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Capítulo 12: segunda parte.

Las reglas son fáciles y básicas, pero como siempre tienen truco. El juego consiste en hacer preguntas por turnos. Cualquiera de las dos puede preguntarle a la otra lo que quiera. Todas las preguntas están admitidas, pero solo se puede contestar con la verdad. La trampa del juego radica en decidir bien las preguntas, pues una pregunta hecha no puede volverse a formular por el otro jugador.

Lo cual quiere decir:

1. Si no soy lo suficientemente valiente para preguntas las cosas que deseo saber, puedo quedarme sin hacer esa pregunta porque ella la haga primero.

2. Hoy puede que sea el mejor y el peor día para jugar a esto.

3. Esta mujer me ha colado un juego para saber cosas de mí, que de otra forma puede que nunca le hubiese contado.

4. Me voy a morir de la vergüenza por el camino.

5. Necesito otra cerveza.

Como yo había sido la agraviada. Dado que el secuestro había sido intencionado y con alevosía hacia mi persona (y así se lo había hecho saber a Gabi) había obtenido, en una ardua negociación que se había extendido a un par de cervezas más, el privilegio de comenzar preguntando.

Al salir del bar comenzamos a jugar.

–  Muy bien. ¡Empecemos! – digo sonriendo, animada por la posibilidad de conocer más a Gabi.

¿Qué narices le pregunto? Primera pregunta a descartar por muerte por vergüenza “¿Te gustó?” Es tan de parvulario que da risa.

– Antes me ha dicho Olga – digo de repente acordándome de la conversación de la cabina – que era la primera vez que estabas al frente de algo tan importante; pero que siempre has trabajado en el mundo de la moda ¿Cómo es eso?

– ¿Habéis estado hablando de mí? – me pregunta poniéndose a mi lado y dándome un pequeño empujón cómplice con el hombro –. Está es la primera vez que me contratan como fotógrafa encargada, sin trabajar para Alberto Cruz.

– ¿Alberto Cruz? – le pregunto sin saber de quien me está hablando.

– Alberto Cruz es uno de los mejores fotógrafos de moda que hay en España. Durante años ha sido un icono. Muchas de las mejores modelos del mundo han trabajado para él.

– ¿Qué tiene que ver contigo? – le pregunto interesada.

– Todo. Él me enseño todo lo que se – dice de una forma pensativa. De repente adopta un gesto serio y mete las manos en los bolsillos, mientras se dispone a caminar conmigo –. No siempre he sido fotógrafa. Cuando tenía catorce años empecé al otro lado de la cámara. Comencé porque me gustaba y era divertido, pero no era más que una niña. Estaba más desarrollada para mi edad y la cámara me trataba bien. No era más que un juego. Nada serio.

– Es curioso – le confieso de repente de forma espontánea.

– ¿El qué?

– Hoy he pensado que si no llevaras la cámara podrías ser una modelo más. Me resulta peculiar que en el fondo haya acertado – Una parte de mi se siente ,inusualmente, cómoda siendo tan sincera. No me cuesta. Es como si pudiera tener una conversación de verdad con ella a expensas de quien es y de lo que me provoca cuando la tengo cerca -. ¿Y qué pasó?

– Un buen día coincidí en una campaña con Alberto. Estaba muy emocionada porque todo el mundo me había hablado de él y tenía muchísimas ganas de ver como trabaja. ¿Pero sabes qué? – me pregunta parándose en seco –. Resultó que todo lo que tenía de brillante lo tenía de ególatra. Es muy difícil trabajar con él. No sabe tratar a la gente – comenta mientras reanuda la marcha y mueve la cabeza hacia los lados -. Uno de los mayores problemas que ha tenido Alberto a lo largo de su carrera, ha sido precisamente ese. Tiene la lengua demasiado larga. Alberto nunca ha sabido callarse a tiempo.

– ¿Cómo acabaste trabajando para él?

– En realidad fue casi por azar. Siempre me ha parecido fascinante el mundo de las cámaras. Con el paso del tiempo me di cuenta que más que posar, lo que a mi me encantaba era estar detrás de la cámara. Así que, en vez de huir de él como hacían todas, siempre me acercaba a hacerle preguntas sobre sus fotos. Él por supuesto nunca me contestaba, o me echaba, pero a mi me daba igual.

Me la imagino adolescente y obstinada, incapaz de aceptar un “no” por respuesta. En eso no parece haber cambiado ni un ápice.

