perdiendo las formas

Capítulo 14

A las ocho de la mañana, del sábado, salía del metro con una coleta mal hecha. Despeinada por la cantidad de veces que sus dedos se habían enredado en mi cabello. Con la cazadora puesta, remangada casi hasta los codos. Recordando las veces que sus manos habían pasado por mis brazos, por mi cintura…notando el calor de mi piel como un recordatorio constante de su paso por mi cuerpo.

Me basta con cerrar los ojos para volver a sonreír. Un pestañeo y estoy de vuelta, corriendo agarrada de su mano por Fuencarral, buscando un sitio para seguir escondiéndonos del mundo para seguir besándonos…Me siento tan eufórica que gritaría de alegría y despertaría a media ciudad. ¡Qué demonios! Me sobra júbilo para comprar churros y tomarme un segundo desayuno. El primero fue hace dos horas, cerca de tribunal, en un bar cualquiera donde decimos dejarnos caer.

Atravieso la puerta del bar que está justo enfrente de mi casa, mientras lo recuerdo. El olor a café recién hecho me eriza la piel, resonando sobre los surcos que hacían las manos de Gabi sobre mi espalda. Círculos que dibujaban abismos, como las vueltas que daba mi cuchara sobre aquel café.  Me hubiera tomado cientos como ese para seguir despierta y alargar la noche. A pesar de que estuviera frío, amargo y algo aguado.

Me siento en una silla vacía, con el bolso entre mis piernas, mientras espero mi ración de churros. Para recrearme y no perderme ningún detalle, le hago un gesto al camarero y le pido un café caliente. Cierro los ojos una vez más y vuelvo a estar con ella, hablando de nada, cogiendo un poco de nata de encima de su taza para mancharle su nariz. Se me escapa una sonrisa, que nace en el centro de mi estómago, mientras lo revivo. Este café si que está bueno, tiene aroma, tiene cuerpo y es capaz de levantar a un muerto.

Salgo del bar con mi bolsa de churros debajo del brazo, rebuscando entre mis cosas las llaves de casa. Las encuentro en el interior de mi bolso, entre un paquete de pañuelos y mi móvil. Demasiado temprano para hacer nada, lo sé, pero es inevitable, no puedo parar de pensar en ella y mi móvil está pidiéndome a gritos que le eche un vistazo. Lo miro de reojo intentando restarle importancia. No me cuenta nada. “Lógico Elena, sólo han pasado tres cuartos de horas desde que te despediste de ella ¿Qué esperabas?”

Una punzada de fastidio me pincha en el estómago mientras subo las escaleras. Desaparece en el rellano de casa, cuando intento a abrir la puerta quitándome los zapatos. Con tanta exigencia de equilibrio me caigo, yéndome de bruces contra el suelo de la entrada. Consigo como puedo recomponer mi estampa, levantándome con la dignidad de aquel que no ha sido visto in fraganti; pero el daño esta hecho: Alex sale de su cuarto, en pijama, aferrando una espada láser.

– ¡Por dios, Elena, que susto me has dado! – dice Alex rascándose los ojos -. ¿Qué hora es?

– Son las ocho y media Alex, vuelve a la cama – le digo mientras entro en la cocina.

Por nada del mundo me quiero ir a dormir. Tengo que alargar esta noche todo lo que pueda, aunque ya haya muchísima luz, y en Madrid hoy exista un sol esclarecedor. Alex entra en la cocina detrás de mi, algo incrédula, sin soltar su espada.

– ¿Estás borracha? – me pregunta suspicazmente.

– No, es que me quiero tomar unos churros para desayunar.  ¿Quieres? Están recién hechos – contesto mientras me meto uno en la boca y busco un plato cualquiera.

– ¿Quieres que tomemos churros a las ocho y media de la mañana, un sábado? – me pregunta Alex recelosa.

– ¿Qué te pasa? ¡Estás rarísima! – digo sin dejar de buscar los platos -. Sí, me encantaría desayunar con mi mejor amiga. Además los acabo de comprar. ¿Dónde habéis escondido los platos?

