Perdiendo las formas.

Capítulo 9

Aunque parezca mentira, se puede llegar a tener una relación con el móvil. Se puede. Lo sé porque desde hace una semana se ha convertido en un objeto vital de mi existencia. Me tiene completamente hechizada. Tuvimos una primera etapa de odio y frustración, que estamos intentando olvidar, hasta que el flujo de mensajes comenzó a ser algo habitual.

Se puede tener una relación con el teléfono, cuando sabes que detrás de él, existe alguien que tiene el mismo interés que tú en mirarlo de vez en cuando.

Después de recibir el mensaje del otro día estuve toda la tarde absorta. No presté prácticamente atención a las dos chicas que vinieron a ver el piso. Normalmente les hubiera elaborado un cuestionario sobre aquellas cosas que tanto Alex como yo, consideramos cruciales para compartir piso. Pero la verdad es que no era ni remotamente comparable al hecho de que Gabi, además de querer escribirme, me considerara guapa.

Es obvio que se puede tener una relación con el móvil. Cada vez que suena: me sudan las manos, me acelero, me río, me caigo, me vuelvo torpe y ridícula. Cada vez que suena, me vuelvo más yo. Me recuerdo más a como era antes. Antes de quedarme congelada viendo como el tiempo pasaba. Sin tener en cuenta el dolor o el miedo a la pérdida. Cuando mi móvil suena, una parte de mí se desconecta y deja fluir un conjunto de sensaciones que no me acordaba tener. Es como si mi cuerpo se despegara de una armadura pesada y pudiera dejarme fluir. Para mi es algo parecido a escuchar una canción fascinante por primea vez. Cierras los ojos casi por reflejo. Tus sentidos se pierden a través de los acordes y por un momento, un micro segundo que parece una vida entera, sientes todo lo que te aporta la música en cada punto de tu piel. Creo que por eso se cierra los ojos, para capturarlo todo dentro. La música no pregunta, suena. Te eriza la piel por desconocimiento de su existencia. Por eso aunque intentes estar preparada para lo que vas a experimentar, te arrastra. Te lleva a donde quiera llevarte.

Mi estomago y mi teléfono suenan armónicos. Tan armónicos que aunque me diga a mi misma que esto no tiene importancia o que estoy magnificando una tontería. Cuando oigo el sonido de aviso y ella aparece, todo lo que quiero es apagar mi cerebro para poder sentir más. Es un despropósito sin sentido que me tiene presa.

A la mañana del segundo día, desde que empezamos a escribirnos con más fluidez, mi móvil me sorprendió con nuevas noticias. Llevaba horas de paseos por el hospital, recomponiendo posibles contestaciones, cuando el teléfono sonó.

– ¿Elena? – me preguntó una voz al otro lado del teléfono – Soy Lucía. ¿Te pillo en mal momento?

– ¡Hola Lucía! No que va, estoy en un descanso. Intentaba ir a la cafetería a conseguir un café.

– ¿Seguro? – me preguntó Lucía.

– Sí, seguro ¿En qué te puedo ayudar?

– Pues verás. No se si sabrás, que desde haces dos meses hemos abierto un curso de cocina para principiantes en Apetece – me dijo Lucía.

– Sí, algo me comentó Paula antes de irse a Londres. ¿Va todo bien? – le pregunté preocupada.

– Todo genial. El curso está teniendo bastante éxito, y la gente que se ha apuntado es muy simpática. Me lo pasó fenomenal trabajando con ellos.

– Me alegro – le dije mientras recogía mi café y buscaba una mesa libre.

– Sí, yo también. Me mantiene distraída – me confesó.

– ¿Cómo estás? – le pregunté al captar tristeza en su voz

– Bien…aunque es difícil estar en Madrid sin Paula. De repente la ciudad me parece demasiado grande.

– Te entiendo – le dije dandole un sorbo a mi café.

