Capítulo 7

No se como ocurre, pero siempre que montamos una fiesta se nos va de las manos. Por lo menos debe de haber unas setenta personas dentro de casa. Entre Paula, Alex y yo conocemos a bastante gente, eso es cierto, pero aquí hay individuos que no he visto en mi vida. Siempre pasa igual, a los madrileños nos gusta llevar a amigos a planes a los que no están invitados. El único problema es que está noche, la casa invadida por extraños es la mía. Menos mal que Alex no sabe calcular cantidades y ha comprado alcohol suficiente para sobrevivir a un Apocalipsis zombie.

Alex lleva toda la semana pendiente de que esto salga bien. Se ha preocupado de: llamar a los invitados, preparar la casa, comprar los víveres y conseguir que todo el mundo venga disfrazado con algo que tenga que ver con el tema de la fiesta: “Buen viaje, Paula”. Cada vez que Paula ha intentado objetar algo, Alex la ha ignorado con pericia.

Como buena anfitriona, Alex se ha tomado su disfraz súper en serio. Va vestida de mimo imitando a Bomb Voyage, uno de los malos de Los increíbles. Su disfraz, además de bien caracterizado, está compuesto al detalle. Desgraciadamente para la mayoría de la gente, su atuendo carece de sentido, así que ha estado invirtiendo parte de su esfuerzo, en explicar a cada invitado la relación de su vestuario con la temática de la fiesta. A todos menos a Lucía, que no ha parado de reírse desde que ha entrado por la puerta.

Paula lleva agarrada a una cerveza desde que ha salido de su cuarto. Va disfrazada de Arnold Schwarzenegger en Terminator. Desde hace dos cervezas no ha parado de decir “Volveré” a cada persona que se ha encontrado por la casa. Lleva puesto: una chaqueta y unos pantalones de cuero negro, una camiseta negra, la cara maquillada y unas gafas de sol.  Para redondear la jugada, Lucía ha decidido acompañarla disfrazada de Sarah Connor. Alex no cabe en si de la emoción.

En cuanto a mí, he optado por lo simple. Esta tarde estaba a punto de la desesperación, cuando he recordado la existencia de una falda azul de tubo que hay en el fondo de mi armario. Al pensar en ella he optado por disfrazarme de azafata de vuelo. Solo ha hecho falta comprar un par de complementos para darle sentido al atuendo: un sombrero de azafata azul marino y un pañuelo amarillo que llevo puesto alrededor del cuello. Junto con unos tacones, una camisa y un cinturón, he conseguido el efecto que necesitaba para dar el pego.

– ¿Por qué Sofi va disfrazada de cazafantasmas? – nos pregunta Lucía acercándose a Alex, Paula y a mí.

La pregunta de Lucía produce que nos riamos al instante. Sofi nunca ha tenido ningún problema en disfrazarse. Para ella es igual de válido que cualquier otro vestuario, mientras pueda estar guapa.

– Nada más verla le he hecho la misma pregunta – comenta Alex.

– Técnicamente le has preguntado “¿Estás buscando a Jacks o cazando fantasmas? – rectifico.

– Bueno, ¿tu has visto ese escote? – Pregunta Alex.

– Es difícil no mirar, la verdad – dice Paula apurando su cerveza.

– Si Bill Murray se hubiera puesto un mono así en Los Cazafantasmas 2 no hubiera habido una epidemia de fantasmas en Nueva York. Seguramente hubieran huido despavoridos en vez de soltar un moco radiactivo por Manhatan – comenta Alex.

Hay una parte de nuestros cerebros que ha aprendido a omitir ciertos detalles que da Alex cuando habla de cine. Es una técnica depurada con los años, de la cual Paula y yo estamos orgullosas.

– ¿Y qué os ha dicho? – pregunta Lucía, riéndose.

– Ha dicho que  siempre se encuentra fantasmas en todas las fiestas y que prefiere venir preparada – le aclaro riéndome.

– No tiene ningún remedio – dice Paula poniendo los ojos en blanco.

