Madrid

Capítulo 13

El mercado de San Antón es un edificio precioso recién reformado en pleno corazón de Chueca. Está ahí, a plena vista de todo el mundo, disimulando ser un edificio mediocre. Su hermano mayor (Miguel) es demasiado popular, le hace una injusta y excesiva sombra. Por eso para la mayoría de la gente, este mercado, es un gran desconocido.

La primera planta está compuesta por un mercado tradicional donde puedes adquirir víveres o tomarte un buen vino. La segunda planta tiene un número reducido de puestos en los que puedes tomarte desde un exquisito sushi hasta unos originales pinchos de foie; y si lo que quieres es comer, sentarte y disfrutar de unas buenas vistas, siempre puedes acceder al restaurante o a la terraza de la tercera planta.

Para mi, lo mejor es que no es un sitio típico que aparezca en las guías de turismo. No está colonizado por diez mil turistas de paso y no tiene unos precios astronómicos que acaban provocando que sólo saborees un par de tapas.

Es un sitio con encanto especial; es más personal, más íntimo. Quizás esa sea la razón, por la cual he decidido traer a Gabi a una segunda cita. Me recuerda a ella.

¿Por qué? ¿Cómo? Aún no lo sé. Sospecho que por eso estoy aquí. Después de dos horas literales delante del armario con Alex. ¡Con Alex! La mujer que menos le puede interesar la moda, y que más se ha empecinado en que saliese de casa, encajada en estos leggins de cuero azul marino. Me da vergüenza sólo pensarlo. La culpa ha sido de la blusa de seda azul cian, cruzada por delante. Nada más cogerla del armario, Alex se ha empeñado en que me pusiera estos pantalones. Según ella no se puede tener unas piernas como las mías y no enseñarlas. Eso sería igual de injusto, que si Superman no salvase el mundo por no gustarle lo ceñido que es su traje ¡Alex y sus metáforas! Nunca dejará de asombrarme, sobretodo por la paciencia que ha tenido conmigo esta semana. Supongo que está tan atónita como yo. Después de todo me atreví a llamarla. Cogí el teléfono y la llamé. Sí. Una de esas llamadas donde la otra persona descuelga y te pregunta quien eres y tú no tienes el valor de contestar la verdad “Soy Elena, no paraba de pensar en ti y tenía muchas ganas de oír tu voz…”. En vez de eso me tumbé en la cama y dije la primera estupidez que se me pasó por la cabeza:

– Buenas tardes, mi nombre es Lourdes, y trabajo en el departamento de quejas, de dibujos de personas que han acabado siendo rosas. ¿Es usted Gabi Díaz?

Por lo menos antes de que se parase del todo mi corazón , los acordes que primero sonaron fueron dos amplias risas. El sonido que anhelaba. Mi estupidez crónica tenía una gran compensación, después de tres días con los ojos abiertos como platos, cada vez que pensaba en ella, en el lunes….en todo aquel día. Tanto fue así que casi me deslicé desde el taxi a casa. Enfundada en unos zapatos que no eran míos. Acompañada por miles de sensaciones nuevas en mi piel. Donde poco a poco me estaba convirtiendo adicta. ¿Adicta a qué?, ¿a oírla?, ¿a qué se riera de mí? Daba igual. Sólo quería más. Por eso llegue sonámbula a casa. No por todas las horas de insomnio que sufrí, sino porque creía que todo lo que me había pasado había sido soñando. Aquello no podía ser cierto. Sólo, tal vez, si hubiera ocurrido en un mundo onírico. ¿Sino por qué me tendría que pasar a mí?

Lo único que consiguió sacarme momentáneamente de mi trance, fue encontrarme a Alex en el salón con Luis a las dos de la mañana, agarrados a un bote de helado gigante y compartiendo palomitas. Tuve que adentrarme en mi cuarto, y ver las miles de cajas de la habitación donde solía dormir Paula, para darme cuenta que debía haberse mudado esa misma tarde.

