Capítulo 2

Llego al área de urgencias más dormida que despierta. Empujo la puerta algo corta de reflejos, intentando por todos los medios que no me de en la cara. Miro en el interior de la sala buscando al paciente. Un pie amoratado con una bolsa de hielo superpuesta, me da la pista que necesito para saber hacia donde debo dirigirme. El pie está en la última cama de la sala. Los separadores entre pacientes, me impiden ver nada más que una pierna morena con un pie en alto.

Me acerco con pesadez y desgana, mientras veo como la pierna cada vez se hace más larga. Aquella pierna parece no tener fin. Por lo menos deber pertenecer a alguien que mida alrededor de 1,75 cm. La piel morena de la pierna me guía a unos shorts vaqueros ceñidos a la cadera y una camiseta de noche negra sin mangas. Sigo subiendo por unos hombros escondidos detrás de una gran melena castaña. El color del pelo resalta con la tonalidad de la piel y deja al descubierto unas clavículas marcadas y femeninas. Unos ojos oscuros y profundos me inspeccionan interrogantes cuando me poso sobre ellos. Sobresaltada, doy un pequeño respingo sobre mi sitio. Estaba tan absorta mirándola que no he tenido en cuenta lo indiscreta que estaba siendo.

    – Hola – Dice la desconocida sonriendo por mi reacción.

Me pongo roja al instante. Mi pequeña torpeza, lejos de molestarla, parece divertirla abiertamente. Aparto la mirada bruscamente, intentando por todos los medios que se me note lo menos posible lo avergonzada que me siento. Busco un taburete cerca de la camilla para sentarme a su lado y tener algún pretexto para hacerme la interesante.

    – Hola – Le contesto carraspeando un poco – Soy la doctora Elena Navarro.

Algo parecido a una risa sale de su boca mientras tomo asiento. Está observándome detenidamente con cada gesto que hago.

    – Creo que te has sentado encima de mi camisa – dice señalando el taburete.

Cierro los ojos y aprieto la boca como reacción. “Mierda”, pienso para mis adentros. Me levanto del taburete, roja como un tomate, y cojo su camisa. Un aroma a cítricos y suavizante me aturde mientras le acerco la blusa. El olor me embriaga sin permiso, poniéndome un poco más colorada de lo que ya estoy. Huele increíblemente bien.

– Lo siento mucho – le digo intentando salir del paso – No la había visto.

– Tranquila, no pasa nada – Me contesta haciendo una mueca con media sonrisa. Tiene los ojos abiertos y un gesto divertido en el semblante. Algo me dice que está disfrutando de mi evidente ineptitud. Antes de que el silencio consiga matarme del todo, estira su mano y me la tiende con un gesto confiado – Encantada de conocerte Elena, soy Gabi.

Alargo mi mano y estrecho la suya sin dejar de mirarle a los ojos. Es guapísima y lo sabe. Tiene unas facciones perfiladas y tersas, una sonrisa amplia y unos ojos marrón azabache que calan cada célula de mi cuerpo. Me mira de una forma penetrante sin disimular. Como si quisiera colorarse con los ojos dentro de mi cabeza y saber quien soy. Es increíblemente intimidante.

– Dime Gabi, ¿qué le ha pasado a tu pie? – digo intentando desviar la conversación, mientras me escabullo del apretón de manos.

– ¿Conoces el bar “La Almudena”, que está en Chueca? – me pregunta de repente.

Me quedo completamente atónita ante su pregunta. No tengo ni idea, a que viene esto. No sólo porque no tiene nada que ver con su lesión, sino porque La Almudena es un bar de ambiente nuevo que han abierto en Chueca. Se ha puesto de moda hace unos meses. ¿Me está preguntando esto, por como la he mirado cuando he llegado?¿Me habré pasado de la raya?, ¿o es que está intentando averiguar sutilmente, cual es mi orientación sexual?

– He ido esta noche con mi amiga Olga – Gabi me interrumpe antes que sepa que decir. Resoplo para mis adentros un poco más tranquila -. El bar estaba llenísimo, casi no se podía estar.

– Ya… – le contesto cruzando los brazos y abriendo los ojos. La situación me parece tan surrealista que solo puedo dejarla hablar para saber que está pasando.

– Cuando hemos ido a pedir unas copas, hemos visto a una chica al otro lado de la barra. Es un poco tímida ¿sabes?

¿Por qué narices me está contando esto?

– ¿La chica? – le pregunto aún más confundida.