– Un buen día hubo un malentendido entre una de las chicas y Alberto. Para variar Alberto hablo más de la cuenta sin saber que aquella modelo era una de las hijas de los principales patrocinadores. La cosa fue subiendo de tonto hasta que estuvieron a punto de echarle. Antes que despidieran a Alberto, por incompatibilidad de opiniones, conseguí mediar entre ambos. No lo hice a propósito. Simplemente me acerque a ella y le expresé lo que yo pensaba que había querido decir Alberto. No se porque lo hice. A veces sigo preguntándomelo. El caso es que la chica aceptó seguir trabajando a condición de poder comunicarse conmigo en vez de con él. A partir de ahí todo cambió. Alberto se enteró de lo que había pasado y me propuso trabajar para él. Decidió enseñarme todo lo que sabía de fotografía a cambio de ahorrarle lo que más odiaba: interaccionar con el resto del mundo; con cualquiera que pudiese ser un obstáculo para su obra. A pesar de haber estado trabajando juntos más de diez años, siempre ha sido como un extraño para mí.  Como las cosas se estaban atascando y sentía que necesitaba avanzar, hace un año decidí empezar a trabajar por mi cuenta. Al poco tiempo de separarnos empecé a recibir algunas ofertas. Mucha gente del mundo de la moda me conocía por haber trabajado con él. La verdad es que no me ha costado mucho conseguir trabajos significativos, pero hasta ahora nada había sido tan grande como esta campaña. Y aquí estoy – dice de repente mirándome a los ojos, esbozando una media sonrisa – paseando con una mujer preciosa que no quiere invitarme a cenar.

Es como recibir un beso bofetada. Cuando bajas la guardia y consigue que pongas toda tu atención en ella, te lanza un derechazo directo. Desconcertante y frustrante pero con gancho. Tiene ese magnetismo personal que te saca de tus casillas y consigue que la desees a partes iguales.

– Yo no he dicho que no quiera invitarte a cenar – le contesto a la defensiva –. Lo que pasa es que tiendes a tergiversar lo que digo para llevarte la razón. Parece que te encante descolocarme.

– ¿Descolocarte por qué?, ¿acaso te pongo nerviosa? – me pregunta completamente serena –. Recuerda que es mi turno y tienes que ser totalmente franca.

¿Cómo he podido ser tan ingenua? Me ha desenmascarado con un truco barato. Ha utilizado su turno de juego para lanzarme una bomba. ¿Qué si me pone nerviosa? ¡No, que va! Delante de ti puedo citar a todos los reyes Godos sin tener problemas.

– A veces…sí – le respondo mirando al suelo y acelerando el paso abruptamente. Al mirar de reojo, juraría que la veo sonreír de satisfacción. Está disfrutando con esto, no cabe duda –. Bueno, mi turno – digo de repente algo irritada -. ¿Siempre te has sentido atraída por las mujeres?

Si nos vamos a poner mordaces, a esto podemos jugar las dos. Está claro que no me conoce. Además llevo tres cervezas en el cuerpo y mi lengua no parece tener problemas en ser elocuente.

– ¿Quién dice que me gusten? – dice mirándome fijamente, descolocándome nuevamente.

– Bueno, es que… di por su puesto que tú…como me pediste el teléfono…

– Sabes que estás monísima cuando te pones nerviosa. ¡Balbuceas! – me interrumpe antes de que entre en colapso total. La muy cabrona se parte de risa mientras reanuda la marcha. No existe la menor duda de que disfruta teniendo cierto poder sobre mí. Como si fuera un juguete al que poder molestar de vez en cuando –. Siempre me han gustado las mujeres. Tuve un novio a los dieciséis años. Éramos muy amigos y pensé que era una buena idea intentarlo. Debí de imaginarme que aquello era absurdo. Por aquel entonces estaba mucho más preocupada en conseguir hacerme amiga de Nuria Ruiz, una chica preciosa que solía desfilar con nosotros. Todo iba bien hasta que un día nos pillaron, a Nuria y a mí, dándonos el lote en los vestuarios. Fue todo un espectáculo.

– ¡Vaya! Por lo que veo has hecho tus pinitos en el mundo de la moda – le digo riéndome.

– Te sorprendería la cantidad de mujeres lesbianas que hay entre las pasarelas. Nadie lo diría – dice dándose la vuelta y caminando hacia atrás para poder verme la cara mientras hablamos -. ¡Mi turno! ¿Por qué elegiste la especialidad de traumatología?

La pregunta me coge por sorpresa. Instintivamente sonrío recordándolo.

– Nunca hubiera escogido otra especialidad – le confieso de una forma entrañable. – No se si te he contado que tengo un hermano mellizo que se llama Santi.

– No, no lo sabía. ¿Tienes alguno más? – me pregunta dándose la vuelta.

– No, es mi único hermano  – aunque no lo vea desde hace meses y le eche terriblemente de menos –. Cuando éramos pequeños nos gustaba mucho hacer carreras de bicis. Solíamos poner obstáculos para hacer la competición más interesante. Lo llamábamos la vuelta Navarro – le digo entre risas -. Lo más emocionante es que el ganador podía llevar, hasta la siguiente competición, un maillot amarillo y azul que había sido de mi padre. ¡Éramos toda una familia de ciclistas!

