Perdiendo las formas

Capítulo 11

Sostener la mirada de dos penetrantes ojos negros me supone un esfuerzo atroz. Para mi es un auténtico despropósito que estos ojos se queden fijos sobre mis pupilas, explorándome en silencio, mientras me pierdo lentamente en ellos. Es como un impulso eléctrico que recorre cada célula de mi cuerpo de una forma devastadora. Lo siento en todas partes. Es una sensación tan íntima que resulta espeluznante si no estás acostumbrado a ella. Cada vez que estos ojos se posan en los míos, me traspasan. Gabi no mira, ella te ve.

La postura de Gabi con una mano encima de la mesa de inscripción, es incitadora y relajada, como si estuviera esperándome en este remoto lugar. Como si además mi presencia, lejos de incomodarla, le resultara natural.

Sus ojos me intimidan y mucho. No puedo seguirles el ritmo. Me aceleran, me inquietan, me nublan y sin embargo ahora que se han vuelto a posar en mí, necesito que sigan mirándome. Necesito morirme despacio mientras me estudian minuciosamente. Agónica muerte me espera de esta forma. ¿Cómo es posible querer ansiosamente estar en un sitio, y al mismo tiempo tener las mismas ganas viscerales de salir corriendo?

No controlo nada de lo que me pasa. No controlo nada de lo que hay aquí. No entiendo como esto puede afectarme tanto. No tiene ningún sentido. Apenas conozco a la mujer que tengo delante y aún así estoy muda. Completamente congelada mirándola de frente, con una sonrisa en el estómago sin importarme nada de lo que está ocurriendo a mi alrededor.

Tal vez por eso no le esté dando importancia a que Sofi nos esté mirando con cara de estupefacción. Ni si quiera me importuna que se haya producido un silencio entre nosotras, tan profundo, que sobrepase los limites de la molestia. Lo que me concierne, lo que me tiene completamente paralizada, es que está mujer consigue que me olvide de pensar.

– Hola…- consigo finalmente decir.

– Hola – responde con una amplia sonrisa –. No sabía que estuvieras interesada en la moda.

– No lo estoy…quiero decir… sí lo estoy, bueno…lo que quiero decir es que no he venido aquí por mí – digo completamente avergonzada-. He venido a acompañar a mi amiga Sofía – le digo estirando el brazo, con la palma descubierta, para que pueda cerciorarse de la presencia de mi perpleja amiga.

– Hola Sofía. Encantada de conocerte – dice Gabi, acercándose a ella para darle dos besos -.Yo soy Gabi.

– ¿Gabi? – pregunta, Sofi, clavando sus ojos en mí –. El placer es mío, créeme.

– ¿Tú también has venido a hacer la prueba? – pregunto centrando la atención en Gabi, para evitar que Sofi haga cualquier tipo de comentario.

– No exactamente. Soy una de las fotógrafas que han contratado para la campaña – explica Gabi señalando la funda de la cámara que lleva colgada del brazo.

– ¡Vaya! – exclamo realmente sorprendida – No tenía ni idea.

– Se me olvidó mencionártelo la última vez que nos vimos – dice Gabi.

– ¿Qué tal está tu tobillo? – pregunto en un amago de llevar la conversación a un terreno donde me sienta más segura.

– Bien, ya puedo andar sin que me duela nada. Aunque hacer una semana de reposo ha sido una crueldad.

– ¿Sólo una? Creo recordar que deberían haber sido dos – reseño hundiendo, otra vez, mis ojos en los suyos.

