Capítulo 3

 

Se todo lo que le faltaba a mi vida antes: pasión. La certeza absoluta de que algo no estaba. De que aquello no funcionaba conmigo. Estaba como aterciopelada, por un mundo que me debería encantar pero que no cuajaba conmigo. A veces sigo teniendo esa sensación, la de no encajar del todo en ningún sitio.

He vivido múltiples situaciones que deberían haberme hecho estremecer y ninguna de ellas consiguió completamente hacerme perder la cabeza.

Durante la mayor parte de mi vida fui un producto perfecto. Era lista, atractiva, trabajadora y algo graciosa.¿Entonces qué pasaba? ¿Qué me hacía levantarme por las mañanas, después de un encuentro íntimo y sentirme vacía? ¿Qué me pasaba?

Tardé mucho tiempo en poder contestar a esta pregunta: lo único que pasaba era yo. Tan simple y tan difícil al mismo tiempo. Podía pintarlo de mil formas, esconderlo de muchas otras, pero todo aquello que me habían dicho que era o que debía ser, simplemente no existía.

Fue duro al principio. Verte al espejo con miedo te deja helada. Verte al espejo desnuda por primera vez desde que naces, te deja completamente desamparada. De la noche a la mañana, con veinte años, tuve que sacar todo el valor del mundo para empezar a conocerme. Supongo que es como despertarte de un coma y descubrir el mundo, desde unos nuevos ojos. Empezar de cero sin ser lo suficientemente cruel como para juzgarte. Y cuando digo cruel me refiero precisamente a eso, porque no nos engañemos, podemos ser mas crueles con nosotros mismos, que el peor de nuestros enemigos.

Antes que nadie pudiese empezar a juzgarme, lo hice yo. ¿La verdad? Lo hice con saña y con reiteración. Tarde horas de insomnio y días de pesadillas con temblores, en permitirme sentir ciertas cosas. Empecé como un acorde desafinado, sonando fatal a pesar de mis esfuerzos. Con arranque fui sacando sonidos armónicos, pero siempre con mucho cuidado para no perderme, para saber donde estaba. Cuando los sonidos fueron saliendo solos, empecé a escuchar metódicamente la música. La escuchaba tanto y tantas veces que dejaba de tener sentido. Tuve que sacar mucho autocontrol para dejarme volar, para dejar de controlar. Basé mi descontrol en mi autocontrol, una estupidez que me caracteriza.

Un buen día me permití empezar a ser yo misma y desvelé mi principio de verdad. Me adentré con pies de plomo en casa de Paula y le solté, lo que para mi era la mayor de las bombas del universo: Elena Navarro era y es homosexual.

Cada vez que comparto esta información de mi misma, me tengo que armar de fuerzas para no desarmarme. Intento inventarme un mundo donde la gente se sienta cómoda y lo entienda, a expensas de que esto pueda o no sentarme mal. Es como si los demás tuviesen el privilegio de ser los primeros; como si los demás tuvieran el derecho de cambiar la importancia de lo que significa esa información. Como si alguien decidiera nacer o no heterosexual. ¿Algún heterosexual se ha preguntado alguna vez la fortaleza que se necesita para pasar por todo esto?

¿Cuánta gente de este planeta tiene el valor para levantarse un día y decidir ser franco?, ¿ser coherente? ¿Cuanta gente atraviesa un mundo así para enamorarse? Adoro ser lesbiana por esto. Adoro estar sentada aquí recordando esos días, porque se que todo lo que venga ahora, todo lo que me espere desde el día que decidí ser yo misma, sólo puede aportarme autenticidad.

El otro día en el hospital, fue la primera vez en mucho tiempo en que me permití ser yo misma. Puede que no signifique nada. Seguramente a tenor de los acontecimientos, sería una locura pensar que algo podría ser diferente. No creo que un buen día, entre los tres cientos sesenta y cinco que son iguales, vayas al mismo sitio de siempre y algo sea distinto, pero ¿y si lo fuera?

Después de todo no fue tan mal. Estuvimos tres horas hablando de nada en urgencias. Incluso me permití el lujo de alargar el momento fuera de lo razonable. No fui a por las placas hasta que no tuve otra opción. Ella lo sabía, supongo que también como yo, pero no parecía importarle demasiado. En lugar de eso, aceptó el café de buen agrado y evadió el hecho, de que estaba estirando el momento para pasar unas horas más con ella.

Al final tuve que levantarme, no me quedó más remedió. De camino a rayos me encontré con Olga y su ligue. Desvié mi trayectoria a propósito para verlas, no me pude resistir. Además como no sabían quien era, pude observarlas mientras simulaba rellenar una serie de datos.

– Acabo de ver a tu amiga en la sala de espera. – le dije a Gabi nada más volver a Urgencias.