– Lo malo es que es plenamente consciente de sus facultades – añado.

Con su atuendo de cazafantasmas, ha conseguido reunir a un grupo de tres babeantes que no paran de insistir en conseguir su atención.

– ¿Crees que se tomará a alguno de ellos en serio? – me pregunta Alex dándole un trago a su copa.

– No – contesto convencida.

Unas cuantas horas después, la fiesta parece estar en su punto más álgido. Los invitados parecen estar cómodos y sin ganas de marcharse. Como no he tenido mucho tiempo para tomarme una copa con calma, puesto que dar una fiesta en casa a veces conlleva atender primero las necesidades de los demás, decido buscar un vaso limpio y servirme una copa de ron con limón.

Cuando llego a la cocina, directa al congelador para buscar hielo, me encuentro con Paula, Alex y Sofi.

– ¿Algún hombre interesante? – le pregunto a Sofi.

– Nada que merezca la pena.

– Yo que pensaba que alguno de los tres, tendría alguna oportunidad – dice Alex.

– Lo que tenían eran muchas ganas de mirarme el escote – dice Sofi.

– Normal… – añade Paula -. ¿De donde has sacado ese mono?

–  ¿Verdad qué me queda estupendo? Lo encontré en una tienda de disfraces y lo arregle un poco.

–  ¿En modo romperle la cremallera? – le pregunta Alex señalando su escote – Creo que eres la única persona de este planeta que conseguiría lucir el mono así.

–  Lo sé. Gracias por notarlo – dice Sofi orgullosa.

–  No hay nada peor que una mujer que sabe que es guapa. Para ligártela tienes que hacer lo imposible y además aguantarla – comenta Paula.

–  Amen, hermana – añado brindando con ella.

–  ¡A veces sois tan lesbianas! – dice Sofi – Por cierto, hablando del tema, ¿cómo va la cosa con Gabi?

Mientras le doy un buen sorbo a mi copa, caigo en la conclusión que aún no he contestado al último mensaje de texto, que me envió Gabi. Desde el primero que me envió hemos intercambiado tres mensajes más.

Después de recibir el primero, estuve unos días intentando encontrar el mensaje perfecto. Se me ocurrieron doscientas posibilidades espantosas, las cuales por su puesto descarté al instante de escribirlas. Al tercer día en un ataque de locuacidad escribí otro mensaje que tuve la indecencia de enseñar a Alex.

– Elena es perfecto envíaselo – me dijo sosteniendo mi móvil en sus manos.

– No puedo, es demasiado… ¿no crees? – le pregunté insegura.

– Todos son demasiado, Elena. Al final no envías ninguno y así llegarás a navidades sin atreverte.

– Es que no se que hacer.

– No te preocupes, yo me encargo – me dijo con seguridad.

Alex  se puso a mirar mi teléfono con un gesto muy extraño en el semblante. Debería haber sospechado lo que iba a pasar desde el principio.

– Ya está – me dijo al cabo de cinco segundos.

– ¿Qué está? – le pregunté con el corazón en un puño.

– Le he dado a intro y se lo he enviado – Alex me devolvió el teléfono, se puso los cascos y me sonrió como si me hubiera hecho el mayor favor de mi vida -. De nada, amiga.

Miré mi móvil con cara de estupefacción rogando al universo que aquello fuera una broma. Pero no. Dentro de los mensajes enviados estaba el mensaje que había escrito minutos antes.

“¿No me digas que habéis vuelto a quedar? ¿Y qué tal? Dicen que las segundas partes no son tan buenas…Hola a ti también. Elena.”

Estuve dos días enteros queriendo matar a Alex. Ella sin embargo se dedicó a mirarme con cara de póker como si aquello no fuera con ella.

– No se por que sigues con el mismo tema, Elena – me dijo un día en el salón – Llevabas tres días dando la plasta con el móvil. Sólo hice lo que había que hacer.

– Yo no te pedí que lo enviaras.