Un ápice de pena me inundó mientras removía aquel café. Si estaba siendo difícil para mí que Paula no estuviese con nosotras, no quería ni saber lo que podía ser para Lucía que el amor de su vida se hubiese ido del país para buscarse a si misma.

– Pero no te llamaba para eso – me dijo sacándome de mis pensamientos – Uno de los chicos de mi grupo, está buscando piso en Madrid. Cuando me lo dijo el otro día en seguida pensé en vosotras. No te he dicho nada antes porque Paula me ha comentado que tienes reparos en convivir con un hombre.

– Sí… es que me da mucha pereza meter a un chico en casa y tener que estar pendiente de ciertas cosas.

Concretamente en asuntos tan mundanos como: pasearse en toalla, encontrarme la tapa del inodoro levantada, recoger los pelos del baño, etc.

– Ya me imaginó – dijo Lucía.

– No te lo tomes a mal Lucía, agradezco mucho el detalle, pero no creo que sea una buena idea – le dije levantándome de mi silla.

– Luis, mi alumno, es de fiar. Es responsable, educado y muy simpático – me dijo completamente segura -. No te llamaría sino pensase que os iba a encantar.

– Estoy segura de ello, pero…

– Mira – me dijo, Lucía, interrumpiéndome – ¿qué te parece si hacemos una cosa?  Yo le doy vuestro número de teléfono para que quedéis y así lo comprobáis vosotras mismas. Sino os gusta, no pasa nada, le decís que no. Total ¿qué tenéis que perder?

– Es que…bueno…

– ¡Genial! – volvió a interrumpirme -. Ya verás como me lo agradeces.

– Lucía, no te he dicho que sí – le contesté ofuscada. Lucía me estaba llevando a donde ella quería, desde el principio de la conversación.

– Habla con él, ya lo verás…hazme caso.

Así que aquí estoy, dos días más tarde sentada en el sillón de mi casa con Alex al lado. Esperando a que Luís llamase a la puerta. Mirando al extraño teléfono que había dejado encima de la mesa, preguntándome que mosca me había picado para querer sufrir así.

No sólo tenía que lidiar con hacer una entrevista más, seguramente aburridísima, porque había sido incapaz de decirle que no a Lucía. Sino que además tenía que batallar con que estaba sintiéndome tremendamente atraída por un teléfono.

– Quizás Gabi se esté agobiando con todo esto – confieso a Alex nerviosa, jugando con un mechón de pelo.

– Es lo que suele ocurrir cuando alguien te escribe una frase de cuatro palabras, por el chat del móvil – me dice Alex con ironía -. Últimamente estás muy rarita Elena.

– ¿Por qué? – le pregunto desconcertada.

– Elena, estamos sentadas en el sofá viendo tú móvil como si fuera E.T.

– ¿Qué E.T.?, ¿E.T. el marciano? – le pregunto incrédula.

– ¡No, E.T. el fontanero! – me contesta sarcástica -. ¿Cuánta gente conoces que se llame E.T.?

– Comparas mi móvil con E.T. ¿Y soy, yo, la rara? – le pregunto alucinada.

– Pues sí, porque verte sufrir porque alguien no te escriba es alienígena – me dice, Alex, abriendo mucho los ojos – Aunque, pensándolo bien, te pareces más a Elliot.

– ¿Quién es Elliot? – le pregunto perdida.

– El niño humano amigo de E.T. el marciano. No me estás prestando atención – me dice, Alex, molesta.

– Créeme, lo estoy intentando – le digo hundiéndome en el sillón.

– ¡Piénsalo bien, mujer! – me dice Alex cogiendo aire -. Cuando E.T. vuelve a su planeta de origen, no le da su número a Elliot. ¡Allí tienen teléfonos! El único planeta extraterrestre que los tiene ¿Cuánta probabilidad había, que a Elliot le fuese a ver un marciano, que usase el teléfono para comunicarse? ¡Muy poca, Elena! –señala Alex cada vez más convencida – Sin embargo, E.T. después de: quedarse un tiempo en la Tierra, vivir en casa de Elliot, comerse su comida y casi irse al otro barrio, decide no llamarle jamás.

