Capítulo 6: Paula.

Lo mas difícil de mudarse es tener que empaquetar tu vida en un montón de cajas de cartón. Me siento como una extraña guardando mis cosas en recipientes tan impersonales. Menos mal que he hecho un montón de listas para acordarme de todas las cosas que tengo que transportar. Es posible que tenga que convencer a Lucía para que haga un par de viajes conmigo. Resulta irrealizable que pueda llevarme todo esto, yo sola. Lo va a hacer a regañadientes, estoy segura, pero lo hará. Además, tal vez así se calme un poco. Aún no ha procesado que me vaya a otro país sin haberlo hablado antes con ella. No he parado de discutir con Lucía desde entonces. Hemos tenido un par de conversaciones muy serias sobre el futuro de nuestra relación. Lucía no puede entender que me vaya a Londres. Aún tengo grabada en la mente la cara que me puso el otro día, cuando regresé de hablar con las chicas. Me fui directa a su casa después de quedar con ellas.

–  ¿Es que ya no estás enamorada de mí? – me dijo Lucía sentada en su cama, con los ojos rojos al borde de las lágrimas.

–  ¿Por qué dices eso? – le pregunté atónita. Verla así me estaba matando.

– Bueno… ¿qué quieres qué piense? Hace una semana estábamos hablando de irnos a vivir juntas y hoy tienes claro que te quieres ir a Londres.

– Tú te fuiste a Barcelona a estudiar hostelería y no pasó nada, Lucía. Sobrevivimos ese año perfectamente, igual que conseguiremos superar este.

– No es lo mismo – dijo enfadada, levantándose de la cama.

– ¿Por qué no es lo mismo?, ¿por qué está vez soy yo la que se va? – le pregunté molesta.

– Porque entonces tenía veintidós años. Eso fue hace cuatro años. Tú estabas en la universidad y las dos estábamos en un punto muy diferente.

– Eso es muy injusto – le respondí – para mí también fue difícil que te fueras, pero me aguanté. Lo llevé con una sonrisa en la cara porque sabía que estabas haciendo algo importante para ti y para tú futuro. ¿Es que acaso tu no puedes hacer lo mismo por mí?

– ¡Joder, Paula! Parece mentira que no lo entiendas…la mujer con la que quiero compartir mi vida, me está diciendo, de la noche a la mañana, que quiere dejar todo lo que ha construido para irse a otro sitio en el que no puedo estar, ni participar. Es obvio que pasa algo. Si no pasara nada, lo hubiéramos hablado como hacemos siempre. Puede que incluso tuviese la sensación que soy importante para ti, que me tienes en cuenta y que valoras mi opinión – Unas lagrimas empezaron a rodar por la cara de Lucía -. Lo que me está volviendo loca es saber que necesitas hacer esto sin mí.

– Lucía…

– No… ni Lucía ni historias, Paula.

–  ¿Cómo puedes dudar de lo que siento por ti? – le pregunté al borde de las lágrimas – Lo único que quiero es estar contigo.

– ¿Entonces por qué te vas?

– Porque necesito irme. Necesito hacer esto ahora o no lo haré jamás. Tengo veinticuatro años y me siento como si tuviera cuarenta. Tengo miedo de despertarme un día enferma o completamente perdida. Yo quiero estar contigo, Lucía, pero necesito contestar a algunas preguntas sobre quien soy antes.

Mis palabras resonaron como si hubiera caído un relámpago en la habitación y ambas comenzamos a llorar a raudales. A veces no basta con quererse. En algunas ocasiones sientes miles de cosas y no se arreglan y no bastan solo por sentir todo lo que sientes por alguien. Por eso me dolió tanto verla así.

– ¿Qué pasa si te vas a Londres y no vuelves?, ¿o si te vas y descubres que ya no quieres estar más conmigo?

Me acerque lentamente a Lucía. Le puse una mano en la cara y le limpie las lágrimas con todo el amor del mundo. La besé despacio, lentamente, intentando secar todas sus lágrimas y nuestras heridas con ese beso. Una sensación de angustia y desconsuelo me embargó el estómago. Capté su dolor con todo el pesar, con que lo estaba sintiendo.

– Te quiero ¿me oyes? – le dije casi en un susurro – necesito que entiendas con claridad esa parte.

Lucía me contestó con la mirada y asintió con la cabeza, antes de volver a besarme. Por su forma de tocarme se notaba que tenía miedo. Miedo por las razones equivocadas, porque si de algo he estado segura en mi vida es de lo mucho que estoy enamorada de ella. No querría ni por mil años tener una relación con alguien que no fuera ella. Pero igual que se eso, con total franqueza, también se que necesito hacer este viaje sola.

Conozco a Lucía desde los dieciocho años. Me enamoré de ella en un paso de cebra. Algo tan espontáneo y estúpido como eso. Me giré sobre mis pies para apretar el botón del semáforo y me encontré con Lucía. Levanté los ojos y descubrí a una chica alta y castaña que me estaba mirando. Sin pensárselo dos veces me invitó a tomarme una cerveza con ella. Yo tenía novia entonces. Una chica que había conocido en la universidad de psicología llamada María. Estaba prácticamente convencida que la quería. Hasta que levante la mirada y me encontré con los ojos de Lucía en aquel semáforo. Fui incapaz de decirle que no. Siempre me cuesta horrores decirle que no cuando me mira con esa cara de cordero degollado.

