Capítulo 8

Al día siguiente de la fiesta, después de despertarme con una inmensa resaca, comencé a torturarme con la foto que le había mandado a Gabi por Whatsapp. ¿Por qué narices no le había hecho caso a Sofi? Me dijo expresamente que no le enviara nada que se pudiera volver en mi contra. Pero no…me deje llevar arrastrada por la música y esa falsa sensación de seguridad que dan las noches de fiesta.

Lo peor es que tenía varios iconos de Whatsapp que me estaban volviendo loca. Uno me decía expresamente que Gabi había leído mi mensaje y el otro me recordaba que no me contestaba por que no le daba la gana. Empujada por una mezcla de melancolía, pesadez y desgana me pasé medio domingo en la cama. Entre mi desatino, la resaca y la ausencia de Paula en la habitación de al lado, estaba corporalmente exhausta. No salí de mi habitación hasta que llegaron Lucía, Sofi y Paula, por la tarde. Me hice una coleta rápida, me puse unos vaqueros rotos por la rodilla y escondí la camiseta de mi pijama debajo de una sudadera con capucha.

Sofi se ofreció, hace unos días, a llevar a Paula y Lucía en coche al aeropuerto. Llegaron un par de horas antes, de la hora de salida, para que pudieran recoger las cosas que faltaban de Paula y pudiéramos despedirnos con calma. Después de ayudarles a bajar las cosas, nos dimos un montón de abrazos en la calle. Alex y Paula lloraron como si no lo hubieran hecho nunca. Vernos desde fuera resultaba increíblemente devastador. No paraba de tener la sensación que  una parte de todas nosotras se estaba rompiendo un poco. Como si alguien nos quitase un pedazo de quien somos a cada una, por separado.

Me quedé observando el espectáculo con una sensación viscosa en la boca del estomago, mientras Sofi apoyaba la cabeza en mi hombro. Le dí un abrazo a Paula y un beso fuerte en la mejilla. Me despedí de mi amiga de la infancia con un nudo en la garganta. Intenté disimular mi agonía metiendo las maletas en el maletero, intentando ser resolutiva. Agarré a Alex del brazo, mientras Sofí se subía al coche en el lado del conductor. Alargué la mano y no paré de moverla hasta que el coche se perdió entre las calles de Madrid.

Cuando volvimos a casa fui directa a la cama. Me tumbé debajo del edredón intentando que esta sensación de nostalgia desapareciera. Desde entonces hemos pasado dos días tranquilos. La casa está increíblemente silenciosa. Alex y yo no hemos parado de buscar compañeros de piso y hacer entrevistas. Por mucho que odie la idea, necesitamos compartir los gastos con un inquilino más. Además, para rematar la jugada, Gabi sigue sin contestarme al mensaje que le escribí. He de admitir que la situación está empezando a superarme.

La cosa ha llegado a tal punto que tengo una relación hostil con mi teléfono. Por mas que lo mire, lo compruebe, lo deje en la cocina o lo encierre en el baño ¡me habla! ¡No paraba de repetirme que no! Que lo que estoy esperando no va a llegar.

En un primer momento hice como si no me afectase, pero poco a poco comencé a tener la rara costumbre de vigilar mi móvil.  Al principio no le di mucha importancia. Estaba resultando demasiado convincente, diciéndome a mí misma, que aquello no me afectaba en exceso. Siempre había tenido el teléfono cerca y disponible. No era de extrañar que lo mirase de vez en cuando, para saber si tenía algo que decirme.

Me conté diferentes excusas para poder justificarlo. Primero fue la preocupación por la hora. Cada diez minutos tenía olvidos casuales sobre la franja horaria, lo cual hacía que el tiempo avanzase realmente despacio. Luego fueron los continuos sonidos de aviso que no se oían más que en mi imaginación. Todo menos admitir que estaba deseando que me contestara.

Así que después de convertirlo en el centro de mi universo, he optado por hacerme la dura. No me importa que no me cuenta nada. Si no me habla, yo tampoco le hablaré a él. Ayer en un ataque de ira, le clavé una flecha con ventosa, para mostrarle mi indignación. Aun así, el sigue impertérrito.

Todo estaba marchando con un nivel normal de mesura, hasta que esta mañana, he tenido palpitaciones con un mensaje que me ha mandado Alex. Lleva un día burlándose de mí porque se encontró, accidentalmente, mi móvil en la nevera. Como sigo sin reconocer lo evidente, ha optado por el sarcasmo como arma arrojadiza.