– No, solo te empeñaste en que analizara todos los mensajes que se te ocurrían.

– ¡Eso no fue exactamente así! – protesté sin credibilidad.

– Siempre has sido una mala mentirosa – me dijo mordiendo una manzana – Además si no fuera por mí, no te habría contestado ¿no?

Cuando Alex tiene razón, la tiene. Es así de trágico. A mi pesar esa misma mañana había obtenido la respuesta que había estado esperando durante cuarenta y ocho horas.

“Pues parece que después de todo, Olga, vuelve a tener novia. ¿Quién dice lo de las segundas partes? Es una pena… pensaba invitarte a una cerveza.”

– Ese ha sido el último mensaje que me ha escrito.

– Sí, eso me lo habías contado – me dice Sofi – pero… ¿no le habías vuelto a contestar?

– Sí…- le digo poniéndome un poco roja y acercándome a Paula.

Paula está bajando unos vasos de chupitos sobre la encimera. Ha sacado tres botellas diferentes y las está vertiendo sin ningún pudor, sobre los vasos.

– ¿Paula qué haces? – le pregunto completamente alucinada. Parece que esté poseída.

– Preparando chupitos, es evidente – me contesta concentrada.

– Ah…¿por qué estás usando tabasco?

– Porque estoy haciendo chupitos picantes.

– ¡Oye, un momento! No cambies de tema – me dice Sofi acercándose a la encimera.

– No lo estoy haciendo. Sólo intentaba averiguar si Paula está intentando matarnos.

Alex, Sofía y yo miramos, momentáneamente, los vasos completamente asombradas. ¿Desde cuando  Paula prepara chupitos? Lo peor es que tiene toda la pinta que vamos a tener que bebérnoslo.

– ¿Qué le dijiste? – me pregunta Sofía directamente.

– Nada…

– Le dijo, y cito textualmente, “Para eso primero vas a tener que pedírmelo” – interviene Alex, mientras coge un vaso de chupito de Paula y lo huele – Paula… ¿Por qué hay ocho vasos?

– Ya que estaba, no iba a hacer uno solo.

– Di que sí, mujer. Si vomitamos mejor que sea a lo grande – dice Alex pasándonos los vasos de chupitos, a Sofía y a mí.

Sofía se gira con la boca abierta  hacia mí, mientras acepta el vaso que le da Alex.

– ¿Quién eres y qué has hecho con la tímida de mi amiga? – dice Sofi sonriéndome con orgullo.

– ¿No se supone que era eso lo que tenía que hacer? – pregunto mientras cojo mi vaso de chupito – Llevas días diciéndome que no me corte. Que intente picarla, siendo directa. Pues eso he hecho.

– Alucino…- dice Sofi subiendo el vaso.

– Por nosotras, chicas – brinda Paula.

– Por nosotras – corrobora Alex.

Le doy un trago rápido, al brebaje desconocido, para que no me de tiempo a arrepentirme. Un sabor picante se me queda en el principio de la garganta. Me arden hasta las manos.

– ¡Por Dios Paula! ¿Qué le has echado a esto? – pregunta Sofi, intentado recobrarse.

– No seáis blandas y coged otro vaso.

– ¿Blandas? – pregunto confundida.

– La razón por la que no hay mucha ginebra en la fiesta, se debe a que Schwarzenegger estaba sediento – dice Sofi por lo bajo, mientras observamos como Paula se mueve extrañamente por la cocina.

– Este móvil de aquí está sonando ¿De quién es? – pregunta Paula cogiendo mi móvil con dos dedos.

– Es mío – le contesto acercándome a ella.

Miro mi teléfono sin ver ninguna llamada en la pantalla.

– Pero si no me está llamando nadie, Paula.

–  ¿A mi que me cuentas? Yo lo he oído sonar – dice poniéndose las gafas de sol.

Miro otra vez la pantalla y descubro un asterisco nuevo. Es un mensaje de texto.

– ¿Y esa cara de pánfila que estás poniendo? – pregunta Sofi con una sonrisa en la cara.

