gabi al interior de mi mundo.

Cruzo la puerta de la habitación mientras catorce ojos nos estudian expectantes. En cualquier otra situación, al encontrarme en un escenario parecido, hubiera huido a la otra punta del país, pero en este momento no lo hubiera hecho por nada del mundo. Hoy no. Ahora mismo no deseo estar en ningún otro sitio. La persona que llevo de la mano me hace sentir importante. Mucho más que eso, Gabi me hace sentir solemne en mi piel. Me hace sentir bien con mi forma de ser. Sueno acorde cuando ella está cerca. Saco mi música sin miedo, sin problemas, sin prejuicios. Sueno como soy. A ella le gusto sin pretensiones porque ella me escucha sin pretender cambiarme, ni  encarcelarme. No me escucha como un proyecto o como una canción que sólo existe en su cabeza. Ella escucha mi música por el placer de escucharla. Me escucha a mí.

La primera persona que se acerca sin cavilar, interrumpiendo el estrepitoso silencio que se escucha en la habitación, es Alex. Prácticamente se abalanza sobre Gabi, la estruja y le da la bienvenida, con naturalidad y cercanía. Todo lo que hace Alex es igual. Es cautivador verla tratar a la gente. Siempre se pone en marcha con facilidad. Lo hace todo agradable. Le gusta que la gente este cómoda a su alrededor. Y lo consigue, lo logra siempre. Como en este instante. Alex está diciendo nombres sin parar, para que Gabi sepa quienes son todas las personas que están en mi casa. Les veo acercarse uno a uno mientras sonríen, saludan y muestran interés. Todos menos Sofía, quien ha saludado a Gabi con total indiferencia y desprecio.

No se que diantres le pasa a Sofía pero me tiene completamente desconcertada. Ha llegado a casa sin disculparse. Nos ha saludado a todos deprisa y corriendo y no ha dejado de enlazar vasos de vino desde hace media hora. A estas alturas se ha debido  beber ya, tres copas. Si no fuera porque Gabi está aquí, me la llevaría a la cocina y le echaría la bronca. Pero hoy no. Hoy no se trata solo de ella. Hoy es un día importante para todos.

Esa es la razón que me lleva a respirar profundamente y exigirme calma. Cambio mi cara de mal humor, al ver a Sofía mirando por la ventana, por la mayor de las muecas desencajadas al observar a Lucía, Santi y Paula hablar con Gabi. Los cuatro están intercambiando risas y comentarios con confianza.

No lo puedo evitar, ver todo esto desde aquí me produce una nueva sensación de serenidad. Como si de repente la paz existiera y esto fuera a lo que la gente se refiere cuando habla de familia. La vida es esto. Tiene que serlo. Verla a ella coexistiendo con las personas más importantes de mi vida. Sentir que todos lo intentan, que todos ponen de su parte, por mí.

– Como sigas mirándola así, nos vas a inundar el suelo – me dice Alex acercándose con sigilo.

– Así, ¿cómo?

– Con ese desmesurado amor.

La palabra se hizo eco en mi mente como un huracán. Con amor. Amor. ¿Amor? Sí… Con amor. Con amor del que no pregunta, del que se cuela entre tus sábanas y te arranca la ropa. Del que lame, besa, cura, cicatriza y eleva. Con amor del de verdad. Del que se siente con certeza en el centro del organismo y se expande a través de la sangre a todas las partes del cuerpo. Un amor que bombea, que late, que se vuelve incuestionable en lo desconocido. Que da luz y lo abarca todo. Un amor que no se puede obviar. Un amor que no había sentido nunca antes.

Así es como de repente se le pone nombre a algo que no le quieres poner nombre. Alguien te lo muestra como algo irrefutable y tu no puedes más que observarlo de frente. Es como descubrir una raja en un cristal. En el momento en que encuentras lo que está roto, no puedes dejar de verlo.

Se me disloca la cara mientras miro a Alex como si fuera una aparición. La miro aterrada, sintiéndome completamente expuesta, por haber desenterrado todo lo que llevo dentro sin pedirme permiso.

– No me mires así, Elena. Llevas mirándola un buen rato, como la princesa Leia miró a Han Solo antes de que lo congelaran.

– Yo no la miro de ninguna manera.

– Ya…pues menos mal.