Cuando sonó el teléfono, y parecía que por fin iba a tener noticias de Gabi, tuve que lidiar con esto:

“Clase de Barrio Sésamo para principiantes. 1ª lección: ubicaciones. Albóndigas dentro de la nevera, teléfono interior del bolso, cita de posibles compañeros de piso: esta tarde a las seis, en el salón. Un beso. Siento no ser Gabi, mis condolencias.”

¿A quién estaba intentando engañar? Soy una mala mentirosa, siempre lo he sido. Alex, lo sabe y me está dando justo en el centro de todos mis miedos. Pero la pérfida sabe como hacerlo sin que pueda quejarme. Es astuta hasta para eso.

Rendida por el murmullo de mi cabeza, apago la tele y voy decidida en dirección a su cuarto. Alex está practicando con el chelo. Lo toca desde los siete años y lo hace bastante bien. Aunque últimamente practica con menos frecuencia.

Antes de entrar en su cuarto, pongo mi oreja en su puerta y la oigo reírse. Ha dejado de tocar hace un par de minutos, justo para enviarme el mensaje. Se perfectamente que esta esperando mi reacción. Como no oye nada, comienza a tocar la canción de inicio de Barrio Sésamo, para provocarme abiertamente. Ante su ofensa, abro la puerta sin esperar más tiempo.

– Deberías haber sido cómica – digo entrando en su cuarto.

– ¿Verdad? Era mi segunda opción después de estudiar diseño – dice sin dejar de tocar la melodía. Como nadie dice nada, pone más energía en la interpretación y empieza a tararear mientras toca.

– ¿No tienes nada mejor que hacer que tomarme el pelo?

– ¿Por qué?, ¿esperabas la llamada de alguien importante? – me dice haciendo amagos de dejar el arco, para prestarme toda su atención.

– No…

Mientras intento barajar la posibilidad de expresar mis dudas y miedos, comienzo a caminar por la habitación de Alex. Como no consigo sacar nada coherente, y el orgullo parece estar apoderándose de mí, me dedico a estudiar su librería cogiendo una figura de Yoda, del Imperio Contraataca.

Lejos de hacer alguna mueca, aparta con suavidad el violonchelo y apoya su arco sobre la cama.

– ¿Sabes qué puedes hablar conmigo de cualquier cosa, no? – me  dice retirando su tono de broma y prestándome atención.

– Es que pensé que si hacía caso a Sofi, realmente acabaría funcionando, pero mi teléfono me odia, Alex.

– Aunque me cueste reconocerlo, y si me haces repetirlo delante de ella lo negaré, estoy convencida que funcionará. Es Sofi, estás cosas se le dan bien. Supongo que sólo tienes que esperar un poco más. Gabi ha esperado tres días a que le escribieses. Tal vez lo haya pasado igual de mal que tú ahora.

– Yo no lo estoy pasando mal.

– Elena, tu teléfono estaba dentro de la nevera.

– Soy despistada… – le digo, mientras intento evitar su mirada.

– ¿De verdad me vas a salir con esas? – me pregunta atónita.

– No…es solo que…no se me da bien. Lo mío es correr y ver películas contigo, Alex.

– Bueno, por algo soy fan de Tarantino. La magia en el salón fluye, amiga – me dice mientras me sonríe con mucho cariño -. Pero en serio…tal vez deberías relajarte más y disfrutar de esto un poco. Alguien está consiguiendo que no puedas pensar con claridad. Tampoco es tan grave, ¿no crees?

A pesar que nuestros niveles de conversación nunca profundicen más de lo debido, Alex y yo siempre somos conscientes de lo que le pasa a la otra. Nos gusta mantenernos accesibles, por si la otra lo necesita. Hemos construido en la distancia y el silencio, nuestra forma más habitual de comunicación. Me encanta que siempre sepa darme ese espacio hasta que me sienta con fuerzas para decir las cosas con mayor claridad.

– A mí no me hace tanta ilusión parecer paranoica, la verdad – le digo un poco más tranquila.

– A la nevera tampoco. Creo que nunca va a superar el episodio del teléfono.

– Ja ja – le digo mientras pongo en su sitio a Yoda y me siento delante del ordenador -. ¡Oye! ¿Quién viene a la entrevista de esta tarde? – pregunto cambiando de tema.

– Dos chicas y un hombre han contestado al anuncio que puse en internet.