– Eso no lo sabemos – le digo entrando en la conversación -. Para saber si E.T. llamó o no a Elliot tendría que haber una segunda parte. Que yo sepa Steven Spielberg nunca la hizo, así que por lo que a nosotras respecta ese asunto es un misterio.

– Mm – medita Alex -. Eso no lo había tenido en cuenta.

¿Por qué estoy teniendo una conversación así con Alex? ¡Si a mi ni si quiera me gusta Steven Spielberg!

– Bueno, da igual – me dice, Alex, desviando la cuestión-  lo importante del asunto es que, seguramente Elliot lo pasó fatal esperando a que E.T. le llamara. Igual que tu ahora con Gabi. Aunque existe una diferencia crucial entre vosotros dos.

– ¿Cuál?- le pregunto curiosa.

– Tú si que tienes el teléfono de Gabi. Puedes quedar con ella cuando quieras. Sólo tienes que pedírselo.

Me quedo blanca y me sudan las manos. Miro mi móvil y medito sobre la posibilidad de hacerle caso a Alex. Solo imaginarme pidiéndole salir a Gabi hace que me entre urticaria. Me rasco el pelo compulsivamente pensando en ello.

– Eso es absurdo – le digo mirando hacia otro lado con un hilo de voz.

– Lo que es absurdo es que seas tan gallina. ¡Huele a caquita! – dice Alex oliéndome el pelo.

– Eres de lo que no hay – le digo riéndome, dándole un manotazo.

– ¡Pues anda que tú ¿Por qué de repente quieres vivir con un hombre?

– Yo no he dicho que quiera. Además no fue idea mía. Ha sido idea de Lucía.

– Hace un mes, no hubieras cedido ni por asomo. Ese teléfono te está volviendo impresionable – me sentencia, Alex, señalando el teléfono.

– Hace un mes Paula vivía aquí. No lo hubiéramos necesitado.

Desde que Paula se ha ido a Londres a penas se nada de ella. Es rarísimo poder compartir con alguien una rutina y que de la noche a la mañana desaparezca. Es como si de repente todo lo que hubieras construido no existiese o te lo hubieras inventado.

A veces tengo la sensación que va a salir de su cuarto y la voy a ver sonreír como siempre. Me encantaría que estuviera aquí, aunque fuese para quitarme alguna chaqueta del armario. Odio que me robe la ropa que tanto me cuesta comprarme. Pero la echo tanto de menos, que me encantaría poderme enfurecer con ella por algo tan banal como eso.

– Tú sabes que el móvil lo podemos usar ¿verdad? – dice Alex relajando el tono -. Además de idolatrarlo, también podemos utilizarlo para llamar a Paula.

Alex apoya una mano sobre mi hombro, me da un beso en la coronilla y me deja absorta en mis pensamientos. Intenta darme unos segundos para mi, mientras se acerca a la puerta de casa para atender el interfono.

Como mi móvil está mudo. Tan mudo como yo, y no puedo eludir mi vida porque este delante de mí, postrado encima de la mesilla del salón. Impertérrito a mis emociones. Desconcertado por el hueco importante que se está haciendo en mi vida. Me levanto para acompañar a Alex, a la entrevista.

Mientras recorro el pasillo oigo como la puerta se abre. Una sonriente Alex da la bienvenida a nuestro nuevo visitante.

– ¡Hola, tú debes ser Luis! ¿Qué tal? Yo soy Alex. Bienvenido a nuestro pequeño palacete.

– ¡Hola! – responde Luis, abrumado y divertido –. Encantado de conocerte, Alex.

Tras unas gafas de pasta negras, se esconden unos ojos verdes muy claros que despiertan calma. Su expresión y sus formas te hacen percibir a un hombre cuidadoso y alegre, que parece dispuesto a agradar de una forma trasparente.