– Debe de estar aburridísima. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

– Unas tres horas – le dije mirando el reloj, algo avergonzada. –Pero tranquila, está bien.

– ¿Cómo lo sabes?

– Bueno…está dándose el lote con su ligue, en la sala de espera.

La risa de Gabi me contagió al instante. Tiene una risa enorme, de estas que llenan una sala entera y consiguen arrastrarte a los dos segundos.

– A la que no he visto es a tu ligue. Tienes que contar unos chistes horribles – le dije sentándome en la camilla.

– Eso parece – me dijo entre risas –. Aunque la entiendo, Olga, puede ser una auténtica lapa. Yo también me hubiera ido.

– En fin…-le dije intentando controlar mi risa – Tengo tus pruebas. Está todo bien. Tienes un esguince de grado uno, sin ningún hueso roto. Te voy a hacer un vendaje compresor para inmovilizar la zona. No deberías mover el tobillo en dos semanas.

– Vale – me contestó con un tono serio.

– ¿Tienes unas muletas o alguien que te pueda dejar unas?

– Sí, creo que sí.

Le apliqué el vendaje a Gabi con cuidado. Cuando terminé, fui a por una silla de ruedas para que pudiera salir del hospital sin problemas. En vez de llamar a un celador para que se encargara de ella , decidí acompañarla yo misma. Fue absurdo, lo sé, pero quería asegurarme que estuviera bien.

Cruzamos la puerta de Urgencias hasta donde estaban Olga y su ligue. Afortunadamente estaban sentadas tranquilamente cogidas de la mano. El nivel de intensidad había bajado unos cuantos decibelios. Cuando nos vieron salir se levantaron en seguida a recibirnos.

– ¿Cómo estás? – le preguntó Olga a Gabi, nada más cruzar la puerta.

– Perfectamente – contestó Gabi desde su silla –. Elena me ha cuidado fenomenal, ¿verdad Elena?

– ¿Qué te ha dicho? – me preguntó Olga con cara de preocupación – espero que no te haya dado la paliza. Gabi puede ser muy intensa si se lo propone.

– ¡Oye! – protestó Gabi con falso enfado – no le he dicho nada.

– Ya…seguro.

– Por si no lo recuerdas, estoy en una silla de ruedas por tú culpa, Olga.

– ¿Por mi culpa?, ¿pero como puedes tener tanto morro?

– Gabi está bien – contesté por fin. Verlas discutir me estaba divirtiendo enormemente. Se notaba que entre ellas había complicidad – . Se ha torcido el tobillo. Necesita reposar dos semanas.

– Suerte con eso – dijo Olga exasperada –. Es un culo inquieto, si consigue sentarse será un milagro.

Empujé la silla de ruedas dando a Olga las riendas del asiento. Un pellizco de pena me pinchó el estómago mientras soltaba mis manos.

– Pues tienes que tomártelo en serio, si quieres curarte el tobillo del todo. Sino te volveré a ver por aquí dentro de un mes – forcé un tono serio, en mi mas malogrado rol de médica, mientras intentaba convencerme a mi misma, que aquello sería una idea horrible y desafortunada para ambas -. Podéis salir por la puerta de enfrente. Dejar la silla en la entrada y ya me encargaré de recogerla después.

– Muchas gracias por todo Elena – dijo Olga tirando de la silla.

– Sí, gracias Elena – dijo Gabi mientras Olga tiraba de ella.

Me quedé quieta, con una sensación de alegría y pena, viendo como Olga orientaba la silla hacia la salida. Antes de que pudiera despedirme de ellas, Gabi se adelantó.

– Oye, no quisiera sonar pretenciosa pero…no me gustaría que este fuera, el segundo teléfono que se extraviara esta noche… sólo me queda un tobillo sano.

Una carcajada se me escapó al instante. Parecía que después de todo no tuviese tan mal humor.

– Pues menos mal que no le has dicho nada… – dijo Olga resoplando.

La sonrisa de mi boca fue todo lo que supe contestar. Metí la mano en mis bolsillos, saqué el bolígrafo de mi bata y le escribí mi número de teléfono en el dorso de su brazo.

Desde aquello, han pasado dos días. Cuarenta y ocho horas, lo suficientemente largas, como para analizar lo que había ocurrido desde miles de primas distintos. Sea como fuese, ahí estaba yo. Sentada en una de las miles terrazas de Madrid, pensando sobre el sábado.

– Hola Elena, siento el retraso – me dice Paula, mientras me saluda dándome un abrazo.

La mañana del domingo, después de haber recuperado las horas de sueño, lo primero que hice fue encender el móvil para charlar con mis amigas. Necesitaba contarles lo que había pasado. Como el Chat del móvil no fue suficiente, decidimos quedar para ponernos al día. Para variar había sido demasiado puntual.

– ¿Llevas mucho tiempo esperando? – dice Paula tomando asiento.