¿Cómo es posible que me estuviera perdiendo tantas cosas? ¿Donde había empezado mi cuerpo a omitir la información elemental?

Lo peor de todo es que empezaba a no importante. Empezaba a no tener ningún sentido y a no querer que lo tuviese, porque lo que yo quería era que ella me contestara a esa llamada; aunque fuera como siempre para sacarme de mi sitio y romperme los esquemas.

– Dígame señorita ¿soy yo la primera de su lista de quejas? – me preguntó Gabi.

Hasta por teléfono era capaz de sacarme los colores. Aunque esa vez, al otro lado del teléfono, pudiese esconder mis nervios tapándome la cara con una mano.

– Digamos que ha habido una queja en particular hacia usted…- comencé a decirle.

Quejas del tipo: no puedo dormir, me siento nerviosa, mi móvil me habla y mis amigas me miran raro pensando que estoy diferente.

– ¿Esto no tendrá algo que ver con el suceso del lunes pasado? – me preguntó interrumpiéndome.

De un suspiro estaba de pie, frunciendo el ceño y rebuscando entre el desastre de mi mesa cualquier excusa que lograse ayudarme.

– Sí, efectivamente. Me consta en el formulario que tengo delante, que además de su incidencia con los plastidecor rosas, retuvo a una chica contra su voluntad ese mismo día.

– Pensaba que aquel incidente había quedado resuelto – dijo Gabi seriamente.

– Me figura que no, señorita Díaz.

A pesar de todo ese baile. De morirme de nervios deambulando por mi cuarto, no podía dejarlo pasar. Escucharla, imaginándomela al otro lado del teléfono me daba fuerzas para pedir más.

– Aquí consta – proseguí diciendo – que deberá usted acudir el viernes que viene a las siete y media de la tarde, al mercado de San Antón, para poder arreglar este mal entendido.

– ¿Tan grave es? – me preguntó con falsa preocupación.

– Me temo que sí, señorita Díaz…Parece ser que mi cliente sufría de excesiva somnolencia cuando se produjo el contratiempo.

– ¿No me diga? Desconocía esa información.

Estaba hablando demasiado. Por mucho que mis dedos jugaran inquietamente, con los libros de mi estantería, si seguía así podría desvelar demasiado. Algo me pasaba cuando hablaba con ella. Sentía que me desviaba de lo que quería decir y me volvía más voluble por momentos.

– Sí, las salidas de guardia suelen producir esos efectos – conseguí, finalmente, decirle.

– En ese caso no me va a quedar otro remedio que acudir sin falta – dijo Gabi con decisión.

 Los cambios en su tono de voz, dando giros, siendo dulces y mordaces, me desarmaban.

– Bien… entonces confirmo el encuentro para este viernes.

– Sí, por favor, no querría causarle más problemas a su cliente.

– Hasta luego señorita Díaz.

Dos risas antes de colgar, dos nuevos sonidos para mí.

– Señorita, espere…- la oí decir, antes de colgar el teléfono.

– ¿Si? –  conseguí preguntar antes de dar por finalizada la conversación.

– ¿Cómo sabré localizar a su cliente?

Muy fácil, seguramente será la chica mas nerviosa de todo el mercado. Su cara estará del mismo color de los tomates de temporada. Además podrá comprobar mejor que es ella, a medida que se vaya acercando. Suele tener espasmos y convulsiones cuando su cuerpo está cerca del suyo. No obstante a pesar de todo; de que se sienta aparentemente enferma, con nauseas, vértigos y taquicardias, estará allí. Ella no faltará.

– Le diré que la espere en el puesto japonés que hay en la segunda planta, nada más subir por las escaleras mecánicas.

– ¿Eso es todo? ¿No me va a dar ninguna referencia personal?

¿Más?  Sí, por su puesto. Se trata de una mujer morena, que tiende a dar vueltas por su habitación cuando llama a una chica que le gusta. Bueno, que le gusta muchísimo. Además es la primera vez que llama a alguien en su vida para tener una cita; pero como no ha tenido el valor suficiente para ser explícita, se ha tenido que invitar un pretexto absurdo.