– Los hemos escondido en su sitio habitual. Ya sabes, el armario que está encima de la pila – dice sacando un plato para después ofrecérmelo. Justo cuando voy a cogerlo, lo aparta.

– ¿Qué demonios ha pasado esta noche con Gabi? – pregunta de repente tras caer en la cuenta.

– Nada…- le contesto sonriendo, quitándole el plato.

– ¡Mentirosa, embustera! Algo ha tenido que pasar porque la Elena que yo conozco, no acostumbra a estar despierta tan temprano un sábado, borracha como una cuba comiendo churros.

– ¡No será la primera vez que compro churros, Alex!

– No – dice cogiendo uno y sentándose a mi lado – pero a mi no me la das, amiga. ¿Qué ha pasado?

– Nada. Me lo he pasado muy bien. Eso es todo.

– ¿Esto es todo? – repite Alex de una forma retórica –. Pues menos mal, porque creo que se te va a desencajar la boca de tanto sonreír.

– ¡Bueno es que lo churros están muy buenos! – le contesto metiéndome uno nuevo en la boca.

– ¿Qué no me quieres contar, pérfida? –  dice agarrando el resto de la bolsa.

– Quieres información de la buena , ¿verdad? – le pregunto.

– Sólo si quieres tus churros de vuelta – me contesta impasible.

– Muy bien, te lo diré si antes me contestas algo – le digo volviéndome a apoderar de los churros.

– Adelante. Yo a diferencia de ti no tengo nada que ocultar – me recrimina intentando adquirir toda la dignidad que su pijama de Winnie Pooh le permite.

– ¿Qué hacías el otro día, a las dos de la mañana, con Luis? – le pregunto divertida.

– ¿Y para eso tanto misterio? – dice poniendo los ojos en blanco – ¡Ver Los siete samuráis! Como bien te conté el martes, el miércoles y el jueves.

– No, no, no – le contesto emitiendo chasquidos y negando con el dedo índice –. Yo me refiero a lo que se cocía entre el helado y las palomitas.

– ¡Serás capaz! ¿Te pasas la noche con Gabi ,haciendo vete tu a saber que, y soy yo la que cuece cosas con las palomitas?

– Ambas sabemos que en ese salón pasaron cosas, amiga – le comento a modo de secreto acercándome a su cara -. Pasaron cosas.

– ¡Dios mío, Elena! Te has bebido media ciudad. ¡Te apesta el aliento!

– Tanto como media ciudad… no, mujer. Más bien, medio mercado de San Antón, una botella del restaurante de Lucía y puede que algunos chupitos de un bar de chueca, que si te digo la verdad no recuerdo el nombre.

– ¡Para el carro! ¿Has estado en el restaurante de Lucía? – dice cogiendo otro churro.

Las palabras de Alex me devuelven a Apetece, mientras Gabi me mira y el calor de sus dedos suben por mi mano. Siento como baila mi estómago mientras mi piel se pone de gallina. Está en todas partes: es como un virus que me vuelve visceral y transparente.

– ¿Qué pasó anoche Elena? Porque como me digas que esa cara de felicidad la pones por los churros, no te voy a creer – dice Alex matando lo que queda de la bolsa –. Están calentitos, pero no están tan buenos.

Un poco nerviosa y expectante me pongo de pie. De repente me siento algo insegura. Hay una parte de mi que quiere llevarse lo que ha pasado a la tumba, ya que en cierta manera, no tengo ni idea de como afrontarlo. Jamás había sentido algo así por alguien. Todo lo que me está pasando es demasiado nuevo para mi como para saber como he de comportarme o entender que se espera de mi. ¿Qué pasa si le cuento todo lo que me ocurre a Alex y luego resulta que para Gabi no ha sido ni remotamente parecido? Sería como si no fuera cierto. Como si todo lo que ha pasado en las últimas horas sólo fuera un producto de mi imaginación.

