Capítulo 5

La casa donde vivimos, es como la mayoría  de las casas de Madrid para estudiantes. Al entrar por la puerta lo primero que se ve es un pasillo recto, que comunica con tres puertas a la derecha. La primera puerta lleva a una pequeña cocina. Tiene el suficiente espacio para cocinar cómodamente y además, al ser un primero, podemos disfrutar de un patio que da al interior del edificio.

La siguiente puerta da a un baño que raramente usamos para ducharnos, es demasiado pequeño para lavarse cómodamente, pero facilita la convivencia de tres mujeres. Sobra decir que a las ocho de la mañana existe una batalla campal para conquistar la ducha del otro baño. Siempre hay alguien que se queja porque otra se ha colado. He de reconocer que la apropiación indebida es mi especialidad.

El cuarto de Alex está justo detrás de la tercera puerta. Es junto al mío, una de las habitaciones más grandes de la casa. Su cuarto siempre tiene cosas por el suelo y muchos libros encima de la mesa, aunque ella dice que está ordenado. Está realmente convencida que dentro de ese caos existe un orden con sentido. Es difícil sentarse en la cama o en una silla para mantener una conversación, pero por lo demás es un espacio muy acogedor. Tiene una gran estantería llena de películas de autor y diversidad de géneros.

Encima de su cama hay un póster de Reservoir Dogs que compite con la imagen de What’s new pussycat de encima de su mesa.

Al final del pasillo está el salón. Es una habitación amplia con: dos sillones, una mesita de cristal, una alfombra, una tele de buena calidad que compró Alex (con su reproductor de DVD, por su puesto), una mesa de madera rectangular que utilizamos para comer  y cuatro sillas alrededor.

Desde el salón se puede acceder a una puerta que da a un baño grande y a las otras dos habitaciones. Uno es el cuarto de Paula, el cual está lleno de cajas apiladas unas encimas de otras. Solo de mirarlas en el suelo, me entran ganas de llorar.

El otro cuarto es el mío. Al abrir la puerta me lo encuentro como siempre. A diferencia de la habitación de Alex, mi cuarto tiene una estantería pequeña llena de libros. Muchas novelas que me he leído y otras que nunca terminaré porque soy incapaz de hacerlo. Odio tener que seguir leyendo un libro que no me gusta. Para mí los libros tienen un margen de treinta páginas, si no me gustan ahí se quedan. Hay muchas maravillas que descubrir para esforzarme en perder el tiempo con algo que no me interesa.

Al lado de mi estantería tengo dos pies de guitarra que abrazan dos de mis mayores tesoros: una Crafter electroacústica negra con la que empecé a tocar, y una Les Paul Epiphone naranja que es el centro de todas mis devociones.

Cuando llego a casa, después de un día largo, me encanta soltar mi bolso encima de un puff azul, que me regalo Paula, lanzar mis zapatos y tirarme encima de la cama. No existe mucha distancia entre la cama y las guitarras, así que si necesito pensar con urgencia siempre puedo recurrir a ellas y tocar notas sueltas para tapar el ruido que hay en mi cabeza. Cuando esto no funciona, salgo a correr. Me pongo una camiseta ancha, unos pantalones de gimnasia y una sudadera que me permita esconder mi mp3. La música tiene un efecto redentor en mí. Libera todas mis endorfinas y consigue mecerme como un bebé.

En la habitación todo está aparentemente ordenado y organizado. Si no me conocieses y entrases por primera vez te daría la sensación de estar en una estancia recogida y limpia. Pero si miras bien, puedes descubrir las trampas.

En mi cuarto nunca hay ropa por el suelo, porque antes de salir hago un ovillo y la escondo corriendo dentro del armario. La mesa de estudio que hay pegada a la ventana, no tiene papeles visibles porque están estratégicamente escondidos dentro de los cajones. Todo tiene su rincón necesario para pasar inadvertido antes los ojos de los demás. No obstante, si mi madre hubiese entrado en mi cuarto ahora mismo, sería capaz de desmontar mis escondites en menos de cinco minutos. Era una de sus especialidades favoritas.