– No – dice soltando una pequeña risita – mi amiga Olga. Le da mucha vergüenza acercarse a alguien que le gusta. Me ha costado un montón convencerla para que hablase con ella.

– ¿Y lo has conseguido?

– Claro – dice irguiéndose en la camilla con orgullo – aunque me ha tocado aguantar a su amiga de rebote.

No se porque estoy escuchando tonterías a las cuatro de la mañana que no tienen nada que ver con mi trabajo, sentada en frente de una extraña que me tiene completamente perpleja. Generalmente no lo haría. Contestaría con evasivas y acabaría centrando el tema en sus síntomas. Así podría acabar pronto y volver a mi pasillo, a mi café. Pero ella…ella me tiene completamente intrigada. Tal vez por eso, en lugar de frenarla, meto las manos en los bolsillos de mi bata y le pregunto invadida de curiosidad.

– ¿Le has hecho la cobertura?

– Ha sido un acto de amor – me contesta poniendo los ojos en blanco.

– ¿Por qué?

– Es que no era para nada mi tipo. A mi me van mucho mas las morenas de ojos claros.

El comentario hace que me suban los colores en el acto. Lo ha dicho refiriéndose a mí, no tengo ninguna duda. Lo sé porque se ha puesto sería y está observando mi reacción. ¿Está intentando probarme o es que quiere jugar conmigo?

– Comprendo – le digo levantándome de mi silla y acercándome a su pie.

– Lo siento, ¿te he incomodado?

– No, que va – le contesto mintiéndole y tocándome el pelo.

– En realidad el problema es que la chica y yo no teníamos nada de que hablar. ¿Sabes cuando haces un chiste y la otra persona, no se ríe porque no lo capta?

Sí, soy plenamente consciente. Es algo que me pasa a menudo y algo que suele crisparme con facilidad. Paula suele decir que soy una contadora de chistes nefasta, no le falta razón, por ello no suelo contar muchos chistes públicamente, aunque eso no es lo que me molesta. Lo que hace que pierda la paciencia y de una conversación por imposible, es tener que explicar algo que me parece evidente. En el humor es igual, si tienes que revelar un chiste, te lo cargas. Sobre todo porque resulta muy tedioso intentar hablar con alguien, y darte cuenta que no es capaz de seguir tu razonamiento mental. Me resulta muy difícil entenderme con alguien a ese nivel, porque en ese tipo de introspección compartes algo más que una broma. Das algo de ti, de tu mundo común con el otro. Eso me pasa muchísimo con Alex. A veces no tenemos que explicarnos nada, simplemente nos reímos porque ambas estamos pensando en lo mismo.

Supongo que Gabi debe referirse a algo parecido. No poder hablar con alguien porque no te siga, es hablar en dos idiomas distintos. Me la imagino por un momento, intentando romper el hielo con varias bromas sin ningún éxito y la imagen me relaja un poco.

– Tal vez tus chistes no sean tan buenos – le digo tratando de recuperar mi sitio.

Gabi levanta las cejas y me mira fingiendo sorpresa.

– Una cosa es que mis chistes sean horribles y otra que alguien no entienda mi humor – me contesta sonriendo.

– Ya, claro… – le digo sarcástica.

¿Soy yo o estoy coqueteando con esta mujer? Después de tantos años de insistencia, Sofi tiene que estar orgullosa. Sólo hace falta un día entero de insomnio para que pueda atreverme con tanta osadía.

– ¿A ti no te aburre?

– ¿El qué?, ¿qué no entiendan mi humor? – le pregunto completamente desconcertada.

– No, bueno… me refiero a la dinámica. Ir a un bar y encontrarte siempre el mismo juego: beber, ligar, sexo…

– ¿Qué tiene de malo? – le pregunto intentando seguir su hilo mental.

– Es sólo que después de un tiempo carece de interés ¿no crees?

– Si es lo que buscas, no tiene porque.

– ¿A ti te funciona? – me pregunta intrigada. Su tono de voz denota ganas de saber y un cierto tono de decepción. No hay ápice de juicio en su expresión.

– A mi no, pero no estaba hablando de mí. Me refería en general.

– ¿Y cuál es tu opinión? Me interesa.

Nunca me he considerado una persona puritana ni mucho menos, pero me cuesta bastante hablar de ciertas cosas con gente con la que no tengo confianza.

– Yo creo que depende de lo que necesites.

– ¿Estás intentando escurrir el bulto? – me pregunta extrañada.

– No – le contesto un poco turbada.

– ¿Entonces?, ¿te da vergüenza?