– Ya veo – dice sin perder la atención en lo que le cuento.

No se porque pero de repente me invade una sensación familiar mientras le cuento esto. Es fácil hablar con ella. Raramente hablo de Santi y mi padre. Me suele causar demasiado dolor hablar de ellos como para disfrutar de una conversación. Tampoco es que me haya preguntado nada raro. La conversación ha surgido así sin más. Es solo que… me sorprende sentir que no tengo que aparentar nada.

– Una tarde Santi se lanzó por una rampa y salió volando – digo prosiguiendo la historia -. Se fracturó el fémur por varios sitios. Le tuvieron que operar y le dejaron unas cicatrices enormes. Como la idea de la rampa fue mía, durante mucho tiempo me sentí muy culpable. Tenía doce años. Creo que eso hizo que me obsesionara con la especialidad e influyera a la hora de escogerla – le confieso algo nostálgica.

Caminamos momentáneamente en silencio. La una cerca de la otra. Saboreando el momento sin más pretensiones que compartir el instante. Respiro profundamente, sintiéndome bien. Gabi me sonríe y algo de mi se prende. Le devuelvo la sonrisa y levanto una ceja como contestación

– ¡Me toca! – digo con un tono mucho más seguro – En este mundo existen dos clases de personas: las que usan el plastidecor rosa o el naranja para pintar el color de la piel en los dibujos. ¿Tu de cuál eres?

– ¡Del rosa por su puesto!  Con el naranja no se ha conseguido un tono parecido jamás.

– ¿Y con el rosa si? ¡Venga ya! Además no debería ser ni si quiera un color.

Así seguimos durante horas. Primero caminando por las calles de Madrid. Paseando de noche, convirtiendo la ciudad en algo nuestro. Luego en el restaurante japonés. Daba igual donde, mientras Gabi estuviera cerca y pudiera hablar con ella.

No se que me pasaba. De verdad que no lo sabía. Me desbocaba. Conseguía que el tiempo dejase de ser una cuestión cuantificable y que el reloj desapareciera. Al día siguiente podría morirme de sueño pero eso sería un problema lejano. Mientras tanto yo estaba allí, disfrutando de mi tiempo con ella.

En esas horas había descubierto muchas cosas de Gabi. Me había contado que gracias a los años que había trabajado con Alberto, había podido viajar mucho. Prácticamente se sentía como una errante, puesto que había vivido en mucho sitios diferentes como: París, Londres, Tokio, Nueva York, Berlín, Santiago de Chile, Sidney…había estado en medio mundo. Por su forma de hablar y de contarlo se notaba que había disfrutado de cada lugar, de cada rincón, pero en sus ojos (tan, tan expresivos; me conmueve lo que son capaz de transmitir y contarme) se podía notar un resquicio de tristeza. Prácticamente se fue de España con dieciocho años y había tenido que madurar de golpe. Aun así había conseguido ver a sus padres y a sus cinco hermanos mayores, de vez en cuando. A pesar de ello, en ocasiones se sentía como si no perteneciese a ningún sitio. Su mayor contacto con el mundo había sido a través de Olga.

Una de nuestras mayores discusiones, había empezado hacía media hora, rondado alrededor de la música. Gabi me había preguntado cual era mi canción favorita, como si elegir una canción entre toda la música del mundo fuese algo posible. La música va por épocas pero los grandes grupos siempre consiguen hacerte volver. A pesar de que hayas oído sus discos hasta quemarlos, y si no que se lo digan a los Beatles o a los Rolling Stone.

Afortunadamente le gustaban cosas como The Arcade Fire, The killers, The Spinto Band, Muse, The Who…¡Incluso conocía The Magnetic Fields! Lo cual aparte de tenerme completamente babeando, me tenía completamente a su merced. El problema en cuestión es que era una gran desconocida de la música independiente Española. Una de mis mayores devociones.

– ¿Te has dado cuenta que después de ese discurso enorme que me has soltado sobre música española, no has contestado a mi pregunta? Es increíble como el vino consigue que te vuelvas escurridiza – dice Gabi mientras abandonamos el restaurante y volvemos a salir a las calles de Madrid.

– Bueno… es que como te he dicho antes es imposible. Como mucho si quieres puedo darte una lista de cinco, y aun así tendría que ser dentro de una categoría.

– ¡Eres muy cabezota! – dice dándome un golpecito cariñoso con el dedo índice en el centro de mi frente – Está bien ¿cuáles son tus cinco españolas?