A veces simplemente vienen así, recuerdos sin más. Sin ninguna lógica ni sentido. Se cuelan sobre mi mente pequeñas ventanas de algo que fue. De cómo era. De cómo solía tratarnos a mi hermano Santi y a mí. No tiene ningún sentido. Realmente nada de lo que le pasó tuvo sentido.

Un buen día vivíamos los cuatro en la misma casa, y al otro estábamos solos. Fue como si tuviésemos que hacernos mayores de repente. Mi padre se quedó como inerte. Se convirtió en una pieza más del salón, en un mueble. Una parte de él se murió con ella. En cierta forma, una parte de todos nosotros se quedó en aquel accidente. Por eso nunca hablamos de ello.

Santi a veces no puede resistirlo y se queja. Se enfada porque papá y yo hemos optado por la misma estrategia: cavar en un pozo todo nuestras emociones hacia ella y su muerte. A veces lo siento como un enorme baúl de recuerdos, sólo para mí.

¿Qué les iba a decir?, ¿qué fue una egoísta?, ¿qué esas cosas no se hacen?, ¿que nadie se sube un día al coche, se va a trabajar y no vuelve? ¡No! Esas cosas no se dicen. Ese tipo de cosas no ayudan a nadie.

Cuando mi madre decidió que no iba a volver a vernos, yo ya vivía con Alex y Paula. Solo había pasado dos meses desde que nos instalamos, cuando un camionero que conducía ebrio no tuvo reflejos suficientes para pisar el freno. De eso ya hace dos años.

Desde entonces Santi y yo apenas hemos hablado. Un par de llamadas cortas al año y ya está. Supongo que estará furioso conmigo. No le culpo, desaparecí. Me dolía horrores ir a casa de mi padre y ver como Santi hacía esfuerzos inhumanos para que pareciera una situación normal ¿Cómo narices iba a serlo? Mi madre se había ido.

Laura, así se llamaba mi madre, era toda fuerza. Un día con ella y caías en redondo. Tenía un imán especial atrapa personas. Una fuerza que podía convencerte de cualquier cosa. Era tan fácil quererla como odiarla. Supongo que era tan cabezota como yo. Éramos como dos gotas de agua. De tal palo tal astilla.

Cuando recuerdo este tipo de cosas, me odio a mí misma por ser tan cobarde. Por haberme ido. Por haber pasado tanto tiempo sin: hablar, llorar, ni gritar, ni casi reírme. Por dejar que mi hermano se quedara con un padre destrozado en  esa casa, hasta que no pudo más.

No se que hubiera sido de mí sin mis amigas. Alex se portó como nadie. Me veía vegetar de un lado a otro y nunca dijo nada. Me dio todo el espacio del mundo para que respirase. Ni si quiera Paula supo echarme la bronca por no llorar. Nunca podré agradecerles lo que han hecho. Lo que me han acompañado este tiempo.

Han pasado más de setecientos cincuenta días y a veces me encuentro en el mismo punto que estaba cuando se fue. Bueno, mi vida es distinta. Yo soy distinta. Han pasado muchas cosas. Pero en cierto modo, en días como este, parece que el dolor asfixie de la misma forma.

Un día sin saber por que volví a reírme. Me acuerdo impolutamente por como me miró Sofi. Salí del hospital y me fui a su casa. Vive a dos manzanas del trabajo, así que se ha convertido en una costumbre pasarme a comer sin avisar, el día que me apetece. Aquel día no contó nada especial, pero de repente me encontré disfrutando de una conversación. Me acuerdo perfectamente porque me cogió la mano y me sonrió muy enérgica. Como si se alegrase de verme de vuelta. Me prometí a mí misma que no volvería a alejarme tanto y les haría más partícipes. No tiene sentido tanto dolor para nadar sola.

A veces, cuando en momentos así se me olvida, me acuerdo de ellas. Recuerdo a Paula frustrada por ver como su amiga de la infancia cada vez estaba más lejos. Para ella también fue muy difícil. Laura era como su tía. Nuestras madres se conocían de toda la vida. Prácticamente crecimos juntas. Aun así, nunca le dejé expresar su dolor. Jamás le permití equipararlo al mió. Como si fuera más especial que nadie. Como si la única que tuvo la desgracia de perder a alguien importante, hubiese sido yo.