Antes de que pueda proseguir con un argumento innecesario sobre la importancia del reposo y sus consecuencias. Me permito inspeccionarla de cerca. Gabi está justo enfrente, a cuarenta centímetros de mi cuerpo.  De pie, mirándome mientras me sonríe. Está radiante. Lleva una camisa blanca desabrochada hasta el escote, mostrando el trozo justo de piel para volverme loca. Su piel oscura contrasta con el color de su blusa y no puedo quitarle la vista de encima. Es una pesadilla mirar y no mirar. Tengo que hacer grandes esfuerzos para obligar a mis ojos a permanecer fijos en cualquier otro punto que pueda distraerlos. Pero parecen funcionar por necesidad, sin importarles demasiado si en su anhelo por saber quedo al descubierto. Por eso aunque me empeño en intentar fijar la vista en la mesa, mis ojos se posan en los suyos, en sus piernas largas enfundadas en unos pantalones negros de corte boyfriend, en su anillo ovalado de la mano derecha, en sus sandalias planas que dejan ver sus preciosos pies egipcios, en su cuello desnudo…Mis ojos quieren ver más de lo que puedo permitirme para ser capaz de mantener una conversación.

– Vas a tener que hacer algo para compensar – dice Gabi de repente.

– ¿Perdona? – pregunto sobrecogida por miedo a haber sido demasiado descarada. El rubor de mis mejillas vuelve a apoderarse de mi de nuevo y abro los ojos por reflejo, esperando casi cualquier cosa.

– No se puede encerrar a una persona que tiene trabajo pendiente y salir impune – sentencia mientras comparte una sonrisa con Sofi y se gira a la chica que esta en recepción –. ¿Rosa, te importaría hacerle un pase a Elena para que pueda entrar?

– Claro. Ahora mismo se lo hago – dice la recepcionista.

– ¿No te importará que te la robe durante un rato, no? – le pregunta a Sofi, obviando cualquier respuesta que yo pueda darle. A decir verdad el mismo tono de pregunta es una trampa. Sabe de sobra que ante esa pregunta cerrada no va a conseguirse nada más que salirse con la suya. Pero lejos de poder parecer contrariada sonríe ampliamente al ver a Sofi gesticular una clara negativa –. Estupendo, todo aclarado.

– Aquí tienes Elena – me dice la chica de recepción mientras me proporciona un tarjeta de identificación –. Con este pase podrás entrar en la sala sin ningún problema. Si quieres puedo acompañarla y decirle por donde puede quedarse.

Esta vez, en lugar de referirse a mí, su atención se posa totalmente en Gabi. ¿Tendrá un puesto importante dentro de esta campaña? No es que me importe. Francamente, para mi el trabajo sólo es trascendente en la medida en que te haga feliz mientras lo desempeñas. Si tienes que pasarte más de la mitad de tu vida en un sitio trabajando lo mejor es que puedas disfrutarlo. Lo que me descuadra es que todo lo que me viene a la cabeza, cuando pienso en Gabi, es una incógnita. No se nada de ella. No se quien es.

¿Cómo narices voy a poder formular preguntas que me muero por hacerle, si ni siquiera se abrir la boca para protestar por no haberme preguntado si quería entrar a ver este espectáculo? No es que no quiera entrar ¡Me muero por entrar! Me mata la curiosidad. Es más, me emociona poder acompañar a Sofi en un día como este. Lo que me fastidia es que no me pregunten mi opinión.

– No hace falta Rosa. Yo misma la acompañaré y haré de guía. ¿Te parece bien? – dice Gabi, aunque me pese y me encante admitirlo, refiriéndose a mí.

– Sí – contesto con un hilo de voz.

Eso es todo lo que tengo que decir: “Sí”. Gracias Elena, por hacer que el homo sapiens: ser de grandes filósofos, de talentosos matemáticos y de ilustres de las letras, baje la media de la especie a un simple “Sí”.

– Genial – responde ante mi escueta disertación de elocuencia mientras se gira y le da dos besos a Sofi –. Ha sido un placer conocerte Sofía. Si no te importa nosotras tenemos que entrar antes. Las modelos tenéis que esperar a estar todas para poder incorporaros. Rosa os avisará cuando podáis pasar. Espero que tengas mucha suerte.

– Gracias – contesta Sofi.

Antes de disponerme a seguir a Gabi, me acerco a Sofi para abrazarla y desearla suerte. Mientras me da un beso en la mejilla derecha, me susurra:

– ¡Quiero saberlo todo, pendón!

