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Capítulo 17

Me despierto a las tres de la mañana con la boca abierta encima de la almohada. Hay un surco en las sábanas, en el lado donde debería estar Gabi. A lo lejos oigo un ruido de sartenes y platos moviéndose. Un olor a pan tostado y a cebolla caramelizada me sorprende dentro de la habitación. Me levanto escuchando el rugir de mis tripas en estereo. Estoy hambrienta.

Intento como puedo encontrar algo de ropa entre todo este revuelo. Una mueca pícara se me dibuja en la cara, al ver como ha quedado la habitación. Está todo hecho un desastre. Como no logro dar con mi ropa me pongo encima una camisa blanca de Gabi, qué esta colgada en un perchero cerca de su armario. La camisa es un par de tallas mas grande que las que suelo utilizar. Da la sensación que lleve un vestido puesto en vez de una blusa, pero…huele a ella y me hace sentir bien.

Salgo de su habitación de puntillas directa a la cocina. Gabi tiene una casa preciosa. Vive en un ático muy luminoso cerca de la plaza de San Bernardo. La casa tiene una atracción especial, te seduce nada más cruzar la puerta. La entrada está comunicada con un salón despejado, amplio y con pocos muebles. Los justos para dar una sensación acogedora. Parece que haya dispuesto el salón, a propósito, para resaltar las cuatro fotografías que tiene colgadas en la pared. Todas ellas son de ciudades. De los múltiples viajes que ha hecho. Estoy particularmente enamorada de una foto que tiene de Oporto. Hay una mujer borrosa tomando vino, atrapada tras el cielo portugués, las luces de la noche, el río y las bodegas del fondo. Lo que más me llama la atención, de esta instantánea, es la empatía que provoca. Es como si te trasladara y fueses esa misteriosa chica, en ese justo momento, hechizada por el abrigo de la ciudad portuguesa.

Cruzo los brazos un poco cohibida. No llevo puesta mucha ropa encima y hay una amplia ventana sin cortinas a mi derecha. Gabi tiene una terraza enorme. Está muy aderezada con una gran diversidad de plantas y flores. Es como si se hubiera inventado, de la nada, un pequeño jardín urbano y lo hubiera transportado con esmero al interior de su casa. Me hace gracia lo mucho que le gusta la jardinería, nunca me lo hubiera imaginado. Sin embargo es muy detallista y cuidadosa.  Ha invertido un montón de tiempo y  dedicación en construir este lugar tan suyo. Parece que lleve su nombre grabado en cada rincón. Es atrevido, creativo, cercano y acogedor. Es puramente ella.

Hay una pequeña mesita de madera con dos sillas, enfocadas para disfrutar del paisaje.  Se puede ver media ciudad desde aquí. Por eso cruzo los brazos con algo de pudor. Lo que ha pasado esta noche no le pertenece a nadie más que a ella y a mí.

Cierro los ojos y aprieto una sonrisa, que nace sola sin proponérselo, mientras vuelvo a sentir a Gabi entre mis brazos. El recuerdo me arrastra en el acto. Me saca una llama incandescente que puedo sentir por todo mi cuerpo. Un fuego intenso que no sabía que tenía.

Así, ansiosa, abrumada y hambrienta entro en la cocina. Gabi está vestida con una camiseta de tirantes blanca y unos pantalones de pijama cortos. Está cocinando detrás de una isla que tiene en medio de la cocina. Me mira algo preocupada con una sartén en la mano.

– ¿Te he despertado? He intentado no hacer ruido. Parecías derrotada.

– No se por que será – le contesto aproximándome a ella. Nada más llegar a su encuentro, le doy un beso lento, abrazándola de puntillas.

– Esa camisa te queda mucho mejor a ti que a mi.

Miro a Gabi con ilusión e impaciencia. Le rozo la cara con las yemas de mis dedos para atrapar todo lo que pueda de ella. Me siento tan ligera que podría volar por la cocina y salir despedida por la terraza. Pero no quiero. Lo que yo quiero es estar justo donde estoy, en esta cocina con ella.

– ¿Tienes hambre? – me pregunta Gabi con una sonrisa radiante -. Estoy haciendo tostas.

– Mm…sí. Me muero de hambre.