Supongo que por eso mi padre me odia tanto. No puede soportar que el amor de su vida le haya abandonado y que su hija sea incapaz de empatizar con él. Lo que no sabe es que eso no es cierto, le entiendo demasiado, ese es el problema. Me hubiera cambiado mil veces por ella y eso me desgarra. ¿De qué sirve sentir todo esto? ¿de que sirve querer tanto a alguien si luego se sube a un coche y se va?

Repaso mi cuarto poco a poco y lo siento en mis manos. Tengo los puños cerrados y hace rato que estoy petrificada en medio de mi habitación sin decir nada. Para evadirme y volver al mundo, voy respirando despacio apoyando las manos sobre la estantería hasta que logro estabilizar el ritmo de mis inspiraciones y mis aspiraciones.

Como estoy algo nerviosa y no veo la posibilidad de calmarme fácilmente, opto por cambiarme y salir a correr. Antes de irme veo luz en el cuarto de Alex y decido llamar a la puerta.

– Adelante – dice Alex.

– Me voy a correr un rato, necesito moverme – le digo señalando el mp3.

– ¿Demasiadas cosas en las qué pensar? – me pregunta Alex.

La complicidad que he construido con Alex a lo largo de los años, sigue sorprendiéndome. Es capaz de leerme sin esfuerzo.

– He visto las cosas de Paula apiladas en miles de cajas de cartón…una semana y se va Alex – le digo mirando hacia otro lado.

A parte de mi incapacidad para aceptar halagos, está esta cosa del llanto. Raramente lloro delante de alguien. Supongo que por eso me gusta tanto correr. Corro de todo lo que me asusta y de lo que me duele. Eso lo sabemos tanto Alex como yo, pero se que ninguna va a decir nada. Nos cuidamos demasiado para hacernos esos feos.

– Sí…las he visto. Ha debido de salir a cenar. Le haremos una gran fiesta ¿vale? – me dice sonriéndome para que me anime.

– Por supuesto – le contesto poniéndome los cascos – Hasta luego.

En cuanto salgo a la calle y empiezo a moverme, las cosas se ven de otra forma. Necesito pensar con claridad. Necesito respirar y sentir que mi pulso se acelera por cosas que puedo controlar. Necesito poner la música a todo volumen y dejar que Voxhaul Broadcast, Fanfarlo y Muse se muevan por mi. Necesito quedarme sin aliento y desbocarme en cada paso. Correr es algo que produce un efecto concreto en mi cuerpo. No tiene ningún misterio. Me acelero, puedo ir más despacio. Me canso, puedo andar. Me quedo sin aire, me pido más.

Subo la música cuando suena Youth de Wild Club, e instintivamente me acelero. No es una canción excesivamente movida pero me provoca ganas de correr con las manos abiertas gritando por la calle. Me sienta bien.

Esto lo puedo manejar. Puedo con ello. Puedo con mis pies que se mueven cuando yo se lo digo. Puedo con mi cabeza que va muy deprisa. El único problema es mi estómago, está demasiado virulento. Está intentándome decir algo, pero no quiero oírlo, así que busco  algo más intenso en mi mp3. Shut up and Dance de Walk The Moon servirá por el momento.

Así poco a poco el ruido se va disipando y da paso a cosas más banales que empiezan a venir a mi cabeza. Lo primero que tengo que hacer esta semana es poner un anuncio en Internet, para comenzar a ver gente que esté interesada en vivir en nuestro piso. Hablaré con Alex a la vuelta para que se encargue. El ordenador es una prolongación de sus manos. No tendrá problemas.

Tuerzo por José Abascal y me siento un poco más tranquila pensando que las cosas no son tan trágicas. Es más el agobio por lo desconocido que el trabajo que supone. Supongo que es la incertidumbre de los cambios. Siempre me descolocan. En la mayoría de las ocasiones tiendo a enterarme de lo que está pasando con meses de retraso. Después todo va bien. No se me dan mal los sitios nuevos. Aparentemente parezco cómoda y desinhibida, pero me cuesta mucho adaptarme. Es como si tuviese la sensación constante, de que cuando todo está en su sitio alguien fuese a venir a desordenarlo. Si  no fuera porque soy una inconformista me volvería loca.