– ¿Nos vamos? – me pregunta Gabi.

– Claro – le respondo alejándome de mi amiga.

– ¿Has estado alguna vez en una sesión de fotos? – me pregunta mientras nos dirigimos a la entrada de “La Nuit”.

– No…aunque cuando tenía tres años desfilé para promocionar ropa infantil. Mis padres estuvieron muy orgullos – comento recordando con horror las fotos que me sacaron entonces.

– ¿De verdad? – me pregunta con una sonrisa enorme.

Tiene un pequeño hoyuelo en su mejilla derecha que se le forma cada vez que las comisuras de los labios se levantan. Estoy convencida que si hundiera un dedo encima de el, encajaría perfectamente.

– Desgraciadamente, sí – contesto frunciendo el ceño.

– ¿Por qué desgraciadamente? – me pregunta divertida.

– Estaba tan nerviosa que no paré de llorar en todo el desfile. Me obligaron a ponerme un vestido rosa con volantes y detesto ese color. Aquella fue mi primera y mi última actuación.

¿Por qué narices le estoy contando esto? ¿No tengo suficiente con sudar por encima de mis niveles normales?

– Seguro que estabas monísima – comenta riéndose.

– Si hubieras estado allí no hubieras pensado lo mismo – le digo parándome con ella delante de una puerta de cristal.

– Si hubiera estado allí, hubiera pensando que eras adorable, justo igual que ahora – concluye abriéndome la puerta sin dejar de sonreír.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo consigue elevar mi nivel normal de acidez? El estómago me baila. Sube y baja y no puedo hacer nada. Sólo con una frase es capaz de descolocarme abruptamente. No consigo ajustarme. Mi cuerpo se mueve porque mis pies funcionan de forma automática porque si pudiera evitarlo no estaría aquí. No me dejaría arrastrar por toda esta lluvia de sensaciones que no paran de llevarme hacia situaciones que desconozco.

Nada más cruzar la puerta me sorprendo con lo diferente que veo la discoteca. La sala “Le Nuit” en vez de estar repleta, hasta límites ilegales, de gente aglutinada con ganas de bailar o de hacer lo físicamente imposible para conseguir una copa, esta colmada de focos y de personas con objetos que no paran de moverse de un sitio a otro.

Al entrar en la sala Gabi se había movido con gracia respondiendo y aclarando dudas. No ha parado de atender preguntas desde que hemos cruzado el umbral.  Parece estar acostumbrada a trabajar en escenarios parecidos a este. Además tiene mucha facilidad para relacionarse con la gente y hacer que todo el mundo se sienta cómodo. Bueno… todos menos yo.

No se que me tiene más desconcertada. Ver como convierten esta discoteca en un perfecto bar de copas, mucho más exótico del habitual, a una velocidad de vértigo, o ir caminando al lado de Gabi intentando cruzar el salón. Desde luego si alguien me hubiera dicho que mi día iba a terminar así no me lo hubiera creído jamás.

– Perdona – dice Gabi acercándose a mí –. Llevamos retraso con el decorado y aún faltan algunas cosas para que puedan pasar las chicas. Algo me dice que hoy va a ser un día largo.

– No te preocupes, estás trabajando – digo algo preocupada-. Creo que te estoy molestando más que otra cosa. Sí quieres puedo marcharme y dejarte trabajar con calma.

– ¿Por qué? ¿Quieres marcharte? – pregunta algo desilusionada.

– No, que va…lo que no quiero ser un incordio – comento algo ruborizada por lo absurdo de la ocurrencia. Por muy extraño que me pueda parecer todo esto nada me apetece más que estar aquí ahora.

– El único incordio que hay aquí es que los focos tenían que haber estado montados hace media hora. Eso y que soy un desastre. No te he explicado nada de lo que estamos haciendo. Si alguien debería preocuparse tendría que ser yo. Además, siempre viene bien tener una médico en la sala por si alguien decide romperse una pierna o algo equivalente ¿no crees? – me pregunta adquiriendo una expresión nueva que alterna entre la disculpa y la invitación –. Si te parece te acompaño a la cabina de sonido que hay en el piso de arriba para que puedas verlo todo mejor.

