perdiendolas formas

Capítulo 16

Me crecen los demonios en el estómago. Voy andando hacia el restaurante y no se que decir ni que hacer. Estoy como suspendida. Intento esconder mis inseguridades, mis palpitaciones constantes.

Llego a Callao después de haberme pasado toda la mañana buscando libros. Alargando el momento. Disfrutando de esta placentera soledad del que busca pero no sabe lo que busca. Así me dan las dos de la tarde. La hora en la que he quedado con Santi.

Me alzo sobre mis zapatos y doy un par de vueltas sobre ellos. Me miro las manos y estudio mi pelo sobre un escaparate. El reflejo no me dice nada.

Llego a la puerta del restaurante y aguanto el pomo con mi mano derecha y me quedo pensando. ¿Qué hago aquí? Suelto el pomo y doy un paso atrás, para darme un momento. Hay una farola justo a mi derecha que me permite reposar la espalda con seguridad. Respiro, meto las manos en el bolsillo y encuentro mi teléfono. Es instantáneo, necesito oír su voz. Como no puedo controlarme y no quiero entrar ahí dentro, la llamo sin dudarlo. Sólo para saber que está ahí, al otro lado.

– Hola – le digo con un hilo de voz mientras estudio mis converse azul marino -. ¿Puedes hablar?

– Hola – la voz de Gabi suena alegre y decidida. A lo lejos se oyen murmullos y objetos en movimiento –. La verdad es que ahora me viene un poco mal. ¿Va todo bien?

Déjame pensar….he quedado con mi hermano Santi para comer, al que no veo desde hace años. No se que contarle. No se como está. Tengo miedo que aún esté enfadado conmigo. Me aterra además que me hable de mi padre. Y por si no te lo había contado, tiene las mismas facciones que tenía mi madre. Así que verle y hablar con él, me recuerda a Laura constantemente.

– Sí…sólo me apetecía hablar contigo – le contesto mientras agarro mi mano derecha a la farola y hundo un poco la cabeza en ella.

– ¿Seguro? – me pregunta escéptica.

– Sí…

Se hace un pequeño silencio entre nosotras. A su lado del teléfono se oye a gente reclamando su presencia.

– Da igual, hablamos luego. Tienes un montón de trabajo – consigo finalmente decir.

– Elena, es muy difícil ayudarte si no me dices que pasa – dice Gabi con fastidio.

– Tranquila, estoy bien. Me apetecía hablar contigo para saber que tal había ido tu mañana. Eso es todo – le contesto moviendo la cabeza con insistencia y mirando al cielo.

– Elena…

– De verdad no te preocupes. Además parece que tienes mucho lío y no quiero interrumpirte, en serio.

– Como quieras…- suspira con resignación. Hay algo de enfado en su tono. Justo cuando creo que me va a colgar coge aire otra vez – Salgo a las ocho y media. ¿Por qué no me llamas y nos tomamos algo?

– No se si hoy me dará tiempo. Tengo un día largo.

– Tú llámame si puedes ¿Vale?

– Vale – le respondo con un nudo en el estómago – Un beso.

– Adiós.

Me quedo mirando el teléfono con cara de tonta. Chasqueo los labios y guardo mi móvil con una preocupación más. ¿Por qué coño me empeño en hacer las cosas difíciles? A veces parece que me proponga especialmente conseguir el efecto contrario de lo que en realidad quiero obtener.

Un poco más molesta que miedosa me lanzo hacia la puerta del restaurante. Traspaso la entrada y veo a Santi sentado en una mesa del fondo. Está esperándome con una cerveza y unas patatas fritas. Nada mas verme me saluda y se pone de pie.

Me quedo mirándole tan atentamente que casi parece inquietante. Se me cae una pequeña lágrima por la cara mientras me abraza. Aprovecho que no me ha visto y froto mi mejilla contra su brazo. Alguna ventaja tenía que tener que sea tan alto. Por lo menos debe medir un metro noventa.

– Estoy increíblemente sorprendido ¡Has llegado tarde! ¿Quién eres y que has hecho con mi hermana?

– Lo siento. Se me ha ido el santo al cielo – le digo mientras me quito mi cazadora y tomo sitio en la mesa.