La fiesta del sábado que viene es un asunto sencillo. Solo tengo que llamar a todo el mundo y hacer una compra, con alcohol suficiente, como para retener a Paula en España. Siento una punzada de dolor al recordar que dentro de unos días no estará, e instintivamente acelero el paso. Últimamente la gente que quiero se marcha. Como estoy corriendo cuesta arriba, el esfuerzo y el viento frío producen el efecto que necesito. Sudo para no llorar.

Cuando creo que no voy a poder taparlo, empieza a sonar Here comes the sun de The Beatles y automáticamente sonrío. Salvada por la campana. Se me había olvidado que tenía está canción almacenada. Hacía mucho tiempo que no la oía.

Con la primera frase me acuerdo de Gabi. Hace cosa de dos días me mandó un mensaje de texto. Al principio, no logré identificar muy bien que estaba pasando. Tuve que estrujarme la cabeza para encontrar el icono dentro de mi móvil. Aún recuerdo la cara de estupefacción que se me quedó cuando me encontré un numero desconocido y un mensaje que decía: “Estoy sentada en una terraza con: Olga, su ligue y la chica de La Almudena. ¿Si salgo huyendo acabaré en Urgencias? :)…Hola.”

¿Por qué narices entre todas las cosas que podía haber hecho, para ponerse en contacto conmigo, me ha escrito un mensaje de texto? Alex tiene razón, está perfectamente calculado, pero…¿para qué?

Intento ponerme en la piel de Sofi para saber que me diría “¡no le contestes en seguida Elena!”, la veo diciéndomelo y sonrío. ¿Aguantaré? Tres días seguro que no, pero uno entero o con suerte dos, sí.

Si hubiera querido llamarme podría haberlo hecho. No tenía más que utilizar el mismo número que le di para hablar conmigo. ¿Entonces porque enviarme un mensaje de texto? Hace unos años, cuando nadie tenía Internet en el móvil, hubiese sido normal. El sistema de flirteo básico era ese. ¿Pero ahora? Puede ahorrarse dinero y tiempo. Ahora todo es demasiado accesible. Sabes al instante si la otra persona ha leído lo que te ha puesto. Lo cual te dice, también exactamente, si le ha apetecido contestarte o no.

Supongo que un mensaje mantiene más a flote el misterio. La pelota queda completamente en mi campo. Ahora yo también tengo su número y podría llamarla. No obstante va lista si cree que me va a pillar con una jugada tan pobre.

Puede que necesite un par de clases teóricas con Sofi, pero no pienso ponerle las cosas fáciles porque haya decidido ponerse en contacto conmigo. Además, no me conoce. Para ella, en un principio, tengo las mismas competencias que ella. Así que… ¿por qué no? ¡Juguemos!

No tengo ni idea que le voy a contestar, pero tengo claro que si quiere mandar mensajes de texto, para no arriesgarse a una llamada de teléfono o a una conversación de chat, yo no voy a ser la primera en variar las reglas.

Tuerzo por Vallehermoso más segura de mi misma. Que Gabi me haya enviado un sms y que tenga la pelota en mi campo me hace sentirme inesperadamente confiada.

Tras noventa minutos de ejercicio, una ducha relajante y una buena cena, caigo casi rendida encima de la cama. Una pequeña sonrisa se dibuja en mi cara mientras pienso que tal vez ella, este pensando ahora mismo, cuando me pondré en contacto con ella. Las cosas son distintas, el mundo no para de moverse. Tal vez el error esté en pensar que avanzar es seguir siendo los mismos.

Mañana será otro día, diferente pero no peor.

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6 comentarios en “Capítulo 5

  1. Me ha encantado hasta ahora lo que he leído, veo que practicas deporte cerca de mi curro ajajaj, espero con muchas ganas tu siguiente capitulo, no he leído tan rápido y con tantas ganas desde hace tiempo.

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  2. Me encanto… muchas gracias!! Me fascina los descriptiva que es tu narración, la forma en la que Elena comparte su pensar, su sentir, su forma de ver el mundo, la forma en la que haces que esos sentimientos sean, por un momento, del lector.
    Espero con ansias el próximo capitulo!!

    Le gusta a 1 persona

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