– ¡Alex, por favor, nada de hombres! Es un piso de chicas. Es bonito, está ordenado y además la decoración es femenina…

– En pleno siglo veintiuno la mayoría de hombres son bastante más ordenados de lo que piensas – dice Alex levantando las cejas.

– No me apetece nada, Alex…ya tenemos que lidiar con suficientes cambios.

– Como suponía que ibas a protestar, sólo he citado a las dos chicas hoy. Aún así, sería interesante que te leyeses lo que ha puesto. Parece muy simpático. Nos ha puesto su dirección de Facebook para que le cotilleemos. Además, en su perfil dice que le encanta el cine y los gatos.

– Ese hombre no quiere vivir aquí, quiere ligar contigo, Alex.

– ¿Por qué dices eso? – me pregunta incrédula, mientras alcanza una silla para sentarse delante de su portátil.

– Responder al anuncio no tiene nada que ver con buscar a alguien en Facebook. La gente sólo hace eso cuando está interesada en…

No tengo que acabar la frase para que ambas nos demos cuenta de lo obvio. ¿Cómo no lo he pensado antes? Gabi podría tener una cuenta y alguna foto visible en su perfil. ¿Podría? Es prácticamente marciano que no tenga una cuenta hecha. Seguro que la tiene. La cosa es averiguar, exactamente, el alias que utiliza para poder encontrarla. ¿Quiero encontrarla? ¡Claro que quiero! Aunque sólo sea para ver una foto.

– Dime que la has buscado en Facebook previamente, y me puedes enseñar una foto – dice Alex, sacándome de mi debate mental, mientras busca la página en el navegador.

– Si te digo la verdad, hasta este momento no se me había ocurrido – le digo un poco nerviosa.

– ¿Pero de donde has salido? Es prácticamente lo primero que hacemos el resto de los mortales – añade mientras pone mis datos para entrar en mi cuenta.

– Debería preocuparme que seas capaz de poner mi nombre y contraseña, más rápido que yo.

– Elena – dice Alex mirándome a los ojos – cada vez que hay que solucionar algún problema en tu cuenta me pides ayuda. Prácticamente tu cuenta es tan tuya como mía.

Tiene razón. Mis conocimientos sobre informática son básicos. El buscador de internet, Facebook, Word y mi reproductor de música cumplen todas las necesidades que necesito de un ordenador.

– Bueno, ya estamos en el buscador de desconocimos. ¿Cómo se apellida Gabi?

¿Cómo se apellida, dice? Debería ser algo básico. La atendí, la envié a rayos y le dí mi número de teléfono; por no hablar del tiempo que tuve delante de mi cara ese estúpido historial con su información personal. ¿Qué clase de mujer despistada soy? No me tenían que haber aprobado la licenciatura de medicina, es obvio que no cumplo los requisitos mínimos.

– No me puedo creer que no te acuerdes. Algo tiene que haber en ese cerebro tuyo – dice Alex incrédula.

– Estoy en blanco, Alex…

– Pues tenemos un problema, porque no creo que Facebook la identifique como: “lesbiana buenorra que se tuerce pies con facilidad”.

– ¡Díaz! ¡Se apellida Díaz!

– ¿La buscamos entonces como Gabi Díaz? Gabriela me parece muy serio para facebook.

– Sí, le gusta que la llamen así.

– ¡Ah! ¿sí? – me dice parando de escribir y girándose con cara de pícara – ¿A ella le gusta eso? ¡Estás hecha una ligona!

– ¡Quieres dejar de decir tonterías y buscarla! – expreso nerviosa mientras giro su silla.

– ¡Bingo! Existen cincuenta mujeres con ese nombre y ese apellido.

– ¿Cincuenta? Son un montón… – le comento mientras le cojo el ratón y empiezo a buscar entre todas las fotos.

Cuando descubro su foto, noto como me cambia la cara. Lo sé porque estoy mirando la pantalla del ordenador como si fuera sushi, sin prestar la mínima atención a las bromas de Alex. Instintivamente, muevo el cursor del ratón encima de su nombre. Hago click sobre su foto y el buscador nos envía a su página de perfil.

La foto que se muestra parece estar tomada por un profesional. Es una foto en blanco y negro que hace resaltar todas sus facciones. Gabi sale con la cabeza ligeramente agachada, mirando de frente hacia el objetivo. Está aún más guapa de lo que la recuerdo.