Alargo mi mano y le doy un sorbo a su cerveza, sin pensarlo. Aún sigo nerviosa y necesito algo que me ayude a relajarme.

– Por lo que veo hay ciertas costumbres que no cambian – me dice riéndose -. ¿Quieres qué te pida una o prefieres acabarte la mía?

– ¡Eres un quejica, sólo ha sido un sorbito!

– Ya…todos sabemos lo bien que se te da picotear platos y robar postres, Elena.

Le saco la lengua y me acabo su cerveza.

– Estás muy guapa – me dice mirándome con una sonrisa.

El piropo me saca una expresión facial de rechazo. Me reclino sobre mi asiento y me quito el pañuelo que hay alrededor de mi cuello.

– Gracias. Debe de ser el inicio del invierno. Aún sigue haciendo sol.

– No, no es eso. Estás distinta.

– ¿Cómo qué distinta? – Le pregunto mientras le hago un gesto al camarero para que nos traiga un par de cervezas.

– Pues eso, distinta.

– Tu elocuencia me desgarra – le digo mientras empiezo a ojear la carta del restaurante.

– Por lo que veo sigues siendo tan borde como siempre.

– Eso parece  – le contesto un poco más seca de lo necesario.

Me toco el pelo y juego con mis pies debajo de la mesa. Santi alarga la mano y estrecha la mía, mirándome fijamente a los ojos.

– Hasta alguien tan fuerte como tú, puede aceptar piropos de vez en cuando. Sólo hay que sonreír y dar las gracias. No es tan difícil. Sino pregúntaselo a Sofi, es una maestra.

– ¿A Sofi? – Le pregunto un poco extrañada por el comentario.

Santi me suelta la mano inmediatamente. Se pasa las manos por encima de los pantalones y seguidamente coge su cerveza para darle un buen sorbo.

– Bueno…si sigue siendo tan presuntuosa como en el colegio. Seguirá creyéndose el centro del universo. Parece mentira que para ser tan amigas, seáis tan distintas.

– Santi – le digo poniendo una cara de evidente circunstancia -. ¿No seguirás obsesionado con ella, no? Porque después de seis años sería un poco penoso.

– ¿Qué dices? – Me pregunta completamente incrédulo -. Yo nunca he estado obsesionado con Sofi.

– Ya…claro – le digo riéndome mientras cojo mi cerveza.

– Te estoy diciendo la verdad.

– Eso cuéntaselo a  Blanca Bermúdez.

–  ¿Quién es Blanca Bermúdez? – pregunta Santi perdido.

– Una pobre chica de primero de Bachillerato que estaba enamorada de ti. Como la mayoría de las chicas de nuestro curso y las de un curso menos.

Santi  me mira pasmado. Tiene un gesto de desconcierto. Como si no supiera de lo que estoy hablando.

– No te acuerdas de ella, ¿verdad? – le pregunto riéndome -. Alta, castaña, de ojos verdes…¿Nada?

Como veo que su gesto no varía ni un poco después de la explicación que le acabo de dar, decido proseguir.

– La mayoría de los chicos de nuestro curso trataron de salir con ella, y ninguno lo consiguió porque ella sólo quería que se lo pidieras tú. Era un pivonazo Santi, pero tu eras incapaz de darte cuenta porque solo tenías ojos para Sofía. Por eso en el autobús te sentabas con nosotras en vez de con Blanca. Pobre mujer, nunca tuvo nada que hacer.

– ¿Qué dices? Yo nunca he querido tener nada con Sofi…Yo me sentaba en el autobús con vosotras porque siempre os he considerado mis amigas. Además me encantaba hablar con Alex.

– ¿Con Alex? – Le pregunto bajando mi cerveza dramáticamente – ¿Tu te crees que soy tonta, o qué?

– Pues sí, con Alex. Siempre ha sido la más simpática de las tres, con diferencia.

– Debería darte vergüenza mentirme así – le digo lanzándole mi servilleta – pero si hasta papá te echó de mi cuarto una vez, porque no parabas de hacerle preguntas a Sofi sobre su gato. Y tu odias los gatos.

– Yo nunca he odiado a Bimbo – dice bajando la cabeza.