– Eso es otra cosa. ¡Ya nos vamos entendiendo, mujer! Déjame pensar, esto requiere un momento de máxima concentración – comento mientras me acomodo en un banco que está justo en frente del restaurante.

–       Todo el que necesites – me responde levantando las manos y sentándose a mi lado.

–       Esto sigue siendo muy difícil, pero aun así te voy a dar mis cinco de ahora, porque como te he dicho antes la música cambia…

– Sí, sí…¡sorpréndeme! – dice riéndose mientras me incita a que prosiga.

– Aquí van:

1. Supersubmarina – Supersubmarina.

2. Vetusta Morla: Boca en la tierra.

3. Iván Ferreiro: Turnedo.

4. Izal: Qué bien.

5. Miss Caffeina: Venimos.

– Sí te digo que lo último que oí de Iván Ferreiro fue cuando cantaba en los piratas ¿me seguirás hablando?.

– ¿Tú quieres matarme? Voy a tener que hacerte un CD para que puedas saber lo que te estás perdiendo – digo completamente frustrada.

– Vale, te tomo la palabra. ¿Con cual te quedarías si tuvieras que escoger una de las cinco?

La pregunta es fácil de contestar. Muy fácil. No porque sea la que más me guste de todas la que he dicho, sino porque llevo escuchando esa canción en mi cabeza desde que he vuelto a verla. Resume perfectamente lo que me pasa cuando estoy cerca de Gabi. Afortunadamente para mí, no la ha oído y no tengo que exponerme mucho, pero si la hubiera oído y la conociese, contestar a esta pregunta sería algo excesivamente comprometido para mí.

– Si tuviera que escoger una canción hoy sería Supersubmarina – le respondo levantándome de mi sitio y mirando el reloj. Las dos de la mañana. Me caigo de sueño.

– ¿Por qué? – me pregunta intrigada.

– Legalmente puedo recurrir a mi turno de preguntas para evadir esta respuesta ¿sabes?

– Entonces tendré que escuchar la canción – dice con una amplia sonrisa -. ¿Es muy tarde? Te has quedado blanca mirando el reloj.

– Son las dos de la mañana.

– ¡Puff! No me había dado cuenta, se me ha pasado la noche volando. ¿Entras mañana muy pronto?

– Sí…a las ocho y media empiezo mi turno.

– ¡Vaya, lo siento! No sabía que era tan tarde.

– ¡Que va, no te preocupes! Yo tampoco me he dado cuenta de la hora – le digo mientras nos dirigimos a buscar un taxi.

Mientras andamos hacia la castellana, ninguna de las dos dice nada, la noche ha sido increíble. Ha merecido la pena todas estas horas de vigilia. No cabe la menor duda. Si tuviera que volver a elegir, escogería exactamente lo mismo: estar aquí con ella.

A los dos minutos de llegar a la castellana divisamos una luz verde que se aproxima hacia nosotras. Gabi insiste en que coja este primer taxi, y como estoy muy cansada para discutir, lo acepto de buena gana. Antes de entrar en mi taxi, me quedo sin aliento al ver el cuerpo de Gabi, acercándose lentamente al mío. Con seguridad, me pasa la mano por la espalda y me da dos besos. Se separa un poco y me mira fijamente a los ojos. Tengo sus labios tan cerca de los míos que sólo tendría que inclinar mi cabeza un poco para conseguir besarla. Me quedo muda, con la puerta del taxi en la mano, ansiando que ella tenga el valor que a mi me falta.

– Elena, ¿te puedo hacer una última pregunta a pesar de que no sea mi turno?

– Claro – le digo con un hilo de voz y el corazón a ciento veinte pulsaciones por minuto.

– ¿Te gustaría volver a quedar conmigo?

Mi sonrisa de idiota debería ser suficiente respuesta. No cabe nada más en mi cara que esta mueca desencajada. Si le dijese otra cosa distinta a la verdad nadie se lo creería.

– Me encantaría.

 

 

 

 

 

 

 

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6 comentarios en “Capítulo 12: segunda parte.

  1. definitivamente preciosa valió la pena la espera… gracias por arreglar mi lunes… definitivamente me atrapas en la historia ..reí muchisimo con las conversaciones de whats app!! que pasadas estas chicas… moriría por una cita asi!! muero por conocer los lugares que mencionas… algún día lo haré…… besos preciosa que tengas una gran semana!! y te llenes de inspiracion por que ya quiero otro cap….

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  2. Menos mal que Elena trabaja en Madrid y no en Barcelona porque como tuviera que necesitar sus servicios después del tute que lleva la mujer encima, lo llevo claro!

    Y, bueno, veo que esta muchacha representa al chorrocientos por ciento de nosotras que necesitamos que nos lo digan alto y claro o que se nos lancen. Lerda’s club. Join us!

    Le gusta a 1 persona

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