Me fui a tomar una cerveza con ella sin meditarlo. Eso ha sido con diferencia lo más inusual que me ha pasado en la vida, bueno…hasta ahora. Jamás suelo hacer algo que no tenga pensado. Me gusta hacer planes y organizar mi vida. Así las cosas son mucho más simples. Sólo hay que hacer lo que hay que hacer. Por eso esta situación está desbaratando tanto a todo el mundo. Es completamente extraño, viniendo de mi.

Me siento en mitad de mi cuarto, sobre mis rodillas, mientras observo lo desnuda que se queda una vida cuando la empaquetas. Alex, Elena y yo llegamos aquí hace mas de dos años. Me parece increíble que vaya a dejar mi casa, pero…necesito irme. Se que ha llegado el momento. Me he pasado todo mi vida haciendo lo que tenía que hacer. Soy una buena hija, una fiel amiga y una entregada novia. He estudiado, sacado buenas notas, trabajado sin apenas dormir y levantado un negocio. Me vienen todos estos pensamientos a la cabeza mientras paso los ojos por mi habitación y soy incapaz de encontrarme en toda esta línea de pensamiento. ¿Dónde me he quedado yo en todo el proceso? Es como si no hubiera hecho nada para mi.

Me he pasado dos años enteros viendo como Alex y Elena montaban fiestas, se disfrazaban, salían, se reían y se tomaban las cosas con calma. He visto como Sofi conocía a muchísima gente y se hacía a si misma. Hasta he vivido de cerca como decidió meterse en el mundo de la moda tras acabar el colegio. Tiene veintiún años, es casi una cría. Sin embargo ella no para de preocuparse porque es demasiado mayor para triunfar en las pasarelas. Aún así lo lucha con garras y dientes porque tiene claro lo que quiere conseguir. Hace unos meses se puso en contacto con un manager y desde entonces no ha parado de hacer castings. Me alegré tanto por ella… es como mi hermana pequeña. Demasiado espontánea y descuidada…me enternece muchísimo. A veces veo como mira a Elena y Alex, anhelando compartir lo que tienen y me preocupo. No puedo evitar sentirme culpable al irme. Tengo miedo que Sofi se quede un poco descolgada.

Sofi se ha pasado media vida persiguiéndolas para que cuenten con ella. Primero lo hizo literalmente, en el colegio. Coincidían en el trayecto del autobús y siempre se sentaba con ellas y con el hermano mellizo de Elena: Santi.

Si alguien llamaba la atención a los dieciséis años eran ellos . Dos mellizos morenos de ojos azules, atléticos y simpáticos. Creo que la única que no ha tenido claro jamás el atractivo que despierta es la propia Elena. Siempre tan tímida, tan observadora de lo que pasa a su alrededor sin apenas tomar partido. Para mí es casi natural verla escondida dentro de sus zapatos, mientras ignora lo que pasa en la tierra. Parece incapaz de hacer nada ni acercarse a nadie por miedo a ser rechazada. Es casi de otro planeta que le haya dado su teléfono a Gabi. Es la primera vez en muchísimo tiempo que la veo saliendo de su zona de confort. Me muero de ganas porque se deje de llevar. Lo va a pasar fatal, es una cobarde en potencia. Se pasa la vida teniendo miedo del mundo. Como conmigo… desde que se enteró de lo de Londres ha estado ignorándome con insistencia. Hasta hace dos días, que cansada de tanta espera decidí sorprenderla en el hospital e invitarla a comer.

– No me gustaría tener que irme sin que pudiésemos hablar antes – le dije por fin, mientras esperábamos a que nos trajeran la comida -. Se que esto está siendo muy difícil para ti, pero me encantaría que entendieras que no voy a desaparecer del planeta, sólo me marcho unos meses. Además las navidades están a la vuelta de la esquina. Se que debí deciros algo antes, es que …

– No sigas Paula – me interrumpió Elena de repente – no tienes que darme explicaciones. Me he comportado como una idiota. Lo siento mucho.

Elena levantó los ojos, con esa mirada azul tan desbordante que tiene, y me dibujó una pequeña sonrisa a modo de disculpa. La primera en diez días.

– ¿Cómo estás? – le pregunté intentando averiguar más, a sabiendas que ahora la barrera estaba algo levantada.

– ¿Cómo estoy? – me preguntó riéndose – Eres tú la que se va. Debería ser yo la que te preguntase eso.

– Bueno…yo he preguntado primero.

– Estoy bien. La noticia me cogió por sorpresa, eso es todo – me dijo con un gesto más relajado -. Sabes que me cuesta mucho los cambios. Supongo que soy una romántica. Siempre pensé que Alex, tú y yo moriríamos en ese piso. Tres viejecitas haciendo calceta en el salón.