– ¡Oh! – le digo poniendo voz de falsa lástima –. Aún te acuerdas de su nombre, ¡Qué mono eres!

Santi se ríe y me devuelve la servilleta. Se aclara la garganta y me sonríe con transparencia. Parece que no haya pasado ni un día sin que nos hayamos visto. Parece que sea ayer y estemos vestidos de ciclistas jugando en el jardín de la casa de nuestros padres.

Bajo la cabeza un poco apenumbrada y miro de reojo dentro mi bolso, para saber si tengo algún mensaje de Gabi en el teléfono. No veo nada.

Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Santi.

– Y dime ¿cómo está ahora?

– ¿Cómo quieres que lo sepa, Elena? – me contesta un poco mas cortante y nervioso de lo habitual –. No he visto a ese gato en años.

– ¿Qué? ¡No seas tonto Santi! Me refería a papá.

– Ah…ya…está muy bien…- dice balbuceando un poco -. Ha cambiado muchísimo en el último año.

– Ah ¿Si?

– Sí. Ha vuelto a cocinar. Está alegre ¿Sabes? Él… se arrepiente mucho de todo lo que pasó, Elena. Pero no fue su culpa, estaba enfermo. Lo que ocurrió con mamá le dejó destrozado. No tenía ganas de nada. Al final consiguió entrar en razón y fue a terapia.

– ¿Ha ido a terapia? – le pregunto completamente asombrada.

– Sí. Hace más de un año que va. Creo que ha sido la mejor decisión que ha tomado en su vida.

Un ápice de nostalgia me invade de repente, mientras le oigo hablar de mi padre. Sentirme así me coge completamente por sorpresa. Pensaba que a estas alturas, hiciera lo que hiciera mi padre me traería indiferente. Supongo que en cierta manera daba por hecho que seguiría llorando por las esquinas, escondiendo la cabeza bajo la arena.

– Tienes que entenderlo, no podía ocuparse de nadie mucho menos de…

– Santi… – digo secamente interrumpiendo el discurso de mi hermano. Tengo las manos rojas aferradas a mis piernas. Estoy completamente tensa agarrada a la tela de mis pantalones como si me fuera la vida en ello.

– Deberías llamarlo. Te echa mucho de menos. Se que ha estado intentando ponerse en contacto contigo.

Es cierto. Desde hace meses recibo llamadas suyas. No se exactamente que es lo que me pasa cada vez que él me llama. Tengo un conjunto de sensaciones contradictorias dentro que no se muy bien como manejar. Es algo excesivamente estúpido, porque lo que más desearía es no sentir todo lo que siento cada vez que el teléfono suena. Lo que yo querría es sentirme exactamente igual que cuando estábamos bien. Me encantaría saber que él sigue en mi vida. Que él es la persona que yo creía que era. Nada me gustaría más que saber que estoy a salvo; poder dejarme llevar teniendo la certeza que lo más básico de mi existencia está resguardado en un pilar inquebrantable. Que el amor no se hunde, no se cae, no te abandona, solo se rompe a veces. Pero no. Él se fue. Me dejó tirada con toda la traición que se puede poner cuando coges la puerta y te marchas. Y así te quedas con la cara desencajada llorando sola y gritándole al mundo por haberte quitado, de golpe y porrazo, una madre y un padre. Haga lo que haga tengo la sensación constante de que soy una huérfana. Porque mi madre se murió pero mi padre decidió irse a la mierda con ella.

Cada vez que miro el teléfono y veo su nombre, tengo miles de recuerdos de lo que ya no somos. Es como si me clavaran miles de pequeñas agujas en la piel. Ojalá no me sintiera así. Ojalá no tuviera este recordatorio hiriente que me impide avanzar, que me impide hacer lo que realmente quiero hacer. Coger la llamada y hablar con él. Ser feliz. Dejarle quererme como me quiere y quererle por el padre que fue antes de que no fuera nada más que un mueble. Pero me siento tan distinta. Soy otra persona. Ya ni siquiera se quien soy. ¿Cómo narices voy a saber quién es él? Si somos unos auténticos extraños. Ya no voy a tener jamás lo que teníamos entonces. ¿Con que se supone qué me tengo que quedar? ¿Qué se supone que tengo que sentir?