Al contemplarle de cerca puedes apreciar que se trata de alguien, que cuida su aspecto pero sin exageración. Tiene el pelo rojizo, corto y cuidado. Viste de una forma desenfadada, con una camisa de cuadros azules, abierta encima de una camiseta blanca y unos pantalones vaqueros.

– Alex tiene la costumbre de avasallar a los invitados antes de que crucen la puerta – digo poniendo una mano encima de la espalda de Alex. La sonrío ampliamente para agradecerle la conversación que acabamos de tener. Alex me devuelve la sonrisa como respuesta.

– ¿Elena, verdad? – me pregunta, Luis, sin dejar de sonreír.

– En carne y hueso – asiento mientras me acerco y le doy dos besos.

Alex toma la iniciativa y decide enseñarle la casa a Luis. Recorremos la estancia de un modo jovial. Caminamos de habitación en habitación, escuchando a Alex hablar de la  casa y nuestras costumbres. El tour se vuelve ameno al poco rato. Hacemos bromas y se respira una sensación de calma durante el trayecto. A Alex se le da muy bien vender lo que le gusta. Hace que te sientas cómodo al instante.

Cuando volvemos al salón, después de haberle enseñado el antiguo cuarto de Paula, Alex y yo nos miramos a modo de sondeo. Para saber de verdad si Luis puede encajar o no, con nuestro estilo de vida, necesitamos preguntarle una serie de cuestiones primero.

Antes de que ninguna de las dos pueda comenzar con el interrogatorio, Luis se nos adelanta. Está agachado enfrente de la televisión con un DVD en la mano.

– ¿Sabíais que Tarantino quiere hacer una tercera y cuarta parte de Kill Bill? – dice mientras se gira y nos enseña el volumen uno que tiene en la mano.

– Sí…- responde Alex con un brillo particular en los ojos – pero tengo verdadero pánico. Pueden destrozar una película fantástica.

– El padrino dos es una continuación admirable, incluso mejor que la primera. No creo que mucha gente lo hubiera dicho en su día – contesta Luis.

– Sí, junto con Terminator 2 son las únicas excepciones plausibles, en el mundo del cine – alega Alex.

– Mm…creo que Terminator uno está mas infravalorada de lo que se merece. Es una maravilla de la ciencia ficción, para ser una película de 1980 – alega Luis, colocándose las gafas.

Blade Runner también lo es y es mucho mejor película – inquiere Alex.

– Eso no te lo puedo discutir – comenta Luis dejando la película en su sitio y sentándose en el sillón de enfrente de Alex – No obstante es como comparar a Batman con Superman, es cuestión de gustos.

– ¿De gustos? – pregunta, Alex, atónita descruzando las piernas – Es obvio que Superman es un superhéroe mucho más completo. ¡Es invencible!

Bruce Waine no necesita poderes para defender Gotham. Creo que tiene bastante más mérito – se defiende Luis.

Estar sentada en mi salón con la versión masculina de Alex, es lo más remoto que podía imaginarme para la tarde de hoy. Con una “gafapasta” en mi casa tengo más que suficiente. Lo mejor de todo es que parecen haberse olvidado que yo también estoy aquí.

– No quisiera interrumpir una conversación que, conociendo a Alex, podría durar todo el día, pero creo que sería importante tratar primero ciertos temas que conciernen al piso…

– Tienes razón Elena – me interrumpe Alex, antes de permitirme plantear nada -¿Te gustan las películas de autor, Luis?

– Sí, por supuesto. Soy un gran devoto de Hitchcock. ¿Has visto “La Soga”? – le pregunta a Alex, omitiendo por completo que estoy sentada al lado.

– ¿Bromeas? ¡Es mi película favorita! – dice, Alex, dándome una palmada en el brazo.

– Pensaba que tu película favorita era Manhattan – comento extrañada.