Inspecciono descalza la cocina buscando un par de platos y unos vasos vacíos. Podría preguntarle a Gabi donde encontrarlos, pero… me resulta mucho más interesarte averiguar los recovecos de este espacio y descubrir más cosas de ella. Además verla cocinando es demasiado sensual como para distraerla.

Encuentro la bolsa de la compra al lado de la nevera. Veo una botella de vino en su interior y la saco con una sonrisa en la cara.

– ¿Te apetece una copa de vino?

– Claro. Hay copas justo en el armario que tienes enfrente.

Me alzo sobre mis pies y cojo dos copas. Nos sirvo el vino en ellas y las llevo a la isla, junto con unos platos cuadrados que he encontrado en el mismo armario. Dejo la botella sobre la mesa y me siento en una de los taburetes que hay al otro lado del mueble.

– ¿Necesitas ayuda?

– ¿Puedes pasarme el solomillo que está en la nevera? – me pregunta Gabi, poniéndose un trapo encima de su hombro derecho.

– Ahora mismo.

Cojo el solomillo y se lo llevo a la isla. Gabi está muy concentrada troceando unas ramas de perejil. Está haciendo del silencio un lugar de concentración. Parece relajada y contenta, sin presiones. Me gusta estar aquí, cerca suyo haciendo esto. No hay ningún tipo de expectativa de nada. Solo estamos nosotras.

– ¿Sueles cocinar mucho? – le pregunto mientras le doy un trago a mi copa de vino.

– Siempre que puedo, sí. Me relaja un montón cocinar. Pero si no tengo tiempo o creo que me voy a estresar, me preparo cualquier cosa. No me gusta estropear las cosas que disfruto por tener prisa.

– Se nota.

– ¿El qué?

– Que estás a gusto.

Gabi me sonríe y me da un beso en mi hombro derecho. Sigue cocinando sin decir nada. Emana tanta paz que me pierdo en ella. Podría acostumbrarme a tener este bálsamo espiritual usualmente. Yo no estoy acostumbrada a ello. Para mi la vida es muy intensa. La mayoría de las ocasiones se me juntan demasiadas emociones que tiendo a confundir, por no saber discernirlas con claridad. Suelo darle muchas vueltas a todo lo que me preocupa. Lo hago tan inconscientemente que a menudo me olvida disfrutar del momento. Por eso cuando tengo momentos como este me sumerjo del todo en ellos. Es como darse un baño de agua caliente después de un día largo.

Agarro mi copa de vino mirando al frente, sintiendo que algo en mí necesita hacerse hueco. No lucho contra esta sensación. Aunque parezca mentira hoy no me hace falta. Necesito dejar salir esta parte de mi que me impide conectar, en muchas ocasiones, con los demás, por tener miedo a mostrarme vulnerable. Me aterra la posibilidad de dar lástima y manifestar mi dolor enseñando mis fragilidades. No sé si sería capaz de encajar, otra vez, que alguien se marchara cuando más endeble me siento. Por eso me cuesta tanto empezar a hablar de mis problemas. Casi siempre quiero ahorrarme el momento en el que no me presten atención,  porque la noticia resulte demasiado abrumadora para querer quedarse después de oírla. Pero…aquí con ella, con este aroma y esta sensación en mi cuerpo, me entran ganas de considerarme más humana.

– Ayer al medio día fui a comer con mi hermano Santi.

Gabi me mira de reojo, un poco sorprendida por la frase que acabo de decir, pero no agrega nada. Sigue cocinando como si estuviera hablando del tiempo y no tuviera mucha importancia la conversación que acabo de abrir. Me da espacio, pero se mantiene cerca para que pueda seguir hablando.

– Hacía mucho tiempo que no le veía.

– ¿Y qué tal?

– La verdad es que muy bien. Nos reímos mucho. Incluso con los mismos chistes, como hacíamos siempre. Parece que no hay pasado tiempo desde la última vez que no vimos.

Gabi sigue removiendo la comida que hay en la sartén sin decir nada. Lo hace placidamente, levantando de vez en cuando los ojos para ver que gestos hago.

– Supongo que era demasiado difícil para mi acercarme a él con todo lo que nos ha pasado. Han sido demasiadas cosas, Gabi.

Se me llenan los ojos de lágrimas y mi voz se rasga un poco. Algo se atasca en mi garganta y noto las cuencas de los ojos algo hinchadas y acaloradas.