– ¿Es ella? – me pregunta Alex mientras alterna la vista entre la pantalla y mi cara –. Me voy a tomar tu mutismo repentino como un “sí”. ¡Madre mía, Elena, es un bombón! – me dice, intentando quitarme el ratón para saber si puede acceder a más fotos -. ¡Me temo que tiene su cuenta protegida, si queremos ver más, vas a tener que agregarla!

¿Agregarla como amiga? ¡Pero si ni si quiera ha querido contestarme por Whatsapp! Alex alucina.

– Sí, claro… ¿Y qué voy a decirle? “¡Hola! ¿te acuerdas de la doctora que te ha enviado un mensaje, que no has querido contestar? ¿Qué te parece si  nos hacemos amigas de Facebook?” – le digo a Alex llevada por el sarcasmo.

– Es Facebook, no tienes que decir nada. ¡Eso es lo mejor que tiene, es un simple click y el ordenador se encarga del resto!

– ¿De qué resto? Si quisiera agregarme o contestarme podría haber hecho ambas cosas, pero no, no quiere. Así que estamos perdiendo el tiempo – le digo mientras me apodero del ordenador y cierro mi cuenta.

– Elena…

– ¿Qué? – le pregunto mientras me levanto bruscamente, con clara intención de dar por finalizada la conversación.

– Sólo digo que es una pena…

Antes de que pueda lograr convencerme o utilizar su foto para apelar a mi juicio, me escabullo de su cuarto sin el menor ápice de culpa. Llego al salón y me lanzó sobre el sofá, sintiéndome pesada como una losa. Me tumbo de espaldas mirando al techo. No puedo dejar de pensar en esos ojos negros, desde que los he visto en la pantalla del ordenador. No se que es, pero no puedo quitármelo de la cabeza. Lo bueno es que ya se porque me he enfadado tanto con mi teléfono. En el fondo sabía que había algo en mí que no estaba funcionando de forma habitual, desde que ella ha aparecido en mi vida. Es como si descuadrase todas mis cualidades lógicas y consiguiese que perdiese mi capacidad de control. No me gusta, me hace sentir incómoda.

No se por que, al fin y al cabo solo pasamos unas cuantas horas juntas. Unos minutos del mismo aire, en el mismo sitio. Todo es demasiado absurdo para tener sentido.

Mi comportamiento me está desconcertando mas de la cuenta, aunque no debería ser así. Al fin y al cabo sólo estoy haciendo, en pequeña escala, lo que hago siempre. Aparcar todas aquellas cosas que pueden ser más de lo que creo que voy a soportar. Aparentar es lo mío, es mi recreo. ¿Habré perdido mi toque personal? Como me quiten mi credibilidad y mi entereza no me va a quedar nada a lo que aferrarme.

La gente se piensa que soy una concha fría, que estoy cerrada al mundo y que sólo me abro cuando quiero, pero es que el ruido de mi cabeza, a veces, es demasiado alto como para compartirlo con el resto. Simplemente no se muy bien como procesarlo.

Cierro los ojos y abro los brazos para sentir como pasa el aire a través de mis pulmones. Respiro profundamente intentado evadirme del mundo, hasta que el sonido del timbre me devuelve de golpe a la realidad.

Al llegar al telefonillo, noto una pequeña sacudida en mi trasero. Extrañada me giro, una vez he abierto la puerta, para comprobar si me he tropezado con algo. Al darme la vuelta, descubro que sólo es Alex.

– ¿No sabía que tenías la pequeña costumbre de tocarme el culo? – le digo un poco sorprendida.

– Alma de cántaro… Deberías notar la diferencia entre una palmada en el culo y la vibración de tú teléfono, ¿o es qué vives tan pegada a el, que no te acuerdas que lo llevas en el bolsillo del pantalón?

Rápidamente saco el móvil para averiguar, si por fin voy a encontrar el nombre que deseo leer, desde hace dos días. Cuando lo abro, se me acelera el pulso al llegar al buzón de mensajes. Sonrío mientras leo:

“Estás guapísima vestida de azafata. Me alegra leerte por aquí. Gabi.”

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Capítulo 8

  1. Bien, cuando he terminado de leer el capítulo me he encontrado a mi misma aplaudiendo como una gilipollas por que me ha hecho ilusión que haya contestado Gabi. Luego me ha dado pena por que se ha acabado 😦
    Así que genial por que emocionas al personal!

    Le gusta a 1 persona

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