– ¿Qué clase de referencia querría tener? – pregunté cerrando los ojos.

– Algo que me aclare como es su cliente. Ya sabe… algo del tipo… Se va a usted a encontrar con una mujer testaruda, adicta a la música independiente española, que encuentra divertido correr durante horas sin que nadie la persiga.

Esa vez la risa fue mía.

– Mm…lo que usted describe no concuerda en absoluto con mi cliente – le dije dándome la vuelta sin parar de sonreír.

Se divertía. Su tono burlón se apoderaba de la conversación. Podía imaginármela perfectamente, al otro lado del teléfono, disfrutando del momento.

– Vaya…he debido de haberme confundido con otra persona – dijo con cierto tono de pena.

– Eso me temo – dije medio riéndome.

– Es una lástima…ya me había hecho ilusiones.

De esa manera tan simple volví a caerme sobre mí cama, con un vuelco en el estómago. Ella bailaba danzas conmigo sin pedirme permiso y yo siempre me dejaba guiar.

– Bueno…a lo mejor después de todo se acaba sorprendiendo señorita Díaz – conseguí decir mordiéndome un dedo.

– De eso estoy segura. Gracias por todo, ha sido un placer hablar con usted. No dudaré en asistir a la cita para intentar arreglar el agravio que le haya podido causar a su cliente.

Dijo cita y mi mente se tuvo que concentrar en escuchar el resto.

– Gracias a usted. Informaré inmediatamente a mi cliente. Que tenga un buen día.

– Hasta el viernes Elena…

Así que aquí estoy. Nerviosa, justo enfrente de las escaleras mecánicas. Apretada en estos leggins , que ya pueden hacerme unas piernas estupendas porque no me están dejando respirar. Agarrada a mi nuevo bolso marrón chocolate de mano como si me fuera la vida en ello. Preguntándome si vendrá, si se acordará o si por el contrario me tendré que volver a casa sola, mientras se pone a llover y suena de fondo Alone again de Gilbert O’sullivan.

A punto de la locura, veo subir el cuerpo de Gabi por unas escaleras mecánicas. Está radiante. Por más que la vea no dejo de sorprenderme de lo preciosa que es. Va vestida con: unos pantalones de pitillo negros ceñidos, un top sin mangas con cuello alto de new look de estilo largo, que le cae ceñida a su cuerpo esbelto, un collar rojo y unas bailarinas negras. Sobre sus manos lleva un objetó que no consigo identificar hasta que se planta justo delante de mí.

– ¿Elena, verdad? – dice Gabi mirándome con cara de expectación.

– Sí…la misma.

¡Elena céntrate! Esta fase se te tenía que haber pasado. Sabes hablar como las personas normales. Además no tienes ningún retraso que te incapacite para tener una conversación. ¡Tengo hasta un coeficiente alto, por el amor de Dios! Sólo es una mujer…. Una mujer como otra cualquiera. Claro, que es preciosa, y está aquí mirándome sin parar de sonreír.

– El otro día tuve una conversación con tu agente.

– Me lo dijo. Es bastante buena en su trabajo – digo intentando sonar seria y convincente.

– No creas – dice negando con la cabeza –. Debió avisarme de lo guapa que eres.

Así es como alguien como yo, pasa de torpe a inútil. Incapaz de decir nada para responder. Ni si quiera para abrir la boca y contestar un mísero gracias.

– Si lo llego a saber hubiera traído otra cosa como oferta de paz – dice mientras me acerca un estuche lleno de plastidecors rosas.

La sorpresa me saca de mi ensimismamiento. Cuando bajo los ojos, para posarlos sobre sus manos, descubro un estuche de doce plastidecors del mismo color. La caja multivariada se ha vuelto completamente rosa. Color que a partir de ahora, aunque me pese admitirlo, odiaré un poco menos.

Levanto una ceja, sin parar de sonreír y la miro abrumada por el regalo.