¿Pero esta tía de que va? ¿Primero me tira los trastos y ahora me pone contra la pared? Se me tensa la espalda y se me endurece la mandíbula con sólo mirarla. Estoy moviendo inquietamente mi pie derecho mientras la veo poner una cara de amplia indiferencia. Esta mujer está jugando conmigo, es evidente, ¿pero por qué? Resoplo bruscamente y cruzo mis brazos.

– No me da vergüenza – digo mirando hacia otro lado, un poco tosca –. Para mi es una cuestión de quien, no de donde y cuando.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que no me acuesto con alguien por tener un trofeo más en una estantería.

– ¿Estás diciendo que yo si? – me pregunta levantando las cejas. Hay un cierto tono de broma en su voz, como si no me acabara de tomar en serio.

– No lo sé, ¿es así? – le pregunto mordazmente.

– No… por lo menos ya no.

– ¿Antes sí?

– Mm…puede – dice trazando una sonrisa pícara – pero no te hagas una idea equivocada, entiendo lo que quieres decir.

– ¿Y que crees que quiero decir? – le pregunto un poco crispada.

– Necesitas conectar con alguien primero, es innegable.

Vuelvo la mirada hacia Gabi intentando averiguar como puede funcionar su cabeza. No parece darle ninguna importancia a lo que acaba de decir. Como si fuese una verdad lógica que no necesitase ninguna explicación.

– Eso lo buscamos todos – digo un poco sonrojada. Una parte de mi se avergüenza por haberse visto expuesta –. No tiene ningún misterio.

– No lo creo. Hay mucha gente a la que le da igual.

– ¿A ti te da igual? – le pregunto llevada por la curiosidad.

– No, ¿no es evidente? – me pregunta relajando el tono de voz. No hay dureza en su expresión.

– No, no lo es…cada persona es un mundo. Además ¿Por qué te interesa tanto lo que yo piense?

– Supongo que me produces mucha curiosidad – dice con un gesto sincero.

Se hace un pequeño silencio entre nosotras. Una sensación extraña me invade de cuajo y me hace quedarme quieta. La tensión de mis hombros se suelta ligeramente, mientras noto como todos mis sentidos se ponen alerta. La miro desconcertada apoyada en su camilla y algo en mi estómago se mueve un poco. ¿Quién eres?

– Lo que está claro es que un bar da para lo que da. Tampoco puedes pretender, que alguien te hable de Schopenhauer a las tres de la mañana – dice de repente.

– Pues es una pena… El arte de tener razón es un libro estupendo.

– ¿Te gusta Schopenhauer? – me pregunta incrédula.

– Sí – le contesto asintiendo mientras me río.

– ¿He dicho algo gracioso? – me pregunta desconcertada.

– No, perdona. Es que me encanta ese libro.

Mi padre solía regalarnos libros todas las navidades. Le divertía enormemente lanzarnos pequeñas indirectas a través de la lectura. En plena adolescencia decidió que El arte de tener razón, era la mejor literatura que podía ayudarme. Siempre he sido un hueso duro de roer y con dieciséis años, aún lo era más. Lo discutía todo.

A él le pareció divertidísimo regalarme ese tratado. Yo por mi parte me lo tomé como una ofensa personal. Aún así me lo leí entero y me encantó. Sobre todo una de las premisas del libro, en la cual plantea que no siempre el conocedor de la verdad es el que se lleva la razón en una discusión. De esta manera se puede dar el caso en el que tengas objetivamente la razón, sobre algún hecho, y pierdas una discusión por no saber exponer tus ideas con brillantez y elocuencia. Un mejor orador puede quitarte la razón aunque tu dispongas de la verdad, y llevársela él, por argumentar su realidad mejor que tú. Siempre me ha hecho gracia saber que puedo tener la razón y no por eso llevármela o jugar a llevármela y no tenerla. Es como si a pesar de todo, pudiese controlar lo que ocurre y decidiese si entro o no en el debate. Me divierte horrores esa idea.

– Deberías haber sido tú, la que hubiese estado en el bar esta noche – dice adoptando un gesto serio.

El comentario es intencionado y directo. No se si lo hace como parte de una seducción estudiada o como una habilidad natural que posee. Sea como sea me atrapa y me suspende. Tiene una facilidad pasmosa para cortarme el aliento con una frase espontánea.

Para paliar mi confusión y sentirme más ubicada me acerco el taburete. Tomo asiento y le miro el pie. Necesito concentrarme en algo que me ayude a bajar el ruido que está haciendo mi cabeza. Levanto la bolsa de hielos y me encuentro un pie más que hinchado. Estoy convencida que en cuanto lo mueva un poco le va a doler.