– Pero si tu odias coser, no mientas – le dije  riéndome con ella -. Además… no creo que a Lucía le pareciese buena idea.

Elena frunció el ceño y me miró con cara de preocupación.

– ¿Qué ocurre Paula? El otro día os oí discutir por teléfono…¿estáis bien?

Resoplé fuertemente y me tomé un gran sorbo de la copa de vino que tenía delante.

– No está siendo nuestra mejor semana, la verdad. El sábado pasado estuvimos a punto de dejarlo.

–  No tenía ni idea de que estuvierais tan mal. Lo siento mucho.

–  Bueno…ha sido un poco difícil hablar contigo,estos días.

–  Lo siento. No he debido ayudar nada, en todo este caos.

–  Ya no tiene importancia – le dije alargando la mano para que me la cogiera con fuerza – lo que pasa entre Lucía y yo no es culpa tuya, Elena.  En realidad no es culpa de nadie.

– ¿Entonces? – me preguntó poniendo su mano encima de la mía.

–  Lucía piensa que mi viaje a Londres tiene que ver con ella. Piensa que si estuviera segura de lo nuestro no necesitaría irme a ningún lado. Así que una parte de ella es incapaz de aceptar que podamos estar en dos ciudades distintas y seguir con lo nuestro. Para ella lo que tendría más sentido sería dejarlo.

Le puse una mueca muy forzada a Elena, mientras se me llenaban los ojos de lágrimas. Sólo pensar en esa posibilidad hacía que me doliera el pecho y se me encogiera el estómago.

Elena metió una mano en su bolso y sacó un paquete de pañuelos, para ofrecerme uno.

– Tu bolso parece una parafarmacia – le dije sonándome los mocos, intentando ponerle una gota de humor al momento.

–  Lo sé, siempre está preparado para una emergencia – me dijo sonriéndome – ¿y tú qué quieres, Paula?

Me miro tranquilamente, mientras esperaba a que recompusiera un poco mi estampa. Lo bueno que tienen los silencios de Elena, es que consigue que te sientas en calma cuando las cosas se ponen tensas. Está tan acostumbrada a callar lo que le inquieta, que no le incomoda nada que tu también necesites tu tiempo para decir ciertas cosas.

– Yo quiero estar con ella. Estoy intentando hacerla entrar en razón. Intento aferrarme a la parte de Lucía que sabe que la quiero y que no duda de nosotras a pesar de la situación, pero…no puedo obligarla a que siga conmigo si piensa que la estoy traicionando o si cree que va a ser demasiado para ella.

– Ya… – me dijo Elena mostrándome apoyo.

Las lágrimas me volvieron a caer en cascada. Es increíble que aún así quiera irme. Es como si estuviera loca ¿Por qué me estoy haciendo esto?

– Se que no soy la más indicada para hablar de esto, solo vosotras podéis saber lo que pasa, pero… tal vez sea una cuestión de  tiempo. Lucía te quiere y no es tonta. Tarde o temprano entrará en razón. Estoy segura Paula. La mayoría de la gente se pasa la vida buscando algo parecido a lo que vosotras tenéis ¿Por qué iba a tirarlo por la borda por unos meses de distancia?

–  ¿Y si aún así me deja? – le dije con un nudo en la garganta.

–  Tendremos que darle una paliza, no nos quedará otra.

Una carcajada me salió de dentro de las entrañas. Ambas nos miramos y nos contagiamos al unísono. Elena puede ser increíblemente ocurrente cuando se lo propone. Tiene un don para hacer que te sientas mas a gusto en tu piel y quitarle hierro a algo dramático.

– No me imagino a Alex pegando a nadie – le dije aún riéndome.

– Se pondría su kimono de karate de cinturón blanco y amarillo y se pondría a cotillear con Lucía nada más verla.

– No parece un gran plan – le dije entre risas.

– Puede que no.

Me limpié la cara con la servilleta y miré a Elena algo más calmada.

–  Te he echado mucho de menos Elena – le dije entre risas.

–  Y yo a ti – me dijo sonriéndome sinceramente. – Y dime ¿has pensado ya cual va a ser tu disfraz para la fiesta del sábado?

–  Elena…- le dije de repente, algo asqueada – ¿por qué me hacéis esto? ¡odio disfrazarme!

–  Parece mentira que no conozcas a Alex. Cuanto antes te hagas a la idea, mejor será.

Así que aquí estoy, ordenando lo que puedo antes que lleguen los invitados de mi fiesta. Como no he podido convencer a Alex, he tenido que buscarme un disfraz. Supongo que hay cosas que no tienen solución.

Me levanto del suelo y voy directa a la mesa de escritorio que hay al lado de la ventana. Encima de la superficie hay un marco con una foto que me regaló Alex. Es de hace tres años. Alex, Sofía, Elena y yo fuimos al Círculo de Bellas Artes juntas y nos sacamos esta foto desde el tejado. Aquella tarde fue genial. Fue una tarde corriente pero disfrutamos más que nunca de nuestra amistad.  Una pizca de esperanza me embarga mientras sostengo el marco entre las manos. No se que me deparará este año pero se que ellas siempre estarán conmigo.

 

 

 

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