– ¿Y no se te ocurrió mejor manera de disculparte, que trayéndome el color de la discordia? – le digo intentado parecer indignada.

– Pensé que tal vez así lograría convencerte.

– ¿De qué? – le pregunto intrigada.

– Para saberlo vas a tener que tomarte una copa de vino conmigo primero – me dice levantando una ceja.

Pero quien dice una copa de vino, dice dar vueltas por el mercado de San Antón saltando de un sitio a otro, y como tengo el gen cotilla y a ella le encanta hablar, el tiempo comienza a avanzar hasta que todo lo demás se convierte en algo intrascendente. Además, para mi gran sorpresa disfruta como una enana comiendo. Hace media hora hemos pedido un par de pinchos de foie calientes, y ha puesto una cara , hasta entonces desconocida para mí. Cuando algo le gusta se mete en una especie de ritual con la comida. Parece invertir gran tiempo en silenciarse y concentrar todas sus papilas gustativas en lo que está probando. Me encanta… me desarma verla comer así. Es puramente sensual.

Mientras la veo saborear el último mordisco y limpiarse la boca, sutilmente con una servilleta, me invade una sensación nueva. Algo dentro de mi me pide a gritos acercame a ella y tocarla. Como si necesitase saber que temperatura tiene su piel y de que forma se sienten sus manos alrededor de mi cuerpo. La sensación me inunda por sorpresa y me alcanza el estómago de cuajo. ¿Qué me estás haciendo?

– ¿Estás bien?  De repente te ha cambiado del todo la cara – dice mientras le da un sorbo a su copa de vino.

– Sí – respondo rápidamente intentando disimular –.Sólo estaba pensando en algo.

– ¿En qué?

– En que yo también te he traído algo – le respondo aliviada por saber como salir del paso.

Meto la mano en mi bolso y extraigo un CD de música. Gabi me mira incrédula mientras mastica un trozo de pan. Antes de que pueda decir nada alargo mi mano y le doy el CD.

– No me puedo creer que te hayas acordado – me dice sin parar de sonreír.

– ¿Estás de broma? – le digo perpleja –. Alguien tenía que resolver tu problema con la música independiente española.

– ¡Aquí hay un montón de material nuevo! Me has puesto hasta las cinco que me dijiste el otro día – dice concentrada mientras examina los nombres de las canciones.

– No sabes lo que me alegra que me prestaras atención a pesar de todo lo que protestaste – digo realmente satisfecha.

– Bueno, es prácticamente imposible no hacerlo – me responde apartando los ojos del CD para posarlos en los míos –. No se si te has dado cuenta pero eres bastante intensa cuando hablas. No escucharte es imposible.

– ¿Cómo que intensa? – le pregunto asombrada.

– Cuando algo te gusta, te apasionas. Se te pone una cara que varía entre el asombro y la máxima concentración. Bastante parecida a la que estás poniendo ahora  – me recrimina divertida, señalándome –. Se te frunce el ceño y arqueas una ceja.  Tu cara es un poema total. ¡Eres súper trasparente!

– ¿Y eso lo sabes con tan sólo cinco minutos? – le digo algo molesta quitándole el CD.

– Cinco minutos son suficiente si sabes mirar – me dice con burla mientras se vuelve a apoderar del CD –. Además el disco es mío ahora.  No se le puede dar algo a una chica, que se haga ilusiones y luego quitárselo.

– ¡Ah! ¿sí? ¿Sobre qué te has hecho ilusiones Gabi? – le pregunto con todo el tono de seguridad e indiferencia que soy capaz de hacer. Mientras completo mi gran papel poniendo los brazos encima de la mesa, para prestarle toda mi atención.