Me hago la mareada, sin tener que hacer grandes esfuerzos para interpretar el papel, y me sirvo un vaso de agua helada del grifo.

– Creo que me voy a ir a dormir amiga, ha sido una noche muy larga – le digo dejando el vaso sobre la pila de platos sucios. Acto seguido me acerco a Alex y le doy un beso –. Buenas noches Alex.

– ¡Ah! ¡No! Si te piensas que te vas a meter en la cama sin contarme nada, estás muy equivocada – dice Alex, completamente indignada, mientras me sigue por el pasillo.

Sus quejidos me divierten increíblemente. No ha parado de protestar sobre mi falta de empatía desde que me fui de la cocina. He intentado ignorarla con insistencia mientras me desvestía y me lavaba los dientes, pero no ha dejado de perseguirme desde que di por terminada la conversación.

Cuando ya creo que se va a rendir, y estoy felizmente arropada entre las sábanas limpias de mi cama, Alex se mete conmigo castigándome con sus pies helados encima de mis piernas.

– ¡Por favor Alex! ¿Dónde has metido los pies?, ¿en la nevera?

– Sufrirás las consecuencias de mi mala circulación hasta que confieses, ¡pendón!

– ¡Está bien, esta bien! – digo exhausta girándome en la cama – ¿Qué quieres saber?

– ¡Todo! – me contesta incorporándose y cogiendo un almohadón.

– ¿Todo? – le pregunto con resignación – Vale…tu ganas… Me llamo Elena Navarro. Mi DNI es 543…

– ¡Elena Navarro Hervalejo, deja de torturarme o te vuelvo a poner los pies encima!

– Es que tengo muchísimo sueño y no he pegado ojo desde la semana pasada, prácticamente. ¿Por qué no vienes luego, a eso de las cinco de la tarde, y te lo cuento? – me quejo intentando acurrucarme dentro de las sábanas.

– Pues fíjate que yo he dormido ocho horas seguidas y estoy la mar de despejada. Tanto que me puedo quedar aquí todo el día, contándote y analizando El señor de los anillos. Empezando por el Hobbit, el libro por supuesto, porque no le pienso perdonar a Peter Jackson, jamás, la aberración que ha hecho con esa especie de película.

– Alex… ¿de verdad?.

Me incorporo en mi cama, suspirando crispada, sabiendo que no tengo nada que hacer para convencer a Alex. Se a ciencia cierta que la amenaza va en serio. Es capaz de contarme todo lo que sabe sobre El señor de los anillos. Alex no se va a ir por muchas largas que le de.

– ¡Y tanto! Anda que no tengo yo quejas sobre el tema – protesta Alex.

– Pero si ya sabes lo que ha pasado – le recrimino con algo de hastío.

– Pues no, no lo sé. Lo que si que sé, sin embargo, es lo que pasó en la comarca, cuando los hobbits volvieron del monte del destino, tras destruir el anillo en El Retorno del Rey. ¿Para que ponerlo en una película? Total, sólo estamos hablando de medio libro. De verdad… ¡Ese hombre me mata!

– ¿Pero a ti que narices te pasa con los spoilers?

Lucía tiene toda la razón del mundo cuando dice lo innegable: la senda del spoiler es muy fuerte en ella.

– ¿Qué spoiler? ¡Pero si no te he contado nada! Además, me has dicho mil veces que no te vas a leer los libros.

Cojo aire profundamente, me acomodo cuatro pelos mal puestos, me remango los puños del pijama y anulo con todas mis fuerzas, esa bola que se me crea en el estomago, cuando quiero contar algo y mi cuerpo me bloquea para que no lo haga.

Alex me mira impasible. Le trae sin cuidado mis dudas galopantes sobre lo que le puedo o no contar. Sus cejas se arquean de forma expectante, invitándome a hablar. Es más cerril que una mula parda.

– Esta mañana…bueno ayer… ya sabes… – comienzo a decir.