– ¿A la cabina del D.J.? – le pregunto con entusiasmo y algo conmovida por la explicación que acaba de darme.

– Sí, la misma. Arriba se puede ver todo el local perfectamente. Además hoy está trabajando mi amiga Olga y no tendrá ningún problema en explicarte en que consiste todo.

– ¿Olga está arriba? – le pregunto divertida mientras le sigo por las escaleras

– Sí – me contesta con una amplia sonrisa.

– ¿Y qué tal…? – le pregunto casi en un susurro acercándome a ella.

Le hago un gesto con las cejas para darle a entender que me muero de curiosidad. Sin querer me he acercado demasiado y estoy muy cerca de su cara. Gabi huele a cítricos. La misma colonia que la del día del hospital. Casi cierro los ojos para inspirar su olor, pero me controlo.

– ¿Qué tal, qué? – me pregunta parándose en seco, susurrando exageradamente.

– Con la chica del bar – le digo moviendo la cabeza.

– Eres una cotilla, ¿lo sabías? – dice acercándose a mi oreja.

Se me abre la boca por defecto y me pongo roja al instante. Como siga así voy a tener que acostumbrarme a este color.

– Se pasan el día juntas. Que le vamos a hacer… Olga se ha enamorado – dice dándose la vuelta.

Emprendemos nuevamente el camino hacia la cabina. Cuando llegamos al piso de arriba nos encontramos una pequeña sala acristalada con una mesa de sonido y un par de butacas. Olga está justo en el centro con los auriculares puestos.

– ¿Elena? – pregunta Olga sorprendida quitándose los auriculares.

– Estaba intentado colarse para echar un vistazo y he tenido que echarle una mano – dice Gabi metiéndose las manos en los bolsillos, mientras apoya la espalda en la pared.

– Rosa es hueso duro de roer – añade Olga dándole la razón a Gabi.

Olga se acerca hasta mi y me da dos besos. Alterna la vista entre Gabi y yo mientras se ríe abiertamente, sin pretender disimular lo más mínimo, lo mucho que le divierte vernos aquí a las dos. Gabi sonríe a Olga sin el menor atisbo de preocupación. Está claro que la única que esta nerviosa, en esta extraña situación, soy yo.

– Más bien ha sido un secuestro. Yo sólo pasaba por aquí porque estaba acompañando a una amiga – digo intentando defenderme –. Lo que pasa es que Gabi puede ser bastante convincente.

– Mm… pues para ser un secuestro no has protestado mucho ¿no crees? – me pregunta Gabi de una forma directa. Su mirada es mas bien desafiante, como si quisiera conseguir algo de mí. Como si estuviera dispuesta a sacarme todas las tonalidades de rubor que tuvieran mis mejillas. Está muy claro que Gabi tiente un montón de descaro y que además sabe usarlo. ¿Cómo narices le voy a echar un pulso a alguien así? Me siento al descubierto y lo peor es que todo esto le entretiene muchísimo. No se si enfadarme o aplaudirle por tener tanto morro. Sea como sea no puedo quedarme con esta cara de tonta cada vez que me diga algo así. Se va a notar demasiado que estoy en clara desventaja  – Me tengo que ir a seguir trabajando ¿Te importa quedarte con Olga?

– Claro que no – digo con un poco de pena.

– Nos vemos luego.

Me quedo por un segundo quieta viendo como la figura de Gabi desaparece escaleras abajo. Olga me sonríe y me devuelve al mundo de los vivos pasándome unos auriculares.

Los acepto de buena gana. Dejo mis bolso y mi cazadora en una de las butacas, y me los pongo sin mediar palabra.

– ¿Te han dado carta blanca para poner la música que quieras? – le pregunto viendo como saca un estuche lleno de CD’s.