Alzo la vista y miro a Santi a los ojos. Está esperándome. Siempre ha sabido muy bien cuando hablar y cuando callarse. Me conoce demasiado bien. Me conoce tan bien que ha sido capaz de esperarme dos años enteros. ¿Pero qué he hecho yo por él? Nada. Absolutamente nada.

Santi es capaz de sacrificarse por todos nosotros sin importarle un ápice lo que se deja en la bolsa cuando tira del carro. Mi madre era exactamente igual que él. Era nuestro pegamento. Ella conseguía que todos estuviéramos juntos cuando las cosas se torcían. Conseguía que nos perdonáramos y nos acercásemos cuando no teníamos ganas y casi siempre parecía que fuese idea nuestra. Era una auténtica maga.

Santi ha heredado eso de ella. ¿Pero quién le cuida a él? Si yo estoy enfadada, él debe de estar agotado.

De súbito una sensación me abruma y me doy cuenta de la verdad. Santi se ha llevado la peor parte. A él, le hemos hecho todos lo mismo. Si a mi me dejó una madre, y un padre. Él tiene que sumar también, que le haya abandonado una hermana.

Una pena desconocida se apodera de mi. Destenso mis manos y las levanto de mis piernas, para posarlas justo encima de las de Santi. Le miro directamente a los ojos mientras noto el calor de su piel. Es igual que tocarla a ella. Un ligero toque y te hace sentirte en casa, resguardada de todas las cosas que fuera hacen daño.

– Lo siento – digo con una lágrima atragantada en la garganta.

– No pasa nada, Elena.

– Si que pasa. Me he portado como una egoísta. Sólo he sabido pensar en mí. Creo que hasta ahora no me había dado cuenta de lo solo que te has tenido que sentir.

Santi se toca la frente y coge aire profundamente.  Levanta las cejas sin el menor ápice de sorpresa en su rostro.

– Bueno…ahora estamos aquí ¿no? Eso es lo importante.

Santi me sonríe relajadamente. Siempre me impresionará lo generoso que es.

– Me alegro – le digo completamente abrumada -. Aún así, no debí ser tan injusta contigo. Me encantaría compensarte de alguna forma.

– Mm, ya que insistes…podrías invitarme a comer. Este Japonés es bastante caro y me apetece pedir comida hasta reventar – dice cogiendo la carta que tiene a la derecha.

– Eso está hecho – le contesto feliz -. ¿Qué te apetece pedir?

– Una cosa más – dice antes de que empiece a estudiar la carta –. Si quieres mi perdón absoluto tienes que prometerme que llamarás a papá. Necesitáis hablar de muchas cosas, Elena.

Miro a Santi frunciendo el ceño. Aunque me pese admitirlo es tan bueno como Laura. Ha aprovechado que he bajado la guardia para conseguir lo que quería pedirme.

– Esta bien – digo con la voz baja cogiendo mi  vaso de cerveza.

– ¿Qué has dicho? No te he oído bien.

– ¡Que sí, pesado! Llamaré a  papá – digo poniendo los ojos en blanco -. ¿Pedimos o no?

– Sí, me muero de hambre – dice Santi con una sonrisa enorme en la cara –. Por cierto ¿Cómo se llama?

– ¿Quién? – le pregunto desconcertada mirando a los lados.

– La mujer del teléfono. Llevas mirando de reojo el móvil desde que has entrado en el restaurante.

Me pongo roja sin pretenderlo y se me escapa una sonrisa al segundo.

– ¿Y bien? – me pregunta.

– Se llama Gabi.

Ando por las calles de Madrid. Llevo horas vagando a ninguna parte. Tengo el pecho invadido por una aglomeración de sensaciones tan intensa que solo quiero tener el tiempo suficiente para poder ordenarlas y saber bien que es exactamente lo que siento.

Debería estar contenta. Tengo miles de razones para estar más que ilusionada. Hacía muchísimo tiempo que no quedaba con Santi. Ni si quiera he sido consciente hasta esta misma tarde, de lo muchísimo que le echado de menos. De lo empeñada que he estado en no querer conectar con él, en no verle.