– Ajá… – dice Alex mientras se sienta mas cerca de mi –. Sí, ya se que tienes la capacidad de comunicación de un guisante.

– Estás disfrutando con esto ¿eh? – le pregunto cogiendo el cojín que tiene como respaldo.

– Ni que lo digas – me contesta sonriendo –. ¡Vamos, canta!

– Pues eso…una cosa llevo a la otra y…

– ¡Por Dios Elena! ¿Por qué te cuesta tanto contármelo? ¿Tan malo fue?

– ¡No! – le contesto un tanto estremecida – ¡Todo lo contrario, Alex! Fue genial. Se pasó toda la noche pendiente de mí. Estaba preciosa. Es preciosa. No paraba de mirarla a escondidas. A veces tengo la sensación que sólo puedo mirarla así, a distancia. Como si en cierta manera no tuviera permiso ¿sabes? Pero luego ella tiende a hacer eso que hace.

– ¿El qué? – me pregunta Alex relajando el tono.

– Desbordarme. Nunca se por donde va a salir y me siento nerviosa constantemente.

– ¿Y qué tiene de malo?

La pregunta me coge por sorpresa, pero conozco perfectamente la respuesta. Odio estar en una posición vulnerable donde todo lo que ocurre se escapa de mi control. Eso es todo. Así de simple y así de injusto.

– Supongo que nada – le digo en voz baja.

– Entonces, ¿por qué no lo disfrutas y me lo cuentas todo desde el principio? – me pregunta Alex con una sonrisa de oreja a oreja.

Con esa cara de no haber roto un plato me rindo y se lo cuento todo. Desde el principio, desde que la estuve esperando en las escaleras del mercado. Alex me escucha con los ojos abiertos como platos, sin parar de hacer sonidos guturales, mientras pongo énfasis en algunos detalles. Está haciendo prácticamente lo mismo que hacemos nosotras, cuando nos sentamos a oír las historias de Sofi. Sólo que en esta ocasión se trata de mí.

Es muy extraño estar en este lado. No estoy acostumbrada a ser el centro de atención. Mucho menos por algo como esto.

Hablando de nada y de todo, pasan las horas hasta que me quedo completamente dormida. Hacía mucho tiempo que no me quedaba tan profundamente dormida. Lo sé porque al despertarme he dejado una mancha de baba en la almohada y eso sólo me pasa cuando estoy completamente relajada.

Alex no está. Son las siete de la tarde y el teléfono está sonando. Me levanto de la cama desorientada intentando descubrir donde está mi móvil. Salgo de mi cuarto, en busca de mi bolso. Sólo he encontrado la camiseta que me puse anoche, en el suelo de mi cuarto. Creo que estaba un poco mas perjudicada de lo que realmente recuerdo. Encuentro mis leggins, mi cazadora vaquera, y mi bolso, desperdigados por el baño. Un ruido ensordecedor intenta llamar mi atención, debajo de todo este desastre. Me agacho como puedo sin matarme y respondo a la llamada si mirar de quien se trata.

– ¿Hola? – pregunto sentándome encima de mi ropa sucia. Me duele estrepitosamente la cabeza.

– ¿Sabías que hay material muy directo en este CD que me has regalado? He tardado ocho canciones seguidas en darme cuenta que tenía razón. No obstante, confieso que “Pesadilla en el parque de atracciones” me ha desconcertado.

Gabi se ríe al otro lado del teléfono con un sonido jovial que consigue ponerme la piel de gallina. Me da un vuelco el estómago por los nervios, mientras la oigo al otro lado del auricular. Me tumbo perdida de satisfacción, encima de esta superficie fría y este enjambre de ropa sucia. No puedo evitar entusiasmarme pensando que está escuchando mi CD, después de haber estado mas de doce horas juntas.