– ¿Es Gabi verdad? – pregunta Alex.

– Sí…

– ¿Qué dice? – Pregunta Sofi

– Dice: “Jajaja…perfecto. Lo tendré en cuenta. Eso sí, luego tendrás que cenar conmigo para compensar los inconvenientes. Gabi.”

Una sonrisa se me dibuja en la cara mientras me quedo mirando la pantalla. Se me sube el estómago y se me eriza la piel mientras alzo los ojos.

– Te has puesto colorada y todo – dice Alex poniéndome un brazo alrededor del cuello.

– ¡Que va! No seas exagerada – le digo a Alex bajando la mirada, sin poder borrar la sonrisa de mi cara.

– ¿Por qué no la llamas y la invitas a la fiesta? – pregunta Paula acercándonos el segundo vaso de chupito.

¿Invitar a Gabi? Solo de pensarlo se me hiela la sangre en el acto. ¿Cómo iba a invitarla? Son las dos de la mañana. No es hora de invitar a nadie a una fiesta. Mucho menos si la única forma que tenemos de comunicarnos es a través de mensajes de texto. Por no decir que…¿qué pasa si no quiere venir?, ¿qué ocurre si piensa que estoy deseosa de que venga a mi casa? Tal vez piense que mi única intención es llevármela a la cama.

– Paula, mujer – dice Alex – ¿no ves que está asustando a Elena? Parece que acabe de ver al Basilisco de Salazar Slytherin.

– No creo que sea una buena idea. Es muy pronto para eso – contesto con un hilo de voz.

–  ¿Y si le envías un whastapp? – pregunta Paula.

– No, eso supone abrir la veda a una comunicación cada cinco minutos – dice Sofi.

– ¿Entonces? – le pregunto perdida.

– Tienes que aguantar el pulso – me contesta Sofi – hasta que ella no cambie las tornas, tú tampoco.

– ¿Y no sería más fácil llamarla y ya está? – pregunta Paula bebiéndose de un trago el chupito que lleva en la mano – Vamos a ver… si te gusta descuelga el teléfono y habla con ella.

– Paula, esto lo hemos hablado  – le sentencia Sofi.

– Sí, sí…las normas del juego… bla ,bla… – añade Paula quitándose las gafas de sol – Me voy a buscar a mi maravillosa mujer, a la que puedo besar, llamar, y mandar emails sin que el mundo se caiga. Ahí os quedáis monadas.

– No sé vosotras, pero yo a esta versión de Paula la apadrinaba de por vida – dice Alex viendo como Paula sale de la cocina

– Mañana Lucía, se va acordar de nosotras – dice Sofi.

– Puedes contar con ello – le contesto.

Paula bebe en contadas ocasiones, pero las veces que lo ha hecho ha tenido efectos inesperados. La última vez fue en la noche vieja pasada. Hicimos una fiesta de vampiros en casa, donde solo se podía beber Bloody Mary. A Paula le gustó tanto la mezcla que vigiló su copa durante toda la noche. De hecho, en un momento determinado se enfadó con una amiga de Alex porque le había quitado su vaso, lo cual era evidente puesto que había dejado sus dientes de plástico entre los hielos.

La cara de asco de la amiga de Alex, al comprobar que Paula tenía razón, no se pudo comparar a la que puso unos segundos después; cuando Paula consideró de vital importancia meter la mano en el interior de su vaso para recuperar sus dientes.

Afortunadamente la amiga de Alex no se enfado mucho, además ver a Paula así era demasiado divertido como para tomárselo muy enserio. Aunque supongo que a ella no le hizo tanta gracia como a nosotras.

– Hagas lo que hagas no le envíes un mensaje hoy – me dice Sofi, mientras mira el interior de su vaso de  chupito con cara de asco.

– ¿Por qué? – pregunto.

– Porque después de estos dos chupitos, escribas lo que escribas va a ser una mala idea.

Las tres miramos los vasos con cara de confirmación.

– Podríamos tirarlos – sugiere Sofi.