La comida ha ido genial. Nos hemos puesto al día. Ha sido como siempre. Incluso mejor porque, ahora que lo tengo otra vez en mi vida, siento que en cierta manera todo vuelve a su cauce. Por esa razón no me explico que esté tan turbada. Estoy aterrada ante la puerta de Gabi. Ni si quiera he sido capaz de llamarla. Para ella mi actitud debe ser de otro planeta. Puede incluso que no le haya dado ninguna importancia a la llamada de esta mañana. Ella puede estar alegremente ahora tomando unas cañas o disfrutando de un buen libro completamente ajena a mi debate mental. Sin embargo yo…a mi se me hace un mundo estar aquí ahora. No tengo ni puñetera idea de cómo ordenar todo lo que me pasa cuando tengo la cabeza llena de ruido y averiguar que hay debajo de todo este estruendo. Ni si quiera se lo que siento. ¿Cómo voy a ser capaz algún día, de incluirla dentro de este caos? Puede que me esté empeñado en nadar a contracorriente. No debería estar aquí.

Me subo el bolso de mi hombro derecho. Lo agarro fuertemente con la mano para que no se deslice y me doy la vuelta. Antes que pueda poner un pie en la calle me choco con el cuerpo de Gabi.

– ¿Elena? ¿Qué hace aquí? – me pregunta Gabi extrañada. Veo como Gabi frunce el ceño mientras mira la pantalla de su móvil -. No me has llamado, no sabía que me estuvieras esperando.

– Lo sé, lo siento – le digo poniéndome completamente roja -. Lo he hecho sin pensar. Debería haberte llamado antes.

Gabi se acomoda el estuche de la cámara y me mira preocupada.

– No seas tonta. Tu no tienes que avisar. Puedes venir cuando quieras. Anda ayúdame.

Antes que pueda reaccionar y montarme una excusa absurda para salir corriendo en dirección contraria. Gabi me pasa un par de bolsas que están en el suelo.

– ¿Qué llevas aquí?, ¿trozos de muerto? – le pregunto alucinada. Las bolsas pesan una tonelada.

– ¡Casi! – dice Gabi sonriendo –. Nuestra cena.

– ¿Pensabas cocinar para mí, sin saber que venía? – le pregunto intrigada.

– Bueno…esperaba que al final me llamaras.

Sigo a Gabi por el interior del edificio. El ascensor está en el portal. Con la ayuda de un codo y de su pie derecho consigue abrir la puerta. Mantiene la puerta abierta invitándome a entrar. La sigo, fijando mi vista en las bolsas. Entro en el ascensor. Ella no dice nada. Me está dando espacio. Me mira relajada sin pedirme nada. Sólo se dedica a acompañarme en este trayecto. Algo de ella me cala. Me inunda hasta los huesos. No me pide nada. No me pregunta que me pasa aunque se muera de ganas en averiguarlo. Sólo me deja estar en el lugar en el que necesito estar. Ella me lee demasiado bien, tanto, que resulta demasiado fácil querer dejarse llevar. Puede que después de todo sólo necesite creérmelo.

Embriagada por todo este día, aparto las bolsas que llevo encima y las dejo en el suelo. Hago lo mismo con las que lleva ella en la mano y me lanzo entre sus brazos sin cavilarlo. Gabi me sostiene firmemente entre sus brazos . Apoya su mejilla en la parte superior de mi cabeza, con cariño, con paciencia. Me sumerjo dentro de este abrazo. En este calor que me relaja y me hace sentirme demasiado vulnerable y transparente. Me dejo caer en ella mientras sus manos acarician mi pelo y mi espalda. La respiro con pena y confort, apabullada porque siga aquí conmigo sin pedirme nada.

– Lo siento – digo escondiendo mi cabeza en su hombro derecho.

Gabi aparta la cabeza ligeramente. Coge mi barbilla con dos dedos y me levanta la cabeza, con suavidad, para que pueda mirarla a los ojos.

– He comprado un par de botellas de vino – dice Gabi dulcemente -. Tengo un par de copas arriba y un montón de tiempo para que puedas contarme lo quieras contarme, si es que quieres hacerlo.

Se me acelera el corazón, mirándola así, escuchándola de esta forma. Se me enrojecen las mejillas mientras resisto las lágrimas que amenazan con brotar de mis ojos.