Los recuerdos de sus besos en mi cuello, de su aliento almendrado sobre mi boca, me embargan y me arrollan. Me enrojezco, en la intimidad de mi cuarto de baño, sintiendo como un sudor frío paraliza mi sistema nervioso central. Tengo visiones de sus manos, de sus ojos, de su cuerpo meciéndome en plena calle mientras sus labios me susurran al oído frases imposibles de procesar. Me enciendo con sólo recordarlo. Menos mal que esta superficie helada, me trae devuelta para que pueda mantener una conversación natural y sin exigencias.

– ¿No te sientes identificada con “te pareces un poco a Satán”? – le digo con una mueca pícara, que nadie mas puede ver, al mismo tiempo que escucho la canción  del Los Planetas en mi cabeza.

– Hombre…no creo que haberte regalado un estuche de plastidecors rosa, haya sido para tanto. Compararme con Satán es un poco fuerte.

– ¿Quién te ha dicho que sea por los plastidecors? – le pregunto mordiéndome un labio.

– ¿Entonces? – me pregunta desconcertada.

– Para saberlo tendrás que matarme – le digo riéndome.

– Lo estás volviendo a hacer – me dice Gabi.

– ¿El qué?

– Intentar desviar las preguntas que no te gustan con arte. Siento informarte que esos preciosos ojos azules no te van a ayudar a siempre. Principalmente porque no los tengo delante y no son capaces de distraerme.

– ¿Te suelen distraer mis ojos? – le pregunto sorprendida.

La sola idea de que eso sea posible hace que me gire sobre el suelo cerrando los ojos con ímpetu. Una sensación eléctrica recorre mi piel mientras se me escapa el alma por la boca.

– Entre otras muchas cosas, Elena – dice Gabi con un tono dulce que me traspasa del todo -. Pensaba que era bastante obvio. Pero no desvíes la cuestión que me estás liando otra vez. Estás intentando ignorar el hecho de que me has regalado un CD, lleno de canciones intencionadas.

– ¿Intencionadas? – le pregunto aún embelesada por la confesión que acaba de hacerme -. Señorita Díaz, no estoy desviando ningún asunto con pericia. Yo creo más bien que el problema está, en que no te estás atreviendo a preguntarme lo que realmente quieres saber.

Increíble pero cierto. Me he despertado con una osadía que no me caracteriza para nada. No lo entiendo muy bien. Es absolutamente irónico, verme tumbada encima de este suelo que congela poco a poco cada uno de mis miedos. Me creo mi propia mentira de autosuficiencia y me pongo cómoda, imaginándomela al otro lado de esta conversación.

– Vale, como quieras, pero luego no te arrepientas de las consecuencias. ¿Es verdad que te he hecho vomitar?

La carcajada me levanta del suelo haciendo que me incorpore sentada. No me acordaba que le había puesto una canción de Klaus and Kisnski: Flash back al revés. La verdad es que creo firmemente cada palabra que dice esa canción.

“Desde el momento en que te conocí
no puedo hacer otra cosa,
sólo pensar en ti,
es un temblor.

Desde el momento en que te conocí
tuve la peor sospecha
que pueda concebir,
te voy a odiar,
te voy a odiar.

Tú me vas a envenenar,
tú me vas a destrozar,
tú me has hecho vomitar,
na na na.”

– No, no me has hecho vomitar – le contesto, mientras me tapo la cara con la mano –. Aunque no te mentiré. Esta tarde me he arrepentido de más de una copa de las que nos tomamos anoche.

– ¡Ah! ¿si? ¿Te arrepientes de las copas de anoche?

Su voz es distinta esta vez. Parece como si haya adquirido de repente un cierto matiz de tristeza. Se ha cortado de cuajo el tono de broma, para arraigarme de una bofetada a la mas absurda de las realidades. Me sobrepasa su preocupación infundada. Si fuera por mi, me trasportaría a través de este teléfono ahora mismo para volver a besarla.

¿Arrepentirme de anoche? No. Me parece tan absurdo que pueda pensar que cabe esa posibilidad que casi me hace gracia. He tenido problemas para quedarme dormida porque no quería que hubiese diferencia entre ayer y hoy. He querido alargar este día todo lo que me ha sido posible. Pero tanta verdad es demasiado par mi. No se lo puedo decir.  Existe una diferencia vital entre lo que le puedo comentar y lo que me pasa dentro de este berenjenal de emociones.