Me quedé estupefacta durante un rato. Viendo como el tiempo se escapaba por las manecillas del reloj. Sintiéndome un poco perdida por todas esas emociones agolpadas en el centro de mi estomago. Sentimientos con nombre y apellido. Emociones que se acrecentaron más y más a medida que el día transcurrió. Con cada sonrisa, cada mirada furtiva en la comida. Cada caricia por debajo de la mesa. Con las risas, el vino y el café, mi cuerpo me chilló lo que se había callado todo este tiempo. Me sentí obvia. Transparente y expuesta. Algo aterrador en su llaneza y simpleza.

Afortunadamente para mí, la velada trascurrió sin incidentes. Todo el mundo estuvo atento. Lucía preparó un pavo que podía haber alimentado a todos los niños de África. Pepito tercero podía haber terminado, el solo, con el hambre en el mundo. Hicimos mil chistes sobre el tema. A Lucía le gusta siempre, cocinar como si no existiera un mañana. Creo que por eso tiene un restaurante. De alguna manera tiene que darle salida a toda la comida que compra y cocina.

Los acompañamientos que cocinaron Alex y Luis tampoco se quedaron cortos. La verdad es que para ser la primera vez que Alex cocina, lo ha hecho bastante bien. Vamos a tener puré de patatas, cebollas confitadas, tartaletas variadas y tarta de queso para un mes. No sé como vamos a guardar toda esta comida en la nevera. Aunque da igual. Ha merecido la pena.

He visto a Lucía y Paula felices. Mirándose como siempre. Pendientes de que todo estuviese en su sitio. Es verdad que casi no he tenido tiempo para hablar con Paula. Sólo hemos intercambiado un par de frases sobre Londres y su casa. En seguida han llegado todos los demás y no hemos podido ponernos al día. No sé que es, exactamente, pero hay algo que noto lejano entre ella y yo. Como si la distancia nos hubiera congelado y no supiéramos muy bien como acercarnos la una a la otra. A veces pienso que he llenado mi tiempo con demasiadas preocupaciones banales. Últimamente en lo único que pienso es en Gabi y en el trabajo. Es como si eso se comiera todo mi tiempo. Tanto es así, que parece que se me olvide disfrutar de todo lo demás. De estas maravillosas personas que están hoy en mi casa. Amigas que estaban mucho antes de que Gabi entrara en mi vida. Necesito encontrar la manera de buscarlas su sitio y hacer de mi mundo algo que las implique a todas por igual. Cada una desde su silla particular. Porque cuando me vuelvo a conectar y vivo una situación como está, me lleno de alegría y energía.

Hace un rato he vivo algo así. El vino y la cerveza corrían con soltura en las copas de la mesa. Estábamos felices intercambiando comentarios. He llegado a llorar de risa escuchando a Lucía discutir con Alex, sobre trajes de superhéroes. Luego he mirado, desde mi lado de la mesa, como Santi se ponía colorado por ser el centro de los chistes de Marta, Paula y Sofía. No lo puede evitar, sigue siendo demasiado ingenuo para ciertas cosas. Es facilísimo tomarle el pelo. Siempre entra al trapo.

Marta me ha caído genial. Se nota que le quiere. Es risueña y tranquila. Le hace bien. Se les ve tranquilos. Sin presiones. Tampoco se disparan fuegos artificiales al mirarse, pero no todo el mundo necesita un amor así. Santi es un hombre ordenado, no sabría tener un amor caótico que le hiciese tambalearse. Mi hermano sufre con el caos, con lo que no conoce. No me imagino a Santi, perdiendo la cabeza por una mujer que cambiase su mundo en cada paso que diera. Se volvería loco. Por eso creo, que una mujer como Marta resulta del todo conveniente. Le permite respirar y estar relajado. Se merece a alguien así en su vida. Sobre todo después de todo lo que ha pasado. Es su momento, es su hora de recoger lo que ha sembrado.

Gabi me coge la mano mientras observo los platos sucios que hay encima de la mesa. Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y me regala media sonrisa pausada.

– ¿Te lo estás pasando bien? – le pregunto.

– Sí. Tus amigos son encantadores. No me extraña que hables así de ellos.

Me quedo mirándola sintiéndome del todo vulnerable. Lo que se mueve dentro de mi estómago, tiene que ser evidente para todo el mundo. No puede ser de otra forma. Suena demasiado estridente como para no oírse en este salón.

 

 

 

 

 

 

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