– Pues a mí el primero me ha gustado – contesta Alex -. ¿Por qué brindamos esta vez? – pregunta Alex.

– Por mí – dice de repente Sofi – Se me había olvidado contaros que Nacho, mi representante, me ha conseguido una prueba para la próxima semana.

– ¡Ostras, que bien Sofi! – le contesto entusiasmada –. Eso es un notición.

– ¿De qué es la prueba? – pregunta Alex.

–  Pues la verdad es que Nacho no me ha contado mucho. Sólo se que van a sacar una nueva línea de ropa y que quieren a un grupo de modelos para promocionarla. Por lo visto va a ser una campaña con mucho presupuesto. Sería una oportunidad increíble – comenta Sofi.

– No se hable más – digo alzando el vaso – ¡Por ti, Sofi!

Después de unos cuantos chupitos innecesarios, salimos de la cocina dispuestas a reunirnos con el resto de personas que están en el salón.

Al llegar vemos como Paula está cantando con Lucía en el karaoke de la consola. Ambas están interpretando la versión más desafinada de Dancing Queen de Abba. Al verlas no podemos más que sumarnos a los vítores de los demás invitados.

Al terminar la canción, Paula, no satisfecha con la actuación anterior, retiene el micro para marcarse un solo de Roxete – Dressed for Success. Las carcajadas invaden el salón cuando empieza a bailar para Lucía declarándole amor eterno.

No se si es el alcohol, las canciones de karaoke, el micro que no para de pasar de mano en mano o Lucía mirando completamente enamorada a una versión lésbica de Arnold Schwarzenegger. Pero en un arrebato de seguridad y autoestima me siento completamente segura para mover ficha.

Sin pensarlo dos veces, hago todo lo que una mujer borracha no debe hacer. Cojo mi móvil y escribo un mensaje mientras me relleno una copa, que claramente no me hace falta. Antes de terminar de servirme la copa y poder arrepentirme le doy a la tecla de enviar.

A la mañana siguiente, salgo de mi habitación aún borracha, dando eses. Cuando abro la puerta me río recordando a Paula agarrada al micro. Creo jurar haber visto a Lucía tirando de ella para llevársela a su casa.

Lucía tuvo que decirle que seguirían de fiesta en otro sitio para que pudiésemos irnos a dormir. Como esté un tercio menos perjudicada que yo, hoy va a tener una resaca importante. Menos mal que existe el café.

Mientras ando hacia la cocina compruebo que el salón sigue en su sitio. Parece que haya pasado un tornado y haya dejado los muebles por equivocación. Está todo hecho un desastre.

Cuando llego a la cocina, encuentro la botella de tabasco sobre la encimera. Sólo mirarla me producen nauseas. Abro la nevera como puedo y saco la botella de leche para tomarme un café.

El ruido de la cafetera me despierta de mis ensoñaciones y de repente me acuerdo. ¡Ayer le escribí un mensaje! Sacando todo el equilibro que puedo apago el fuego y voy corriendo a mi cuarto en busca de mi móvil.

A pesar del máximo caos que se divisa en todo mi cuarto. El móvil está perfectamente visible encima de la mesa. Como no tengo la menor idea de lo que le escribí ayer a Gabi, me apresuro a comprobar hasta que punto el alcohol puede haberme jugado una mala pasada. Busco entre los mensajes enviados y no encuentro nada. ¿Cómo puede ser? Estoy convencida de que ayer le escribí algo.

Con una gota de sudor frío que recorre mi espalda y los ojos abiertos como platos voy al chat de mi móvil. Nada más abrirlo veo el nombre de Gabi en la lista de mensajes enviados. Para más consternación nada mas entrar descubro una foto que me hice anoche con Sofía, Alex y Paula. Las cuatro estamos abrazadas a modo de Selfie, cerca de una mesa llena de copas y alcohol. Debajo de la foto se puede leer:

cap6-3

“ Entonces tendré que llevarte a cenar, no hay más remedio :)”

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