– No, claro que no – le contesto mordiéndome un labio -. Lo único que me sobra de anoche es esta resaca. ¿Tú te arrepientes?

La oigo coger aire al otro lado del teléfono de una manera distinta. Se le escapa un suspiro y por un momento parece dudar.

– Lo primero que he pensado esta mañana, cuando me he despertado, es que me moría de ganas de volver a verte. Si dependiera de mi te llevaría al cine esta noche.

Ahí está. Un comentario que parece simple y no intencionado pero que es, como es ella, completamente arrollador. Todo lo que dice y hace tiene tanto efecto en mí que casi produce que se me corte la respiración.

Gabi es capaz de hacerme sentir mil contrastes en un solo segundo. Me río, tiemblo y la deseo como no he deseado a nadie en toda mi vida. Me da igual que tenga resaca o que no sepa como hacerme dueña de esta situación. Lo único que quiero es seguir cayendo en esta espiral eterna en la que se encuentra ella.

– ¿Y que te lo impide? – le pregunto completamente extasiada.

– Esta canción de Los Planetas me está haciendo dudar, Elena. A una mujer no le suele alentar mucho que la comparen con el diablo.

– ¿Has visto Carol? – le pregunto sobrecogida -. Aún no he tenido tiempo de ir a verla y me encantaría poder ir.

– ¿Me estás invitando a salir? – me pregunta divertida – porque como sigas así voy a pensar que te gusto.

– Creía que eso era también bastante obvio – le confieso sin pensarlo.

Ni si quiera se de donde han salido esas palabras. No me reconozco por mas que lo intente o lo piense. Esta persona que está aquí sentada en este suelo, se parece mucho a mí pero no acaba de ser yo.

– ¿Te recojo a las nueve? – me pregunta Gabi.

– Las nueve me viene fenomenal – le contesto con una sonrisa desencajada.

– Entonces tenemos una cita – dice Gabi.

– Sí… eso parece.

 

 

 

 

 

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14 comentarios en “Capítulo 14

  1. Hay preciosa tu si que sabes hacerte esperar… Que capitulo x Dios… Que romanticismo y que envidia ne dan!!! Cada vez me debato entre cual de ellas me gusta mas … Gracias valio la pena esperar… Besos desde Colombia!!

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  2. Que emocion!! Me gustó muchisimo, me encanta la forma detallada en la que plasmas cada pensamiento de Elena (muero de la curiosidad por saber cuales son esas “frases imposibles de procesar”) y lo inteligentes e interesantes que son tus personajes, cada uno de ellos dignos de su propia novela!

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  3. Tremendo capítulo!!! Me quito el sombrero ante ti mujer!!!
    Admiro la capacidad que tienes para transmitir todos los sentimientos de los personajes, haciéndonos sentirlos en carne propia!
    Ya perdí la cuenta de las veces que he repetido cada capítulo. Vale la pena cada día de espera por el próximo!
    Sigue así! Un fuerte abrazo desde este pequeño lugar del mundo!
    Saludos!!!
    Noe

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  4. Lo mejor de tu novela es como me sumerges en los pensamientos y sensaciones de tus personajes. Cada lunes describe perfecto el sentir de tus chicas, es tan profunda la lectura q me lleva a mas, a escuchar el cd, a indagar de lo q hablan. Creó q si describes un libro lo leería. Que romántica eres Ines. Me encanta leerte. De verdad q eres de lo mejor que he leído

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  5. Creo que me ha subido el azúcar y todo del dulzor del capítulo jejeje

    Na, que va muy bien revivir momentos chulos gracias a esta pareja 🙂

    Y sí, apoyo totalmente a Alex. Ha hecho lo que se tiene que hacer en estos casos: acoso y derribo hasta que suelte prenda!

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