Capítulo 4

Mientras les explico todos los detalles de mi noche de guardia, noto como sus ojos hacen miles de gestos. Se miran entre ellas, sueltan alguna risa, exclaman y me estudian expectantes. No me van a interrumpir, pero se que se mueren por hacerme preguntas. Lo percibo y me inquieta. No estoy acostumbrada a estar en este lado. Generalmente me siento cerca de Alex y le hacemos un tercer grado a Sofi, con muchas preguntas que suelen dificultar, a propósito, su discurso para que se enfade.

En vez de eso, esperan a que termine. Como no he dejado de hablar en diez minutos, cuando  estoy a punto de terminar mi monólogo le doy un buen sorbo a mi cerveza, para sentir mi boca y tranquilizarme.

La terraza está soleada y la mesa refleja la luz haciendo que me molesten los ojos. Puede que esté nerviosa, pero me tomo mi tiempo para pestañear y quejarme. Antes de proseguir, busco mis gafas de sol en mi bolso. Tardo en encontrar un pequeño estuche en el fondo de mi bolso rojo, porque como siempre está abarrotado de cosas innecesarias, pero que considero imprescindibles: una crema de manos, las llaves, el móvil, un bolígrafo, una libreta, cacao para los labios, algo que parece una entrada de cine, un fular y mis amadas gafas de sol.  Me pongo mis gafas wayfarer negras, acomodándome en el respaldo de la silla de mimbre.  Ahora me parece más cómodo, más seguro. Así que me apoyo en el, sintiendo que puedo soltar la tensión y concluir la historia.

– Eso fue todo. Le escribí mi número en su brazo y volví a mi puesto de trabajo – digo cruzando los brazos. Intento por todos los medios restar importancia a lo que acabo de contar, como si aquello no fuera conmigo –. No he sabido nada de ella en dos días, así que no creo que me llame.

– Lo dudo bastante, Elena – dice Paula.

– ¿Por qué? – le pregunto desconcertada.

– Es obvio que le gustas – dice Sofi, dándole un buen sorbo a su cerveza –. Además sólo han pasado dos días, lo lógico es que si se plantea llamarte lo haga hoy o mañana.

– No se yo…- digo algo desconfiada.

– ¿Por qué dices lo de los dos días? – pregunta Alex.

Alex parece un poco ida. Está haciendo un esfuerzo por seguir la conversación pero se le nota a leguas que su cabeza está en otro lado.

– Es una regla universal que hay que esperar tres días para llamar a alguien que te gusta.

– ¡Venga ya! – dice Paula – cuando conoces a alguien que te gusta, eso da igual.

– Eso lo dices tú, que llevas con Lucía media vida– alega Sofi.

A estas alturas todas deberíamos saber que Sofi se siente cómoda con el arte de la seducción. Su forma de expresarse, de vestirse siempre a la última, cuidando hasta el último detalle, te muestra lo cómoda que se siente ligando. Es algo que le sale natural.

Supongo que me siento intimidada. La mayoría de las veces no pongo nada de interés en conocer a nadie. En cierta manera es como si no fuera conmigo. Paula dice que soy demasiado exigente, que la mujer que busco no existe, pero es que no puedes enamorarte de Mario Benedetti a los quince años, leer dos mil veces su poema “no te salves” y después conformarte con cualquiera que aparezca. Francamente, no tengo ninguna necesidad de estar con alguien por tener pareja. Aparte, alguien tiene que compensar que Sofi se acueste con media humanidad.

– ¿Estas diciendo que existen unas normas establecidas, para coquetear con alguien? – le pregunto escéptica, a Sofi.

– Algo así…tampoco se trata de que tengas que hacer siempre lo mismo, pero si de respetar los principios básicos.

– Tómanos por tus pequeñas padowans, maestra Jedi – dice Alex mirando a Sofi y haciendo un gesto de cabeza.

– ¡Mira que eres payasa, Alex! –dice Sofi riéndose y dándole una palmada en el brazo – Lo que intento decir es… ¿qué hubieras pensado si te hubiera llamado nada más llegar a su casa?, ¿o saliendo del hospital?, ¿o si lo hiciese diez veces al día siguiente?

– Pues que realmente se había hecho daño en la cabeza, además de torcerse un tobillo – le contesto.

– A eso me refiero. Existen normas para que tu interés, sano por alguien, no suene desesperado o lunático.

– Estoy demasiado verde – digo recolocándome en la silla, sintiéndome algo embarazosa -. Con los hombres era mucho más fácil. Me llamaban, contestaba y ya está.

– Era mucho más fácil porque te daban igual – me dice Paula cogiéndome de la mano -. Entonces…¿cómo es físicamente?