– Sólo quince minutos, no te preocupes.

– Supongo que hay cosas que no cambian – dice mientras se mete una almendra en la boca.

– ¿Cómo está Lucía?– le pregunto para desviar la conversación.

– Volviéndome loca.

– ¿Y eso?

– No para de acumular pasteles en la cocina, Elena. Como siga así voy a terminar con obesidad mórbida.

Lucía es cocinera. Tiene un restaurante pequeño en el centro de Chueca que se llama Apetece. El local tiene bastante éxito para solo llevar abierto seis meses. Los fines de semana es prácticamente imposible conseguir mesa. Por suerte para nosotras, somos amigas de la dueña.

– No comas pasteles – le digo entre risas.

– Es imposible negarse. Yo creo que simplemente no me quiere y está buscando una forma sutil de decírmelo.

– Ya veo los titulares: “Una mujer mata a su novia de gastroenteritis, por no saber como romper con ella” – dice Alex, incorporándose a la conversación.

Alex tiene los ojos rojos. Tiene la cara hinchada y lleva un pañuelo usado en interior de la manga. Le gusta guardarse los pañuelos de papel ahí, cuando está constipada o ha estado llorando. Le da un abrazo eterno a Paula, antes de abrazarme a mí. En cuanto pongo los ojos sobre ella, me desvía la mirada al instante.

– ¿Qué te pasa?, ¿has estado llorando? – le pregunto preocupada.

Como no me contesta, y Alex no sabe mentir, la retengo en mi abrazo para que me lo cuente. Baja la cabeza intentando restarle importancia. Mira a Paula de reojo, como si ella también supiera algo que me estoy perdiendo.

– No me pasa nada, de verdad. Es que he estado haciendo limpieza en el cuarto y tengo alergia al polvo.

Alex no ha tenido alergia en su vida. Como mucho a las películas de serie B, pero al polvo ni por asomo. Además, en todo el tiempo que nos conocemos, jamás la he visto hacer una limpieza a fondo un domingo. Antes se pegaría un tiro en el pie que perder una mañana de sueño. Me resulta rarísimo que no quiera compartir lo que le preocupa, jamás consigue guardarse su inquietudes más de dos segundos.

– ¡Hola pérfidas! – dice Sofi sonriendo al llegar.

Hay una parte de mí, que siempre se sorprende al ver a Sofi. Es objetivamente radiante. Paula dice que en el fondo siempre he estado algo enamorada de ella. Supongo que a su manera es verdad. Tampoco es que tenga grande historias con las que comparar. Nunca he estado enamorada de nadie.

De todas formas aquello fue hace mucho tiempo. La típica situación adolescente. Vas a una fiesta, bebes más de la cuenta, te ríes con tus amigas, le das un beso a tu amiga borracha y te vas. Les pasa a la mayoría de niñas adolescentes que pasan por un momento de incertidumbre sexual. Lo único es que en mi caso la incertidumbre me duró un poco más, hasta convertirse en algo crónico. Aún recuerdo lo helado que se me quedo el cuerpo, después que Sofi me besara. Para ella no fue más que un juego. Algo que hace siempre. No le dio ninguna importancia. Tan pronto me dio un beso, como se abalanzó sobre el primer hombre que encontró. No tiene remedio, a veces puede ser la mujer más egoísta del mundo.

– Sofi, retrasándose sólo quince minutos… pellízcame Paula, debo de estar soñando – digo levantándome a saludar a Sofi.

– ¡Graciosilla, ella! – dice mientras me abraza con fuerza –. Además no he sido impuntual, sólo he llegado cinco minutos tarde.

– Eso es verdad – dice Alex mientras pide una cerveza – tienes un problema con la puntualidad Elena.

– ¿Cómo es posible que viváis juntas y lleguéis con una franja de media hora de diferencia? –. Nos pregunta Sofi, perpleja.

– Pacífico acuerdo entre compañeras – mientras le contesto, no puedo obviar acordarme de Sheldon Cooper y su agreement roommate…veo demasiadas series frikis con Alex.

Alex se ríe ante mi comentario. Parece que la cerveza y la conversación la están animando un poco. Me alegro, no soporto verla así.

– ¿Cómo? – pregunta Sofi perdida.

– ¿Nunca has viso The Big Bang Theory? – le pregunta Alex incrédula.

– No – contesta Sofi.

– Pues es muy buena – dice Paula.

– A veces se me olvida por que te hablamos, rubia.

Son como un matrimonio viejo, por más que se empeñen en lo contrario se pasan la vida discutiendo.

– Será porque en vez de ver la tele, salgo a dar una vuelta – le contesta Sofi, robándole un sorbo de cerveza a Alex -. Pero vayamos al punto en cuestión – dice Sofi fijando sus ojos en mí -. ¿Qué pasó el otro día en el hospital?

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