– Más quisiera yo. Tengo que poner música de discoteca. AC DC y  Pink Floyd se van a tener que quedar en la caja.

– ¡No fastidies! ¿Te gustan?

– ¿Tengo pinta de escuchar a David Guetta todo el día? – me pregunta con cara de desazón.

– No…es que la mayoría de los D.J. pinchan música de ese tipo. Eso y reggaeton. Me sorprende que te guste el Hard rock.

– Guapa y con gusto musical, esta claro que Gabi sabe lo que se hace.

¿Qué narices ha querido decir con eso? Cada vez que pasa el tiempo esta situación me parece más surrealista.

– La verdad es que escucho de todo – prosigue contándome -. Te mentiría si te dijera que nunca he cantado una canción de Lady Gaga a las cuatro de la mañana. Pero la música es como todo, depende del momento. Si me contratan en una sesión y pongo Led zeppelin en vez de algo de Flo Rida, es posible que no me vuelvan a llamar.

– Pues a mi me encantaría – le confieso echando un vistazo a los discos que tiene encima de la mesa.

Nuestra disertación sobre discos de música se ve interrumpida por el cambio que se produce en el local. La conversación me había tenido tan absorta que no me había dado cuenta que los trabajadores habían dejado de colocar cosas, y los únicos que quedaban abajo eran Gabi y dos fotógrafos más.

Tal y como me había dicho Gabi desde aquí arriba existe una amplia visión del local. Se puede ver cualquier recoveco con facilidad. Por eso veo con precisión como Gabi hace una señal para que las puertas se abran. Un grupo de unas veinte modelos, entre las que no se encuentra Sofi, son convocadas en el interior de la pista de baile. Antes que alguna de ellas pueda preguntar algo, Gabi empieza a hablar.

– ¡Buenas tardes! Mi nombre es Gabi Díaz y soy la fotógrafa encargada de esta campaña. Como bien os ha explicado Rosa y os habréis podido imaginar, por razones obvias, estamos haciendo el casting en la sala “Le Nuit”. Lo que vosotras tenéis que hacer es muy sencillo: tenéis que intentar divertiros – el comentario sincero  y claro de Gabi es recibido con sorpresa dentro de la sala -. Tenéis que simular que habéis venido con un grupo de amigas a pasarlo bien y a divertiros. Eso es todo. No hay más. No hay un doble mensaje con lo que estoy diciendo. Así que por favor olvidaros de las cámaras. Marcos, Jesús y yo os iremos sacando fotos mientras interactuáis las unas con otras para ver como funcionáis en grupo, pero por favor, intentad no distraeros con los focos. ¡Como si no estuviéramos! ¿De acuerdo?

Una vez ha terminado de dar la explicación a las chicas, un grupo de treinta modelos masculinos entra en el interior de la sala. Cada uno de ellos se coloca en un lugar específico del escenario.

– Se me había olvidado – dice Gabi girándose hacia las chicas – para recrear el perfecto ambiente de discoteca hemos invitado a estos maravillosos. ¿Alguna pregunta? ¿No? ¡Genial! Colocaos donde os sintáis más cómodas. En cuanto la música empiece a sonar, comenzaremos la sesión. ¡Mucha suerte a todas!

Cuando Gabi determinó que todo estaba preparado, se giró hacia donde estábamos nosotras y le hizo una señal a Olga para que empezará la fiesta.

Al ritmo de Wild Ones de Flo Rida  la sesión de fotos comenzó a desvelarse. A pesar de todas las instrucciones que había dado previamente Gabi, las chicas que estaban abajo parecían haber mal interpretado todo lo que se les había dicho. En vez de grupos de amigas que habían salido juntas de fiesta lo que se podía ver en la sala era una auténtica guerra de divas. Lejos de olvidarse de las cámaras, cada vez que uno de los focos se encontraban cerca, las chicas se ponían a posar de una manera forzada. La que no miraba a la cámara, sacando una de sus mejores miradas ensayada delante del espejo, se ponía a bailar descaradamente en el centro de la pista intentando llamar demasiado la atención.