– Es guapísima… – No hace falta decir más, está por toda mi cara. Se me nota un montón que no me deja indiferente – es como jugar en primera división, cuando tienes un quipo de segunda.

– ¿Cómo que un equipo de segunda?, ¿no te miras al espejo por las mañanas? – mi cara de incredulidad no debe ayudar mucho, por lo que Paula decide seguir –. Elena, eres un bombón pero te empeñas en ser la única persona del planeta, en no verlo.

Tomo un trago larguísimo de mi cerveza, para no mirar a mis amigas compulsivamente asentir. Me da mucha vergüenza recibir un halago. Sobre todo aquellos que van dirigidos a mi aspecto físico.

– No hay forma. Es como hablar con la pared. Siempre que sale este tema reacciona igual – dice Sofi, mientras intenta sacar de su bolso de cuero marrón, un pequeño espejo de mano –. Anda cógelo ¿qué ves?

– ¿Falta de sueño?…tengo unas…

No es necesario que diga nada más, se que Sofi va a cortar cualquier comentario que pueda hacer sobre el tema. Por eso, a pesar de sentirme increíblemente violenta estudiándome tras el espejo, mientras seis ojos me exigen que me vea, dejo las gafas de sol encima de la mesa y lo hago.

¿Qué veo? Una chica normal. Con el pelo moreno muy ondulado, de una melena que cae con mucho cuerpo por encima de los hombros, de ojos azules, con una tez blanquecina y una sonrisa bonita. Sí, es agradable la sonrisa que devuelve el reflejo. Eso puedo permitírmelo.

Lo que no cuenta el espejo es que esta chica que refleja es insegura, delgaducha e incapaz de bailar. Por no decir que su interés por la moda, radica en las cuatro prendas que suele repetir de su armario: vaqueros ajustados de pitillo, una camiseta, una chaqueta que combine y unas bailarinas o converse.

Nada que no se vea todos los días. Solo yo.

– Me veo a mí – le digo devolviéndole el espejo y sonriéndole para que acepte mi sonrisa como finalización de la conversación.

– Eres imposible – dice Sofi –.

– Sí, no se porque te empeñas – añade Alex mientras se suena la nariz.

– ¿Y a ti qué te pasa? – le pregunta Sofi – ¿te encuentras mal? Estás muy rarita.

La falta de contestación de Alex, es la gota que colma el vaso. Aprovecho que Sofi ha sacado el tema para volver a indagar en el asunto.

– Alex, ¿qué ocurre? – le pregunto impacientada – Y por favor, no me digas que no pasa nada porque está claro que algo te preocupa. Llevas toda la tarde intentando entrar en la conversación pero no estás aquí.

Alex mira a Paula de reojo intentando pedirle permiso.

– ¿A qué viene tanto dramatismo? – pregunta Sofi expectante.

Paula coge la mano de Alex fuertemente y la sonríe de una forma cómplice, intentando que se tranquilice.

– Esta mañana he recibido una llamada de la universidad de Londres. Me han aceptado para empezar un postgrado en psicoanálisis.

– ¿Cómo? – pregunta Sofi completamente perdida.

– ¿Y eso que tiene que ver con que Alex esté triste? – pregunto desconcertada.

En realidad me temo la contestación. No se muy bien porque he hecho esa pregunta. No se muy bien porque pregunto cosas que no quiero saber. A veces me cuesta más de lo normal ser consciente de lo que está pasando cuando está pasando. Por eso una parte de mi cerebro se abstrae, como si necesitase un lugar seguro en el que refugiarse mientras siento aproximarse una jarra llena de agua fría.

Me quedo completamente muda mientras veo las miles de gotas separadas caerme. Lo veo todo en cámara lenta, siento como mi piel se va mojando y se empapa por algo que no se de donde viene. No lo entiendo, me veo empaparme y aún así soy incapaz de reaccionar al chaparrón.

– En dos semana tengo que mudarme a Londres.

Voilà, ahí esta el agua helada.

– No entiendo nada Paula – le digo por fin – ¿Y el despacho? , ¿qué vas a hacer con todos los clientes?

– Los derivaré, somos cuatro…las demás pueden encargarse de ellos mientras no estoy.

– No tenía ni idea que quisieras irte – dice Sofi.

Miro a Alex bajar la cabeza y por un momento me hierve la sangre. ¿Alex lo sabía? ¿Desde cuando sabe esto? ¿Por qué narices no ha sido capaz de decirnos nada?

– En realidad no quería…quiero decir, nunca me lo había planteado como algo serio. Hice la solicitud casi por casualidad. Nunca pensé que me atrevería.

– ¿Cuánto tiempo te vas? – le pregunto seca.