Media sonrisa. Ese es su punto débil. Cuando algo le coge por sorpresa y tiene la defensa baja, hace esa mueca. Da la sensación, después de todo, de no ser un muro infranqueable. Tiene sus fragilidades. Sin embargo aquí está, manteniéndome el pulso con la mirada más firme y más profunda que me ha echado nunca. Algo en su mirada me dice que no quiero saberlo. Mueve los ojos lentamente mientras me escudriña. Como buscando una pista para avanzar o no; y como me he tirado este farol, me toca soportarlo. Le aguanto está mirada que me desnuda y me quita la ropa lentamente del todo. Le he dado cancha libre y me está poniendo a prueba de la forma más dura que se le ha ocurrido. ¡Y vaya si lo hace! Algo en su forma de mirarme me enciende.  Tengo que sostener el aire en mis pulmones para que no se me note. Para que no se escape nada de mi control y mis ojos me delaten. No le digan lo que quiere saber: soy yo la que se muere de ganas. La que no se quiere hacer ilusiones, porque tengo todas las papeletas para llevarme a casa un corazón roto y una caja de pañuelos.

¿Entonces qué es todo esto? ¿Qué son estás ganas locas de lanzar todos los objetos que hay en la mesa y besarla? ¿De donde me viene este sudor frío que me atraviesa la espalda y me tiene helada? Resulta tan absurdo hacerme la impertérrita delante de ella que casi me cuestiono estudiar arte dramático y ganar un oscar.

– Pues de que me invites a cenar ¿qué va a ser? – contesta por fin saliéndose por la tangente.

Algo me enreda. Parece que lo ha hecho por mí. A pesar de toda esa manera de probarme y tomarme el pelo, hay algo en su forma de tratarme que le hace ser precavida.

Me lee, se que lo hace y me da mucha rabia, pero se que es capaz. Nuestras conversaciones se cruzan y se abalanzan sobre momentos vertiginosos que no logro bien descifrar, pero tengo la certeza que después de una zona determinada, cuando nos metemos en un punto de no retorno, ella basa su acción en lo que yo le dejo ver. Nunca hace nada que este fuera de mi marco de seguridad. Es raro.

– No se como puedes seguir teniendo hambre – le comento algo embelesada por tanta sensación aglomerada.

– Tú ¿no? – me pregunta sorprendida –. Esto ha sido claramente el aperitivo.

Generalmente soy una buena compañera de ingesta: me encanta comer. Lo que pasa es que hoy estoy demasiado nerviosa como para probar nada. En una ocasión normal tendría hambre. Hoy sin embargo tengo que hacer esfuerzos para conseguir digerir el vino.

– Conozco un sitio estupendo que está muy cerca – digo de repente exaltada –. Te va a encantar.

– No se hable más. Después de usted, señorita – dice levantándose de su silla, haciendo un gesto exagerado con los brazos para que pase primero.

Tal cual pongo un pie dentro del restaurante, me arrepiento. Lucía está mirándome, con los ojos como platos desde la cocina, con una mezcla de: asombro, admiración y evidente curiosidad.

El restaurante Apetece es perfecto por su magnetismo especial. Es pequeño, tiene un número de mesas exacto para darle un sabor de intimidad, no es ruidoso y tiene la cocina conectada a través de una barra, para que puedas ver como los chefs trabajan. Por eso cuando entro con Gabi, Lucía, se da cuenta de nuestra presencia al instante.

Antes de poder decidir como proceder, Lucía, sale de la cocina directa hacia nosotras.

– ¡Elena, qué sorpresa! ¿Cómo estás? – me dice, Lucía, mientras se engancha el trapo en el delantal y me da un abrazo -. ¡Que alegría verte por aquí!

– Estábamos tomándonos algo en el mercado de San Antón pero nos hemos quedado con hambre. Me ha parecido una buena idea pasar a verte para que Gabi pudiera probar tus platos.

–  Pues habéis venido al sitio adecuado, hoy tengo rape fresco. Por cierto yo soy Lucía – dice acercándose a Gabi para darle dos besos.

– Encantada de conocerte, Lucía – dice Gabi alegremente.

– ¿No habrás preparado pixin? – le pregunto a Lucía con la boca abierta -. Lucía prepara el mejor rape de todo Madrid, lo deja marinando en la nevera durante horas con perejil, cebolla y huevo duro. Es una maravilla.