– Espera, aún no he terminado de contarte la historia – me dice antes de que ponga mis manos encima -. Sino… ¿cómo vas a saber que le ha pasado a mi pie?

– Mm… perdona… – le contesto levantando mis manos de una forma exagerada – prosigue por favor.

– Pues por muy extraño que parezca, después de dos horas enteras de conversación, Olga no fue ni capaz de pedirle el número de teléfono.

– Vaya – añado con un cierto tono de pena.

– Sí… Las chicas se terminaron marchando y, como Olga no estaba muy animada, decidimos volver a casa.

– No me puedo creer que lo dejarais pasar – le digo un poco defrauda por el final de la historia.

– Es que no lo hicimos – dice sonriendo-. Después de un rato andando por Gran Vía, nos las volvimos a encontrar. Estaban en la calle a punto de subir a un autobús. No me lo pensé dos veces, me adelante a las protestas de Olga y eché a correr.

– ¿Y qué pasó?– le pregunto atónita.

– Que me tropecé estrepitosamente contra un bordillo justo cuando iba a llegar a la parada. Me pegue tal golpe que las chicas se bajaron del autobús para ayudarme.

Se me escapa una carcajada imaginándome la situación.

– No te rías, es obvio que me hecho daño – dice en broma señalando su pie.

– Me estás intentado decir ¿que estás en el hospital por ayudar a tu amiga a ligar?

– Sí, eso parece.

Por más que me guste escucharla y estar aquí sentada observándola, tengo que trabajar. Así que adopto forzadamente mi rol de médica y cojo su pie con mis dos manos para inspeccionarlo.

– Bueno y…¿cómo has terminado llegando a urgencias? – le pregunto para distraerla.

– Hemos venido las cuatro en un taxi – me dice riéndose.

– ¿No? – Le pregunto encantada – ¿están en la sala de espera?

– Exactamente – responde orgullosa mientras pone muecas de dolor.

– ¿Te duele aquí? – le pregunto mientras doblo el pie en torno al tobillo.

– Sí…

Tenerla así mientras la toco, me produce una sensación tan desconcertante que tengo que sacar mucha fuerza de autocontrol para terminar la exploración. Si estuviéramos en una situación normal, todo lo normal que pueda ser tocarle un tobillo a una desconocida, no sería capaz de seguir con lo que estoy haciendo. El nudo de mi estómago es tan grande que me cuesta concentrarme en lo que estoy haciendo. Pero tiro de bata y me hago la interesante porque no me queda más remedio. ¿Qué le voy a hacer? Si pudiera me escondería, pero no puedo.

Dejo su amoratado pie encima de la camilla, con cuidado. Lo pongo suavemente encima de una almohada para ayudar a que circule mejor la sangre.

– Parece que tienes un desplazamiento de los ligamentos exteriores de alrededor del tobillo. Para descartar un rotura ósea, te voy a mandar a rayos a que te hagan unas pruebas – le digo intentando recuperar el control.

– Vale – me contesta.

– Ahora mismo llamo a un celador para que venga a buscarte.

Me despido de Gabi con una sensación amarga en las entrañas. Vuelvo al cabo de media hora para ver si Gabi ha regresado. Cuando llego a Urgencias veo a un celador ayudar a Gabi a subirse a la cama.

– Gracias – le dice al celador antes de que se vaya.

– ¿Todo bien? – le pregunto.

– Sí, pero… ¿no debería preguntarlo yo?

Me río por lo absurdo. Tiene razón, debería ser yo quien le informara a ella de cómo está su pie.

– Aún no tengo tus pruebas. Hay que esperar un poco a que me las manden.

– Vale, aquí estaré. No pienso moverme – dice sonriendo ampliamente.

– En cuanto sepa algo te aviso.

Hago un amago de irme. Giro sobre mis talones dispuesta a marcharme, pero en cuanto doy un paso para alejarme me arrepiento. No se que me pasa. Es mi paciente, no debería cruzar esta línea. Debería marcharme y esperar a que lleguen las pruebas para volver a hablar con ella. Debería alejarme y perderme en los pasillos de este hospital en vez de complicarme la vida, y sin embargo…no quiero irme. Doy la vuelta instintivamente, retrocedo sobre mis pasos arrastrada por miles de nervios que inundan mi estómago.

– ¿Te apetece tomarte un café conmigo mientras esperamos? – le pregunto con un hilo de voz.

– Me encantaría.

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