– Un año… en principio. – me contesta Paula mirándome a los ojos.

– ¿En principio? – pregunta Sofi.

– La formación es de hasta dos años. Puedo hacer un curso y recibir un título o quedarme y completar el master.

Aquello es demasiado. No tiene ningún sentido.

– ¿Por qué Londres? – le pregunto con un resquicio de voz – Aquí en Madrid hay miles de escuelas. Si quisieras formarte en psicoanálisis podrías hacerlo perfectamente aquí.

– Es una buena universidad y una gran oportunidad – me contesta Paula.

– No lo entiendo – digo cruzando los brazos y mirando hacia otro lado -. ¿Has hablado con Lucía?

– Sí, está mañana.

– ¿Cómo está? – le pregunta Alex preocupada

Paula se recuesta en su silla y coge un poco de aire.

– Está hecha una furia. Le había contado esto como una posibilidad hace meses, pero no se imaginaba que fuese algo tan cercano. Mucho menos que tuviera un tiempo de reacción de dos semanas.

¿Meses? Cuanto más escucho menos entiendo. Paula es de las personas más cuadriculadas que conozco, es tan planificadora, que puede llegar a concretar un plan meses antes de llevarlo a cabo. No es nada propio de ella, pensar algo tan gordo y no comentárselo a nadie. Por más que pienso en ello, menos sentido le encuentro.

– ¿Va todo bien entre vosotras? – le pregunta Sofi.

– Sí, todo está genial de verdad.

– ¿Cómo lo vais a hacer?, ¿es que acaso vais a romper? – pregunta Alex preocupada.

No me extraña que Alex se lo pregunte. No he pensado en otra cosa desde que lo he oído. Una relación a distancia es muy difícil de sobrellevar. Por no decir que todas adoramos a Lucía. Llevan juntas siete años. Hay una parte de mí que no sabe asociar a Paula sin Lucía. ¿Es que acaso, la pareja más estable que conozco, tiene dudas?

– No, claro que no, Alex. Yo quiero muchísimo a Lucía y se que ella también a mí. Sólo tiene que procesar la noticia. En cuanto a como nos apañaremos tenemos que discutirlo, claro, pero supongo que yo me iré y ella se quedará… Lucia no se puede mover de Madrid, acaba de abrir el restaurante.

– ¿Por qué no nos habías dicho nada? – le pregunta Alex.

– Pues no lo sé…ni si quiera sabía que necesitase irme  – contesta Paula.

– Sigo sin entender por que Londres – digo mosqueada –. Lucía debe de estar destrozada, pensando que la vas a dejar.

– Elena…- trata de interrumpirme Alex.

– ¿Qué? – pregunto tosca.

–  Te estás pasando – me dice mirándome fijamente.

– ¿Tú lo sabías? – le pregunto finalmente a Alex.

¿Cuándo pensaban contármelo?, ¿cuándo llegase a casa y viera un cuarto vacío?, ¿cuándo viera un montón de bolsas en casa?, ¿o cuando fuese demasiado tarde y ya se hubiera ido?

Pensar en esa imagen hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Me muerdo un labio y aprieto las manos para que no se note.

– Alex se ha enterado esta mañana cuando he llamado a Lucía. Se ha enterado por casualidad. Quería aprovechar que habíamos quedado todas para contarlo, Elena.

Pero da igual, la noticia me tiene tan calada que no soy capaz de reaccionar. Paula lo sabe, me conoce. Por eso no me presiona, me mira de reojo y me deja sola con mis pensamientos. El hecho de que lo haga y me conozca de esa manera, me enfurece aún más ¿cómo se supone que voy a vivir sin ella?

Sofi alarga la mano y se la tiende a Paula, sin pensárselo dos veces.

– Pues te vamos a echar un montón de menos – añade con media sonrisa – pero me alegro muchísimo por ti. Además, Londres está aquí al lado.

– Sí – añade Alex sentándose mas cerca de ellas –. Aparte…hace mucho tiempo que no damos una fiesta.

– No, Alex, no – dice Paula con cara de preocupación.

– ¿Estás de broma? – pregunta Alex atónita. – No te vas a ir a Londres sin que organicemos algo.

– Por favor Alex, nada de disfraces. ¡Prométemelo!

Es inútil, Alex ya no la está escuchando. Da igual lo que le diga o proteste Paula, Alex montará una fiesta y lo hará de la forma más épica que se le ocurra. Será su forma de llevar la noticia y aceptar que Paula se va en quince días. Las demás sin embargo…a las demás simplemente nos tocará soportarlo y poner buena cara, mientras Paula decide irse a buscar lo que quiera que esté buscando.

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