– Pues sí, lo he hecho esta tarde y aún me queda un poco. ¿Os preparo una ración? – nos pregunta orgullosa.

– Sí, por favor – la contesto cogiéndola de un brazo -. Alex se va a morir de envidia cuando se lo cuente.

– ¿Alex? – pregunta Gabi perdida.

– Mi compañera de piso. Está obsesionada con el restaurante de Lucía.

– ¿Os busco una mesa? – nos pregunta de repente, Lucía.

– Claro – le contesto sonriente.

Como hemos venido tarde, la única mesa que queda vacía está prácticamente pegada a la cocina. Para ahorrarme un espectáculo innecesario, me apresuro y abro una de las sillas de la mesa, para que Gabi se siente. Este gesto, falsamente romántico, sólo tiene un propósito: que Lucía sólo pueda cotillearme a mí desde la cocina y Gabi quede sentada de espaldas. La conozco demasiado bien para saber que no se contentará sólo con prepararnos la cena.

Mis intuiciones se vuelven instantáneamente legitimadas, nada más tomar asiento. Lucía está haciéndome gestos desde la cocina, sin disimular lo más mínimo, sobre lo guapa que es Gabi.

– Lucía y tú debéis de ser muy amigas – dice  Gabi espontáneamente, interrumpiendo mi  cara de consternación, al ver las continuas risas de Lucía señalando su móvil.

Sí, muy amigas, por eso se que en este momento esta cotilleando con Paula. A estas alturas Paula ya sabrá hasta el color de los zapatos de Gabi. No hay nada peor que dos mujeres enamoradas. ¡Hablan demasiado!

– Sí…ella sale  con una de mi mejores amigas – consigo finalmente contestar.

– ¿Alex? – pregunta intentando seguir la conversación.

La pregunta me coge completamente por sorpresa y me provoca una risa profunda.

– No, Alex no – digo sin parar de reírme –. Sale con mi amiga Paula. Ella y yo somos amigas desde que éramos niñas.

– ¿Qué te hace tanta gracia? – me pregunta desconcertada.

– Supongo que la sola idea de imaginarme a Alex con una mujer me parece graciosa. Es Alex….además últimamente sólo tiene ojos para Luis.

– Mm ¿Luis? – me pregunta aun más incrédula.

– Lo siento, estoy dando demasiadas cosas por su puesto ¿verdad?

– Sí. ¿Qué te parece si pedimos una botella de vino y me lo cuentas desde el principio?

Con un vino afrutado empezamos una conversación larguísima. Le hablo de mis amigas con entusiasmo, describiendo pequeños detalles que no estoy acostumbrada a compartir, por ser solo míos. Se lo cuento todo de una forma cercana y sincera. Es fácil y divertido. Le cuento cosas de Alex, de Sofi y de Paula sin parar, sobre como nos conocimos, y sobre algunas cosas que nos han pasado. Le cuento entre copa y copa, un poco de mí y un poco de ellas. Así lentamente, hasta que el tiempo se vuelve a escapar por la manecillas del reloj sin que nos demos cuenta. Sólo oigo sus risas y las mías entrelazándose en una conversación que no necesita nada y nadie para que funcione.

A las dos de la mañana, una versión muy alcoholizada de mi persona, obligó a Lucía a quedarse con nosotras, tras haber cerrado el restaurante, para conseguir acabarnos la botella de vino que nos habíamos pedido. Tras una hora de historias variopintas en las que no salía bien parada, y un par de chupitos innecesarios, por fin Lucia consiguió echarnos.

A las tres de la de la mañana, salimos de Apetece y lo único que podía pensar era que Gabi me gustaba. Me gustaba muchísimo. Me encantaba todo lo que descubría de ella y lo que sacaba de mi. A las tres de la mañana yo quería bailar, y como estaba muy borracha, no me importaba nada que bailase fatal y tuviese dos pies izquierdos; porque a las tres de la mañana mi noche era hoy y hoy era baile.

A las tres y media de la mañana Gabi me llevó a bailar. Del restaurante de Lucía pasamos al interior de Fulanita sin hacer cola, sin pagar.