– No tienes que hacer nada que no quieras, no te voy a obligar a ello. Se que hay algunas cosas que se te atragantan. Me doy cuenta, Elena, no soy tonta. Y no pasa nada, no tengo prisa, pero por favor…no me eches cuando necesites espacio – me sigue diciendo -. Basta con que me lo pidas.

Me quedo helada oyendo lo que me acaba de decir. Estoy tan desbordada con cada una de sus palabras que no consigo resistirme más. Se me escapa la fuerza por mis ojos  y unas pequeñas lágrimas ruedan por mi cara.

Gabi me limpia las lagrimas de la cara. Usa ambas manos para acariciarme la cara, mientras delicadamente me seca el rostro.

– ¿Puedo besarte ya? – dice con un hilo de voz – Te he echado de menos hoy.

Sin pensarlo dos veces me alzo de puntillas. Le rodeo la nunca con mis manos y la beso como si me fuera la vida en ello. Abro la boca sintiendo como sus manos bajan a mi cintura y se agarran a mi chaqueta con empuje. Hay un ápice de desesperación en este beso. Su lengua me arrastra y me pierdo. Solo quiero seguir reteniéndola junto a mi. Quiero que siga tocándome de esta forma. Que sus manos me alcancen, me arrastren, me aprisionen. Necesito más de ella. Necesito febrilmente conocer todos los huecos de su cuerpo y todos los espacios que ella pueda ofrecerme.

Me separo un poco con la respiración entrecortada mirándola con los ojos llenos de deseo.

– Será mejor que entremos en tu casa… – le digo, como buena mente puedo, mientras siento como los labios y la lengua de Gabi se apoderan de mi cuello.

Gabi sube con la lengua directamente al lóbulo de mi oreja derecha, y planta sus labios en mi oído.

– Como sigas haciendo esos ruidos, no voy a poder responder de mis actos – dice Gabi empujándome resolutivamente fuera del ascensor.

Gabi se apresura y saca las bolsas del ascensor decididamente. Lo hace rápidamente. En una serie de pasos bien estructurados que consiguen en poco tiempo abrir la puerta de su casa, meter la compra y salir por mi al rellano.

La estudio con fascinación mientras la veo preocupada mirarme, como si tuviera miedo que en ese pequeño intervalo de tiempo hubiese podido cambiar de idea y quisiera marcharme de allí. Me dejo arrastrar por la mano de Gabi hacia el interior de su casa, con un deseo y un cariño tan fuerte, que se vuelve desconocido para mi.

– ¿Y la cena? – pregunto parándome en seco en la entrada de su casa. Estoy tan nerviosa que no oigo nada más que mi cuerpo temblando bajo el sonido de mis fuertes palpitaciones.

Gabi se acerca y me besa con muchísima suavidad, sin decir nada. Sube una mano por mi nuca, colando sus dedos en el interior de mi pelo. Me deshago en este beso con tanto fervor que me quito el pañuelo que llevo alrededor del cuello como respuesta.

– ¡A la mierda la cena! – digo cerrando de un portazo la puerta de su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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21 comentarios en “Capítulo 16

  1. Excelente, los astros se alinearon!!
    Siempre te superas 👏👏 de pie!!
    Estaba leyendo y de pronto, siento que estoy invadiendo los sentimientos más profundos de una person, me quise detener y recuerdo que estoy leyendo y que escribiste y nos compartes para hacernos participes de Elena!!
    Como siempre, gracias un abrazo!!

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  2. Decirte que en cada capítulo te superas, que cada vez nos atrapas más con tu historia, que tus personajes de verdad se hacen querer… No alcanzaría, de verdad queda corto cualquier halago que pueda hacer sobre tu obra. Es excelente!!!
    Me encanto el capítulo, sobre todo el final… Esta pareja enamora! 😄
    Un abrazo desde Uruguay!

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  3. He de decir que el personaje de Santi me está gustando bastante.

    Y menos mal que Elena se ha topado con una tía con paciencia e inteligencia para ver que necesita tiempo y no forzar la máquina 🙂

    Me pregunto desde ya si habrá 2×1 para celebrar la entrada de la primavera jijiji (sí, se hacen cortos los capítulos!)

    Le gusta a 1 persona

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