–       Quería decir de Hitchcock…- rectifica, Alex, algo ruborizada.

No hay manera. Si me dieran un mechero, ahora mismo, sería el candelabro perfecto. Con tan sólo dos preguntas se que da igual lo que cuente Luis sobre un posible pasado de robos y asesinatos. En este momento del partido, me he quedado completamente sola en la elección de compañero de piso, por lo menos en lo que concierne a criterios objetivos.

Como ambos parecen emocionados, hablando sobre un montón de películas y actores que no conozco, me decido a intercalar como puedo preguntas que tengan algo que ver con el piso.

– Luis – digo aprovechando un hueco en la conversación -. Me ha dicho Lucía que te gusta cocinar…

– Sí, aunque la verdad es que estoy aprendiendo – dice, Luis, moviendo la cabeza-. Me apunte a las clases de Lucía porque lo único que sabía hacer eran platos de pasta.

– La pasta y sus múltiples formatos son mis grandes destrezas dentro de la cocina – dice Alex abriendo los ojos y dándome un codazo. Asiento con cara de evidente preocupación a su gesto. La conozco lo suficientemente bien, como para saber que una coincidencia tan insignificante como esa, puede hacer que se esté montando castillos en el aire –. Eso y las pizzas de horno o microondas.

– No puede ser para tanto – dice Luis, riéndose.

– Lo es – comento incluyéndome en la conversación –. Es capaz de tocar el chelo con pericia pero no puede juntar más de dos ingredientes, en un plato, sin que se los cargue.

– ¿Tocas el chelo? – pregunta, Luis, fascinado.

– Sí…pero lo hago como pasatiempo. A penas se me da bien – dice, Alex, algo nerviosa.

– ¡No, es verdad! Lo haces muy bien – aclaro extrañada. Por lo general Alex no suele ser nada modesta.

– ¿De verdad? – pregunta, Luis, con una amplia sonrisa -. ¡Que envidia! Yo siempre quise tocar la batería pero soy un inepto para la música.

– No hay nadie inepto. Tocar un instrumento es una cuestión de tiempo y práctica. Si quieres un día puedo enseñarte algunas cosas  – señala Alex con entusiasmo.

– ¿A qué te dedicas Luis? – pregunto antes de que me vuelvan a ignorar.

– Soy informático. Trabajo como programador en una star up.

– ¡Anda, que interesante! ¿Qué tipo de star up? – pregunta Alex.

– Es una comunidad de interés y gustos. Tratamos de organizar encuentros por grupos para ir a restaurantes, museos, tomar una copa o incluso hablar sobre libros. La idea es que puedas hacer planes que te gusten, con gente desconocida, por no poder compartir dichos intereses con tu círculo de amigos habitual.

– ¿Se podría organizar un grupo para hablar sobre “El Juego de Ender”? – pregunta, Alex, encantada.

– Claro, que sí. Se puede crear cualquier tipo de grupo – dice Luis, riéndose-. Sobre todo si es sobre libros de Orson Scott Card.

Y así volvemos a empezar. La conversación de películas ha derivado a libros de ciencia ficción. Es innegable que Lucía tenía razón, Luis es encantador. El problema es que a medida que pasan los minutos empiezo a pensar que para que esto funcione, la que va a tener que mudarse voy a tener que ser yo.

 

 

 

 

 

 

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5 comentarios en “Capítulo 9

  1. Vaya, me vinieron muchos recuerdos, sé lo que se sufre cuando se busca un roomate, y en lo personal yo me hubiese sentido molesta por ser ignorada en esa situación, pero supongo que cuando dos personas coinciden es normal que se cierren de esa manera, buah, igual me da a que el tipo es medio gay xD

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  2. A mi también me ha enganchado la historia. Lo encontré x casualidad y ayer leí 9 capítulos. No sé si se publican cada cierto tiempo o si está terminada.
    Gracias…

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