A las cuatro de la mañana suena Burn the pages de Sia y estoy pletórica. Gabi está bailando justo enfrente de mí, muy cerca. Hay mucha gente alrededor de nosotras, pero yo sólo la veo a ella. Su cuerpo está completamente pegado al mío y puedo oír como mi corazón se desboca al ritmo de la música. Levanto la cabeza para mirarla a los ojos y me pierdo. Me está sonriendo con un gesto mordaz que me cala hasta el ultimo poro de mi cuerpo, y no me deja mover mi cuerpo hacia otra dirección que no sea ella. Bailo dejándome llevar por la música e intento por todos los medios aparentar que no tiene importancia. La espero. Sus mano derecha se desliza por el contorno de mi cintura y sube por mi espalda, acercándome cada vez más a ella. Su mano izquierda juega con el interior de mi antebrazo hasta llegar a mi mano. Casi jadeo cuando sus piernas se mezclan con las mías y comienza a moverme a su voluntad. Está tan cerca que puedo oler su pelo. Tiene una mezcla de aromas que saben a leña, jabón y cítricos. Me muevo con ella y funciono a ciegas, puramente por instinto. Su cara se pega a mi oreja y se me eriza la piel cada vez que se le escapa algo de aire por la boca. Todo mi cuerpo vibra con ella. Me muero de deseo columpiándome a su antojo. Estoy casi al borde del delirio cuando sus labios me susurran al oído:

– Ven conmigo.

Una mano apresurada de Gabi me arrastra por el local sin soltarme, vamos directas a ninguna parte, a cualquier sitio que quiera llevarme. Salimos con prisa, tras haber rescatado nuestras chaquetas y conseguir escapar del bullicio. Pero yo no oiga nada, para mi ahora solo está ella y esta ciudad que me envuelve y me desborda.

Dos minutos transcurren hasta atravesar la puerta, diez segundos tras ellos en los que Gabi me empuja hacia ella y me besa con absoluta decisión. Su boca me atropella ferozmente mientras mis manos se pierden en su pelo. Estoy tan arrastrada por toda esta música que suena en mis entrañas que tengo que hacer esfuerzos inhumanos para separarme de ella y volver a respirar.

– No tenías que sacarme de ahí para besarme – consigo decirle sin separarme un centímetro de su abrazo.

– Lo sé… – dice Gabi algo avergonzada -. Es que no quería besarte por primera vez en un antro…puede que sea un poco tonto, pero…

Antes de que pueda añadir algo más vuelvo a posar mis labios sobre los suyos. La beso dulce y apasionadamente, sintiendo con absoluta certeza que no existe un lugar en el mundo en el que desee más estar.

 

 

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15 comentarios en “Capítulo 13

  1. Para mi existen 2 sensaciones muy placenteras, la primera y mas importante es un beso salido del.corazon.. Y la segunda que un buen libro haga q tu corazon salte como si el beso de los perdonajes te lo dieran a ti ….. Gracias preciosa .. Por autores como tu Amo leer historias románticas ….. Me alegraste el dia … No sabes cuanto… Besos y exitos mañana volviendo al trabajo

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  2. Woow!!! Soy de Uruguay y me encontré con tu historia mientras buscaba algo interesante para leer… Que puedo decirte? Quede encantada con ella!!! Sales de las historias a las que estamos acostumbradas, es original. Mientras leía reí mucho, en otras partes morí de amor junto a los personajes y en otros momentos se me fue alguna lágrima. Te felicito por esta maravillosa novela y por el don que tenes para escribir y llegar al corazón de quienes te leen.
    Realmente con escritoras como tú dan ganas y gusto al leer!
    Saludos desde Uruguay!!!

    Le gusta a 1 persona

    • Muchisimas gracias Noe. No sabes lo feliz que me siento leyendo tu comentario. Seguiré escribiendo con ilusión, contando esta historia que es parte de mi.
      Muchos saludos desde España.
      Besos

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