La verdad es que contemplar todo aquel espectáculo era algo lamentable. Parecía la situación menos natural del mundo. Todas estaban desperdigadas sintiendo la música sin mirar a nadie de alrededor.

Creo que las únicas que realmente nos lo estábamos pasando bien allí éramos Olga y yo. Olga se había metido en su versión más electrónica y estaba disfrutando de David Guetta como si ella misma hubiera compuesta Nothing but the beat. Verla así mientras hacía repentinas señales sobre algunas escenas que se estaban dando, era una auténtica risa. Francamente, sólo nos faltaban unas palomitas para redondear el espectáculo.

Después de una hora viendo entrar y salir a grupos de modelos, por fin le toco el turno al grupo de Sofi. A diferencia de las otras ocasiones donde había intercambiado alguna broma con Olga, ahora estaba nerviosa. Esta vez Sofi estaba allí abajo, y aunque ese fuese uno de sus entornos más naturales, pues para Sofi irse de fiesta es igual de habitual que respirar, no dejaba de ser un momento importante para ella, que se podía volver en su contra si no escuchaba las claras instrucciones que estaba dando Gabi. Además, para más desconsuelo, en su mismo grupo también estaba Paula del Olmo.

Como en las anteriores ocasiones que había entrado un grupo nuevo, Gabi volvió a explicarle a las chicas lo que tenían que hacer. Cuando terminó de hablar se giró para hacerle una señal a Olga y la música empezó a sonar.

Mis ojos nerviosos siguieron a Sofi por la sala como si yo misma estuviera andando por ella. Comenzó a andar hacia la barra al ritmo de The Night de Avicii. Completamente decidida se quitó la blazer y se fue a hablar con el chico que estaba colocado detrás de la barra del fondo. Después de un pequeño intercambio de palabras le había convencido para que le guardara la chaqueta dentro de la barra. No se muy bien sobre que podrían estar hablando, pero lo que se veía desde arriba era un desconcertado camarero haciendo gestos de negación a Sofi y poniendo cara de absoluta incredulidad.

Como no estaba consiguiendo, lo que fuese que quisiese hacer Sofi, se giró al chico que tenía a su derecha para que pudiese ayudarla. Este, divertido por la disputa que tenía Sofi con el camarero, decidió sumarse para intentar convencerle.

Tan pronto como comenzó a sonar S&M de Rihanna, una chica que había visto la escena desde lejos decidió acercarse para sumarse a la causa de Sofi.

Lo que vino después provocó que Olga y yo sacáramos una auténtica carcajada. Sofi se subió a la barra y cruzó al otro lado, donde un pálido camarero se quitó de en medio para que ésta pudiera campar a sus anchas. Obviando todos los gestos que el falso camarero no paraba de hacer, Sofi cogió: una botella de alcohol, unos cuantos vasos y se puso a servir chupitos a aquel pequeño grupo que se había formado alrededor de la barra.

La chica que acaba de unirse ofreció el primer chupito al camarero preocupado. Éste, a pesar de seguir mostrándose reacio, lo aceptó y brindó con el resto del grupo. Al ponerse todos de pie pude ver la cara de la extraña que se había sumado al propósito de Sofi. Ni mas ni menos que Paloma del Olmo, la portada de los cereales dietéticos del momento.

Ver todo esto desde aquí me tenía atónita. Da igual el contexto en el que esté Sofi, si tu le dices que se vaya de fiesta ella lo hace. Por eso después de la primera ronda de chupitos llego una segunda y tras ella unas cuantas carcajadas de lo que parecía un grupo de amigos que habían quedado en un bar. Así, en esa nube de emociones, se paró la música.

 

 

 

 

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14 comentarios en “Capítulo 11

  1. Te pasas de veras … Que gran capituló… Que emocionante… Que bonita descripcion casi poética al.principio… Gracias gracias gracias preciosa me encanto… Ojala no tarde tanto el siguiente …. Besoooos Daniela-Colombia

    Le gusta a 1 persona

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