– ¿Le echarías más vino a esto? – me pregunta Gabi dándome a probar una cucharada de cebolla.

Me meto la cuchara de metal en la boca. Un sabor afrutado, dulce y salado me embriaga el paladar. Gabi me pasa la mano por la espalda y me da un beso en la mejilla.

– No, yo incluso lo dejaría reducir un rato más.

– Perfecto.

Me limpio la boca con una servilleta y me siento en la banqueta que está junto enfrente de ella. Cojo la botella de vino y vuelvo a rellenar nuestras copas.

– Mi madre se murió hace más de dos años. Cogió su coche para atravesar Madrid, como muchas otras veces, y un camión se la llevo por delante… El coche quedó destrozado.

Me paso las manos por el pelo, moviendo mi melena de un lado a otro. Levanto los ojos para ver que impacto ha ejercido lo que acabo de confesar a Gabi. Ella me mira muy atenta. Ha dejado de remover la cebolla y me está prestando toda su atención.

– Tenía muy buena relación con ella, ¿sabes?

Se hace un pequeño silencio entre nosotras. Unas gotas me brotan de la ojos, mientras miro directamente a Gabi.

– ¿La echas de menos?

– Muchísimo…

Gabi apaga el fuego, coge su copa de vino y se sienta en la banqueta que esta adyacente a la mía. Me deja tiempo para que me seque las lágrimas y me calme un poco.

– ¿Cómo se llamaba?

– Laura.

– Es un nombre precioso.

– Sí, igual de bonito que lo era ella – digo emitiendo una sonrisa que esconde mucha pena.

Alargo mi mano libre para alcanzar la mano derecha de Gabi. La dejo caer encima de la suya, sintiendo como el peso del silencio se desprende de mi cuerpo poco a poco. Ella me aferra los dedos con cariño y me da un beso en los nudillos antes de posar mi mano sobre su regazo.

– Mi madre fue la primera persona con la que salí del armario.

– ¿Y eso? – me pregunta Gabi divertida.

– Creo que siempre tuvo muy claro que me gustaban las mujeres. Bastante más claro que yo – digo sonriendo a Gabi -. Supongo que es lo que tienen las madres. Ellas saben perfectamente que algo nos pasa y se dedican a esperar a que tu también te des cuenta. Para ella era algo obvio, pero tenía que darme cuenta yo.

– No sabes lo que me alegra que te dieras cuenta.

Me río con Gabi por su ocurrencia. Gabi usa sus pies para enroscarlos en los mío arrimándome hacia ella.

– Eso lo dices por lo de anoche, ¿verdad? – le pregunto intentado bajar el nivel de intensidad que siento.

– Especialmente por lo de anoche, sí…. Aunque en realidad ha sido hace unas horas.

Alzo los ojos para mirar el reloj de la cocina. Son las cinco de la mañana.

– ¿Hace tanto?

Me levanto de mi silla y me siento a horcajadas encima de ella. La beso despacio dejando que mi cuerpo se caiga en sus brazos. Toco su espalda y siento su respiración. Me encanta el olor que desprende. La energía que me llega cuando ella esta cerca. Me hace querer sumergirme del todo en este mar de calma. En esta zona segura que me ha ofrecido el mundo sin pedir nada a cambio. Sólo porque sí, porque nos hemos encontrado; porque ella ha decidido dejarme entrar, y yo he escogido quedarme.

Me separo unos centímetros para poder mirarla. Ella me sigue con los ojos, sin soltarme. Tiene sus manos por dentro de mi camisa, justo en la zona de mis riñones. Noto su piel caliente sobre mis músculos, sintiendo que pertenezco a este sitio. No se por que, es como si fuésemos capaces de acoplarnos porque ya nos conociéramos en cierta manera. Es una idea extremadamente inusual que me resulta certeramente natural.

– ¿Te ocurre algo? – me pregunta Gabi.

– No…es sólo que…a mi me madre le hubiera encantado conocerte.

Gabi me da un beso despacio, lento, inundando mi alma con cada movimiento.

– A mi también me hubiera encantado conocerla.

Nos besamos sin importar la hora. Olvidándonos que tenemos hambre y que seguramente sea la segunda vez que no cenemos esta noche. Da igual, ya no importa. Todo es intranscendente mientras nos queden ganas y podamos alargar la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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